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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 8. Un divorcio según las reglas de otros

La caída de Wu Rong, Wushuang y Cui Ming debería haber traído la paz. En su lugar, Xinghe soñó con la muerte.

En el sueño era ella quien moría. Mubai se casaba con Tianxin, tenían un nuevo heredero y Xi Lin se convertía en un estorbo en su propia casa. El niño huía y moría.

No consiguió quitarle importancia al sueño. Los médicos confirmaron que el cuerpo de Xinghe estaba exhausto y quizá no soportara el ritmo de antes. No sabía cuánto tiempo le quedaba, pero sí que no podía dejar a su hijo cerca de Tianxin.

«Cédeme la custodia de Lin», le dijo a Mubai.

Él se negó. Mubai no quería separarse de su hijo y la familia Xi jamás entregaría al heredero a una mujer a la que ellos mismos habían expulsado.

Xinghe compró entonces una casa cercana. Si una puerta no se puede abrir, una persona sensata busca otra entrada. Una insensata discute con la puerta; de eso ya se ocupaba suficiente gente en la familia Xi.

No contó nada de su enfermedad. Si Xinghe decía la verdad, la familia la consideraría demasiado débil para obtener la custodia. Si les hablaba del sueño, también la tomarían por loca. Por tanto, el plan seguía siendo sencillo: estar cerca de su hijo, apartar a Tianxin de su vida y obligar a la familia Xi a reconocer sus derechos como madre.

La primera visita se convirtió en una trampa. La anciana señora Xi y Tianxin habían enviado al niño de antemano a la antigua mansión. Xinghe llegó deliberadamente por la tarde, cuando Mubai debía regresar a casa. Al oír sus pasos, condujo la conversación para que las dos mujeres sacaran por sí solas el tema del pasado.

Tres años atrás, la madre de Mubai había considerado que su nuera no era digna de la familia, y Tianxin la había ayudado a fabricar la apariencia de una infidelidad. Así habían destruido el matrimonio de Xinghe valiéndose de otras personas y de pruebas falsificadas. Los guardias ya se disponían a echar a la invitada cuando Mubai entró en la habitación. Había oído lo suficiente.

Ya en la calle, Xinghe dijo:

«Para vuestra familia, yo era una mujer que había dado a luz a un niño. Después considerasteis que mi presencia era prescindible».

Por primera vez, Mubai no vio en aquel antiguo divorcio un matrimonio desgraciado, sino su propia y cómoda ignorancia. No montó una escena ni pidió perdón de inmediato. Al día siguiente reunió a ambas familias en un hotel.

Tianxin llegó convencida de que la esperaba una comida de reconciliación. A la entrada aún tuvo tiempo de recordarle a Xinghe que la boda estaba próxima.

Una vez sentados a la mesa, Mubai anunció que no habría boda.

Tianxin palideció. Su madre se puso a gritar. La anciana señora Xi intentó detener a su hijo. Mubai les recordó que Xinghe había sido su esposa legítima y seguía siendo la madre de Lin. Sus familiares tenían derecho a no quererla, pero no a fabricar una infidelidad, destruir su matrimonio y tratar a su nuera como a una criada de paso.

«Aunque Xinghe no estuviera aquí», concluyó, «no me casaría con una mujer a la que no amo».

Tianxin corrió a pedirle perdón a Xinghe. En sus ojos seguía habiendo odio, solo que ahora lloraba.

«No te disculpas porque lo sientas», dijo Xinghe. «Tienes miedo de perder a Mubai. Son sentimientos distintos».

Fue la primera en salir de la sala. En la entrada solo le pidió una cosa a su exmarido:

«Llévame con mi hijo».

Lin se encontraba en la antigua mansión. Allí las decisiones las tomaba el patriarca Xi Gang, y era poco probable que la cancelación del compromiso fuera a impresionarlo.

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