El complejo científico de la familia Xi ocupaba cinco plantas. Decenas de departamentos, los mejores ingenieros, equipos que las empresas corrientes solo veían en catálogos y una jefa oficiosa: Yun Ruobing.
Llevaba muchos años dirigiendo el proyecto de la mano artificial, estaba emparentada con la familia y consideraba el laboratorio su territorio. Por eso no entregó los materiales a Xinghe. Esperaba que la rival intrusa acudiera a suplicárselos.
Xinghe entró en la red interna, copió los documentos de su ordenador y dejó un mensaje: «Ya tengo los materiales. Gracias».
Ruobing irrumpió en la sala del nuevo equipo acompañada de dos partidarios.
«¡Ha robado datos confidenciales!»
«¿Quién está al mando de los recursos del proyecto?», preguntó Xinghe.
Luo Jun confirmó la orden de Mubai: mientras durara el trabajo, el laboratorio quedaba bajo las órdenes de Xinghe.
«Entonces he cogido los documentos que usted tenía la obligación de entregarme. Puede llamarlo robo, pero en ese caso tendrá que admitir que usted los robó primero».
Ruobing exigió que pusieran a prueba la competencia de Xinghe. Xinghe aceptó y propuso unas condiciones sencillas: si perdía ella, se marcharía por su cuenta; si perdía Ruobing, se iría junto con sus dos ayudantes.
Tres profesores de matemáticas escribieron en la pizarra problemas pensados para llevar varias horas. Xinghe pidió que se los mostraran todos a la vez y los resolvió uno tras otro. Los profesores revisaron largo rato los cálculos, con la esperanza de encontrar al menos una errata. No encontraron ninguna.
Ruobing llamó entonces al mejor programador del laboratorio, Yi Chen. Él miró a Xinghe y se negó.
«Ya la vi en el concurso. Esto no sería una competición».
Los empleados dejaron por fin de ver a Xinghe como la exmujer del propietario a la que habían regalado un juguete caro. Ante ellos había una especialista capaz de hacer en minutos lo que a expertos reconocidos les llevaba horas.
Ruobing intentó declarar que la derrota era temporal y marcharse de vacaciones. Xinghe le recordó las condiciones:
«Abandone el laboratorio. Para siempre. Puede descansar donde quiera».
El sabotaje terminó y el trabajo comenzó. A Xinghe le quedaba un mes para crear una mano artificial y recuperar a su hijo. Por suerte, los plazos imposibles habían dejado de inquietarla hacía mucho. Por lo general, inquietaban a quienes no conseguían seguirle el ritmo.
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