En el espejo había un rostro ajeno.
Los criados llamaban a Xinghe señora de la familia Ye y se dirigían a ella con el nombre de Xia Meng. Lo más fácil era concluir que su alma había pasado a otro cuerpo. Xinghe aplazó el misticismo hasta haber agotado las explicaciones científicas. Primero debía averiguar dónde estaba, quién era la verdadera Xia Meng y quién era la persona más peligrosa de aquella casa.
Xia Meng llevaba años soportando humillaciones en casa de los Ye. Su marido, Ye Shen, le exigía que le entregara un objeto legado por su padre. Su suegra y su cuñada la trataban como a una criada, y el servicio la amenazaba con inyecciones y castigos si desobedecía. Todos estaban acostumbrados a una señora de la casa atemorizada y tardaron en advertir el cambio. Xinghe tenía que fingir debilidad, pero no podía volver a mostrarse sumisa: si lo hacía, la encerrarían, la atiborrarían de sedantes y la dejarían incomunicada.
Xinghe reunió información sobre la vida de Xia Meng: la rutina de la casa, los nombres de los criados, la situación de la empresa Ye y el motivo de la obsesión de Ye Shen por la herencia de su esposa. Cuando consiguió acceder a un ordenador, hackeó el sistema de la empresa y encontró documentos capaces de mantener a raya a su marido. El rostro ajeno era un estorbo; los secretos familiares ajenos resultaban de una utilidad inesperada. El mundo mantenía el equilibrio con los medios que tenía a su alcance.
Lo primero que hizo Xinghe fue llamar a Xia Zhi. Así descubrió que su propio cuerpo seguía vivo y estaba bajo la protección de la familia Xi. Incluso había desaparecido el tumor por el que los médicos pensaban operarla. Sin embargo, la mujer que había despertado en aquel cuerpo no reconocía a los seres queridos de Xinghe y aseguraba llamarse Xia Meng. Por tanto, ambas mujeres estaban vivas y aquella sustitución inexplicable había afectado de algún modo a sus recuerdos.
Xinghe se puso en contacto con Mubai mediante el ordenador. Era difícil creer la historia de una mujer con un rostro ajeno, así que mencionó hechos que solo ellos dos conocían y propuso un plan que únicamente alguien con sus conocimientos podía haber concebido. Mubai comprobó la información y accedió a ir a verla. Xinghe no le pidió que confiara en su palabra: le bastaba con que valorase las pruebas.
Cuando se encontraron, Mubai terminó de convencerse. Aquella desconocida hablaba con la precisión característica de Xinghe, presentaba las pruebas en el mismo orden que ella y, en lugar de quejarse, proponía un plan de inmediato.
«Eres tú», dijo él.
«Por fin.»
Mubai prometió proteger a ambas mujeres hasta que averiguaran la causa de la sustitución.
La respuesta la proporcionó Xia Meng, que había despertado en el cuerpo de Xinghe. Su padre había creado células capaces de copiar y transferir recuerdos humanos. Xia Meng había convencido a Lu Qi para que realizara un experimento con la promesa de compartir la tecnología. La masa que los médicos habían confundido con un tumor en el cerebro de Xinghe resultó ser una célula de memoria implantada. Las mujeres no habían intercambiado el cuerpo ni el alma: cada una seguía en su propio cuerpo, pero había recibido los recuerdos de la otra y por eso creía ser ella.
Lu Qi reconoció que había aceptado realizar el experimento por interés científico. La expresión resultaba muy práctica: sonaba más digna que «utilicé a una mujer indefensa como conejillo de Indias». Mubai rompió su amistad con él. Xinghe tampoco perdonó al médico, pero solo él podía efectuar la transferencia inversa. Le dieron un mes para prepararla y le pusieron vigilancia.
Mientras Lu Qi trabajaba, Xinghe se ocupó de Ye Shen. Él solo aceptaba divorciarse de Xia Meng a cambio de una caja negra que su padre le había dejado antes de desaparecer. Aquel objeto no guardaba una relación directa con la tecnología de la memoria, pero Ye Shen estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguirlo. Xinghe fingió aceptar sus condiciones y concertó un encuentro. En realidad, pensaba devolverle la libertad a Xia Meng sin entregar la caja.
Xinghe preparó la operación con antelación. Utilizó los documentos financieros que había encontrado, hundió el valor de la empresa Ye y entregó a la policía pruebas de los delitos de Ye Shen. Él perdió tanto el dinero como el poder sobre su esposa. Ya en prisión, accedió a explicar por qué buscaba la caja. Fue así como Xinghe oyó por primera vez una versión coherente de lo ocurrido con la generación de su madre.
Según Ye Shen, los participantes en el Proyecto Galaxy se preparaban para el fin del mundo. Antes de desaparecer, habían dejado a sus hijos cajas negras con cristales de energía necesarios para trasladarse a otro mundo. La historia parecía una locura y Xinghe no estaba dispuesta a creerla sin pruebas. Pero ya se había chantajeado y asesinado a varias personas por aquellos objetos. Aunque Ye Shen se equivocara sobre la finalidad de las cajas, estaba claro que un enemigo poderoso las buscaba.
La historia de Xia Meng coincidía con lo que Xinghe ya sabía de otras familias. La madre de Xinghe, el padre de Xia Meng, el padre de Ruobing y uno de los progenitores de Yi Chen habían llegado a la ciudad más o menos al mismo tiempo y desaparecido doce años atrás en circunstancias similares. Algunos habían dejado cajas iguales a sus hijos. Por tanto, no eran secretos familiares independientes, sino vestigios de un mismo proyecto que la generación anterior había decidido silenciar.
Xinghe no tuvo tiempo de interrogar de nuevo a Ye Shen. Lo estrangularon en su celda y después intentaron hacer pasar el asesinato por un suicidio simulando un ahorcamiento. Aquello confirmó lo esencial: alguien vigilaba la investigación y eliminaba a los testigos. La cacería no terminó con la muerte de Ye Shen. Ahora el enemigo tendría que ir a por la mujer que más sabía sobre la caja negra.
Xinghe fue secuestrada en su casa pese a la vigilancia de Mubai. Los atacantes utilizaron una granada aturdidora militar, redujeron enseguida a los hombres de la entrada y la trasladaron a un hospital aislado cuya existencia desconocía la policía. La operación estaba demasiado bien preparada para ser obra de delincuentes comunes: los secuestradores disponían de equipamiento militar, fármacos potentes y personal médico propio. El hombre que dirigía el interrogatorio le exigió que revelara dónde estaba escondida la caja negra.
Golpearon a Xinghe y le administraron un fármaco que destruía poco a poco sus órganos internos. El secuestrador confiaba en que el miedo a la muerte la obligaría a hablar, pero ella guardó silencio. Creía que estaba torturando a Xia Meng y no comprendía con quién se enfrentaba en realidad. Cuanto peor se encontraba Xinghe, con mayor atención observaba a los guardias, la distribución de las habitaciones y las rutinas del personal. Incluso mientras la torturaban buscaba una vía de escape.
Entregar la caja no significaba salvarse, sino perder su última ventaja. Xinghe lo comprendía: matarían a la testigo de todos modos, y el secreto podía poner en peligro a Lin, a Mubai y a toda la familia Xi. Por eso decidió aprovechar el único error de sus secuestradores. Creían que la prisionera se moría y cada día la vigilaban con menos atención. Solo tenía que convencerlos de que ya no era capaz de oponer resistencia.
Xinghe fingió intentar suicidarse. Hizo cuanto pudo para que los guardias creyeran que la prisionera se había derrumbado y no sobreviviría a la noche. Cuando la trasladaron a una habitación y relajaron la vigilancia, Xinghe aguardó el momento oportuno. No era un arrebato de desesperación, sino un cálculo: a una mujer casi muerta se la vigilaba menos que a una prisionera peligrosa.
Xinghe robó ropa, engañó al personal y logró salir del ala cerrada. Bajó por una ventana con una cuerda improvisada. El veneno ya hacía efecto y las piernas apenas la sostenían. Llegó por su propio pie a la comisaría más cercana y solo perdió el conocimiento después de cruzar la puerta. Por lo visto, hasta el organismo de Xinghe entendía la diferencia entre «posible» y «conveniente».
Mubai y su primo Xi Munan llegaron poco después a la comisaría. Mubai llevaba todo ese tiempo rastreando la ciudad, pero Xinghe había tenido que escapar del cautiverio por sí sola. Ahora él solo podía llevarla a ver a Lu Qi y empezar a buscar a quienes la habían torturado. El veneno había causado graves daños al cuerpo de Xia Meng, pero los recuerdos de Xinghe seguían intactos. Por tanto, aún existía la posibilidad de devolverlos a su propio cerebro.
El equipamiento militar de los secuestradores y la antigua rivalidad entre las familias condujeron a Mubai hasta los Feng. El principal sospechoso era Feng Saohuang, heredero de la familia. Todavía no había pruebas directas contra él, pero el ataque exigía acceso a recursos militares y a personas con entrenamiento de combate. Si Saohuang buscaba de verdad la caja, sus intereses iban mucho más allá de la enemistad con la familia Xi.
Ni siquiera en el hospital dejaron en paz a Xinghe. Un mercenario se infiltró en la habitación e intentó matarla antes de que identificara al secuestrador. Xinghe recuperó el conocimiento a tiempo y frustró el ataque, pero lo ocurrido dejó claro que ya no podían esperar. Mientras sus recuerdos permanecieran en el cuerpo envenenado de Xia Meng, al enemigo le bastaba con acertar una sola vez para matar a Xinghe y privar a Xia Meng de la posibilidad de recuperar su propia vida.
Lu Qi terminó de preparar las nuevas células de memoria. Ahora debía extraer los recuerdos ajenos y devolver a cada mujer los suyos sin dañar lo que ya había en sus cerebros. Mubai mantenía vigilados al médico y las dos habitaciones. Xinghe no confiaba en él, pero no había otro especialista. Primero, Lu Qi tenía que reparar las consecuencias de su experimento; el perdón solo podría plantearse después.
Xia Meng tenía miedo de volver. En el cuerpo de Xinghe había conocido por primera vez el respeto, la protección y la cercanía de Mubai; después de la transferencia tendría que volver a ser la esposa del hombre que llevaba años atormentándola. El miedo era comprensible, pero no le daba derecho a arrebatar a Xinghe su nombre, su cuerpo y su hijo. Xinghe no le prometió una vida ajena. Le prometió otra cosa: después del procedimiento, Xia Meng no volvería a estar sometida a la familia Ye y podría empezar de nuevo.
La transferencia inversa comenzó de inmediato. Lu Qi inyectó las células preparadas, los médicos controlaron el estado de ambas mujeres y Mubai esperó al otro lado de la puerta del quirófano. Xinghe tuvo tiempo de pensar en Lin y en el rostro del hombre que la había torturado antes de perder el conocimiento. El procedimiento concluyó y los recuerdos regresaron a su propio cerebro, pero Xinghe no despertó ni aquel día ni el siguiente. El coma se prolongó durante todo un mes.
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