Antes de que se marchara, Mubai invitó a Xinghe a comer con Lin. Ella aceptó. En el hospital se cruzó por casualidad con una paciente apellidada Xia; después subió al coche que la esperaba y no advirtió hasta que ya estaban en marcha que al volante había un desconocido.
Los secuestradores no le quitaron el móvil. Xinghe tuvo tiempo de llamar a Mubai.
«Me han secuestrado.»
No alcanzó a decirle la dirección.
La encerraron en un almacén vacío y soltaron a dos perros de presa hambrientos. Los asesinos querían que aquello no pareciera un crimen por encargo, sino un accidente trágico. Aunque los accidentes rara vez cierran las puertas con llave de antemano.
Xinghe se defendió con cuanto encontró a mano. Cuando Mubai irrumpió en el almacén, estaba cubierta de sangre, pero seguía viva.
Tianxin se convirtió en la principal sospechosa. Un proceso judicial no bastaba: la influyente familia Chu podía destruir las pruebas y alargar la investigación. Por eso Xinghe fue a visitarlos en persona. Como regalo de vuelta, llevó los cadáveres de los perros de presa y, a continuación, presentó información sobre antiguos delitos y fraudes financieros.
La madre de Tianxin se abalanzó sobre ella con un cuchillo delante de los testigos. Hasta ese momento, la familia Chu pensaba tachar todas las acusaciones de invenciones. Después, aquella versión perdió bastante elegancia.
Tianxin gritó, lloró y recordó a Mubai su antiguo compromiso.
«Nunca te he querido», dijo él. «Y a Xinghe sí la creo.»
Aquellas palabras le dolieron más que la detención de sus padres. Tianxin sacó una pistola, pero los guardias consiguieron derribarla antes de que disparase.
Xinghe, herida, se mantenía en pie por pura obstinación. En el coche, de camino al hospital, se le acabaron las fuerzas. Perdió el conocimiento sin saber que, al despertar, vería en el espejo el rostro de otra mujer.
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