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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 7. Dos rostros

Vuelve por su propio pie, hacia las diez, y abre la puerta con el cuidado con que se abre cuando se espera alcanzar la habitación sin que nadie te vea.

Xinghe enciende la luz del recibidor.

Tiene la ceja abierta, el ojo izquierdo hinchado, la manga de la chaqueta colgando de unos hilos. Saca de la mochila el portátil con la pantalla rajada en diagonal y lo deja sobre la cómoda con cuidado, como si eso aun importara.

«Me he caído», dice Xia Zhi.

«Siéntate en la silla.»

Pone agua a calentar, saca el botiquin y se ocupa de la ceja en silencio, con movimientos regulares y precisos, sin un solo «pobrecito mío». Compadecerlo ahora significaria permitirle echarse a llorar, y él no quiere llorar. Está sentado agarrado a los bordes del taburete y mira la pared por encima del hombro de ella.

En la puerta del salón aparece Xia Chengwu en bata, se queda un momento, mira y vuelve a irse sin preguntar nada. Sabe distinguir los casos en que una pregunta ayuda de aquellos en que solo añade trabajo.

«Eran dos», dice Xia Zhi cuando ella termina. «En el callejón detrás de los garajes, junto a la rotonda del autobús. Uno sujetaba, el otro pegaba. No se llevaron nada. Ni el teléfono ni el dinero.»

«¿Qué dijeron?»

«Que la hermana no meta las narices donde no debe.» Baja la cabeza. «Allí no hay cámaras. Sabían que no había cámaras.»

«El portátil…», dice, mirando la cómoda donde la pantalla esta rajada en diagonal.

«Comprare otro.»

«Pero sí solo llevaba tres días aquí.»

«Es una herramienta», dice Xinghe. «Las herramientas se compran.»

La sirvienta trae hielo envuelto en una toalla. Xinghe le apoya el paquete en la ceja, le coloca encima la mano y baja al sótano. No vuelve a subir hasta el amanecer.

En el callejón realmente no hay cámaras. Pero si las hay en el minimercado a treinta metros, en el poste de la rotonda del autobús, en el patio del bloque de enfrente y en el aparcamiento del taller. Ninguna de las cuatro enfoca el lugar donde han pegado a su hermano, y las cuatro miran a los caminos por los que se puede llegar allí y marcharse.

La lámpara sobre la mesa se balancea hasta que Xinghe la ata a una tubería con el cordón de una zapatilla. El te que la sirvienta lleva a las once lo encuentra al amanecer y se lo bebe frío.

A las dos de la madrugada ya tiene tres de las cuatro grabaciones; la cuarta, la del taller, esta grabada en un dispositivo tan viejo que cuesta más convencerlo que a las tres anteriores juntas. El minimercado conserva la grabación tres días y luego graba encima; el patio del bloque da imagen a través de la consola del conserje, que a esa hora duerme tras su cristal y no opone la menor resistencia. Hacia las tres y media, la ruta toma forma: los dos han llegado a pie desde la zona del mercado y se han marchado en dirección contraria, hacia dos manzanas residenciales. A las cinco aparece el coche que ha estado allí más de una hora con las luces de posición encendidas: una berlina gris cuya matrícula solo se lee en el tercer fotograma, cuando pasa un autobús y los faros iluminan la placa de lado.

A las seis, en la pantalla hay dos rostros. Uno, tomado de cerca en el aparcamiento del taller: el hombre fuma, resguardándose del viento, y levanta la cabeza justo cuando no debe. El segundo, peor, de medio perfil, pero con la misma chaqueta, con el mismo parche en la manga.

Xia Zhi baja al sótano a las seis y media, con te, y ve a los dos.

«Son ellos», dice, y se sienta en el suelo.

Tiene la taza en las manos y se olvida de ella.

«Sujetaba este.» Xia Zhi señala al que fuma sin acercarse más a la pantalla. «Llevaba el reloj en la mano derecha, me lo clavaba en el cuello. Pegaba el otro.»

Xinghe amplia la muñeca. El reloj está en la derecha.

El parche de la manga es corporativo: una empresa de seguridad que trabaja por contrato con una sola compañia. Xinghe abre su página y gira la pantalla hacia su hermano.

Como director figura Cui Min. Desde la foto los mira un hombre de unos cuarenta años, con gafas sin montura, retratado con la bandera de la empresa al fondo, con esa expresión propia de quienes están acostumbrados a que los fotografien.

«¿Quién es?», pregunta Xia Zhi.

«El yerno», dice Xinghe. «El marido de la hija de esa mujer que anteayer estaba masticando papel delante de la policía.»

Xia Zhi la mira, luego a la pantalla, luego otra vez a ella, y en silencio se encoge las rodillas contra el pecho.

«¿Y a que se dedica?»

Xinghe hace scroll hacia abajo. La empresa vende una sola cosa, pero con muchísimo exito: un programa de protección. Una caja con un gorila en la tapa, letras plateadas, la inscripción «la protección número uno del país».

«King Kong Internet Security», lee Xia Zhi en voz alta y de repente se endereza. «Pero si está en el café. En todos los ordenadores. Y en nuestro instituto. Y en la contabilidad de la tía.»

«En todas partes», dice Xinghe.

«¿Vamos a la policía?»

«No.»

«¿Por qué?»

«Porque estas cuatro grabaciones las he conseguido yo misma, sin permiso.» Se recuesta en el respaldo de la silla y por primera vez en toda la noche mira a su hermano. «Y porque en comisaría esos dos recibirán diez días, pero yo necesito que quien los envió pierda mucho más.»

Xia Zhi se toca la ceja tapada con esparadrapo.

«¿Y que va a perder?»

«Lo único que tiene», dice Xinghe, y acerca el teclado hacia sí. «Mañana ve a la galería del mercado y comprame una caja. Esa misma, la del gorila. Pagala y trae el recibo.»

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