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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 7. La caída de los tres

Al volver a casa, Cui Ming encontró allí a Wushuang y por fin halló a quién culpar de su propia derrota. Le gritó que su odio lo había arrastrado a una guerra. Wushuang escuchaba sin poder creerlo: la mujer a la que toda la vida había considerado débil y estúpida había destruido la protección de King Kong Internet Security, les había arrebatado el contrato y había dejado a Cui Ming sin su influencia habitual.

Corrió a ver a su madre. Wu Rong llegó a una conclusión sencilla: si no podían intimidar a Xinghe, tendrían que matarla.

No hizo falta buscar al sicario apodado el Tres Negro. Años atrás, él había provocado el accidente en el que murió el padre de Xinghe y ella perdió la memoria. Ahora Wu Rong volvió a enviarlo tras su hijastra.

Xinghe esperaba el ataque. Los hombres de Mubai rodearon la villa mientras ella permanecía en una habitación iluminada por una sola vela. El Tres Negro entró confiado: las víctimas indefensas no suelen preparar emboscadas.

Mientras los guardias bloqueaban las salidas, Xinghe consiguió que el asesino hablara. Confesó tanto el antiguo accidente como el nuevo encargo. En el sótano, ella lo llamó por su verdadero nombre, Zhao Long, y le explicó por qué Wu Rong había podido controlarlo durante tantos años.

El sicario creía que Wushuang era hija suya. La protegía, mataba por ella y confiaba en una prueba de paternidad falsificada. Xinghe había encontrado los registros, las transferencias al médico y las pruebas del engaño.

«Te ha utilizado durante diez años», dijo Xinghe. «¿Quieres oírselo decir a ella?»

Wu Rong abrió la puerta y vio junto a su hijastra al hombre que había enviado para matarla. Tuvo que mentir deprisa, así que sus mentiras resultaron especialmente poco convincentes. Xinghe grabó la confesión. Cuando Wu Rong se abalanzó sobre ella con un cuchillo, Zhao Long estuvo a punto de tomarse la justicia por su mano.

«Un testigo vivo es más útil que uno muerto», dijo Xinghe para detenerlo.

La policía se llevó a los dos.

Wushuang logró escapar y pidió protección a su marido. Cui Ming la recibió con cariño, le propuso marcharse juntos y la convenció de que transfiriera el dinero de la familia al extranjero. Después mandó a su esposa sola al aeropuerto y ordenó a sus hombres que provocaran un accidente durante el trayecto. Pensaba cobrar la herencia, librarse de Wushuang y empezar una vida nueva. En los planes de Cui Ming, la gente tenía la conveniente costumbre de morir.

Ese mismo día fueron a verlo Xiao Mo, los hombres de Mubai y uno de los sicarios detenidos. Cui Ming disparó a Xiao Mo en el hombro. Este lo derribó y lo golpeó hasta que los guardias lo apartaron por la fuerza. Un poco más y habría tenido que explicar ante el tribunal aquella forma de hacer justicia como un homicidio cometido en un arrebato.

Xinghe y Xia Zhi corrieron al hospital. De camino, los alcanzó un coche de los hombres de Cui Ming. Xinghe consiguió apartar a su hermano de un empujón y fue ella quien recibió el impacto. El vehículo dio la vuelta para intentarlo de nuevo, pero el Maybach de Mubai lo embistió.

Detuvieron al asesino. Mubai resultó herido.

Cuando despertó tras la fiebre, Xinghe supo que Cui Ming había sobrevivido y estaba bajo custodia. A Wushuang le comunicó otra noticia: su atento marido pensaba mandarla a la tumba en cuanto transfiriera el dinero.

El odio de Wushuang hacia Xinghe no desapareció. Sencillamente, ahora había un enemigo más en su mundo y bastante menos cordura.

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