Junto al patriarca Xi Gang, incluso Mubai volvía a ocupar el lugar del menor de la familia. De camino, advirtió a Xinghe de que reclamar la custodia sin rodeos era peligroso: el abuelo se enfadaría y le prohibiría ver al niño.
«Entonces propón algo mejor», dijo ella.
Mubai propuso que volvieran a casarse.
En efecto, aquello resolvía el problema según la lógica de la familia Xi: el hijo permanecía en el linaje, la madre podía estar con él y los sentimientos podían incluirse en un anexo del contrato matrimonial.
«No».
«¿Al menos te lo has pensado?»
«Sí. Mientras hablabas».
Xinghe tenía otro camino. Tiempo atrás, la familia Xi había prometido cumplir cualquier petición de quien creara una prótesis de mano plenamente funcional para la señora mayor. Los mejores laboratorios llevaban años sin conseguirlo.
«Necesito un mes», anunció Xinghe.
El patriarca no la creyó. La señora mayor tampoco se hacía ilusiones, pero llevaba toda la vida soñando con recuperar la mano perdida y no podía rechazar aquella última oportunidad.
Xi Gang impuso una condición: si Xinghe fracasaba, dejaría de reclamar la custodia.
«Acepto».
Después de aquello, por fin le permitieron ver a su hijo. Lin apareció con su habitual expresión seria, pero la expectación le iluminaba los ojos. Xinghe se arrodilló ante él.
«Perdona por haber tardado tanto en venir».
«Sabía que vendrías».
De camino a casa, Mubai prometió cederle la custodia aunque fracasara. Xinghe se negó. Una decisión tomada en secreto también podía revocarse en secreto. Quería recuperar a su hijo abiertamente y en unas condiciones que toda la familia reconociera.
A la mañana siguiente, el propio Mubai la llevó al laboratorio.
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