La victoria no solo daría a Saohuang el mando de la unidad Dragón Volador, sino también la influencia necesaria para expulsar a la familia Xi de la cúpula militar. La familia Lin da por decidido el resultado de antemano.
El primer enfrentamiento de las maniobras termina con una grave derrota para los hombres de Munan. La unidad de Saohuang lleva más tiempo preparándose y los supera en casi todo: tecnología, coordinación y rapidez para tomar decisiones. Los soldados de Munan empiezan a dudar de que la siguiente fase vaya a cambiar algo. Saohuang, por su parte, considera que su rival ya está hundido y solo queda llevar la competición hasta su previsible desenlace.
Mubai pide a Xinghe que ayude a su primo. En el campamento la reciben con recelo. Una civil sin formación militar es lo que menos se parece a un arma secreta.
«Dadme acceso al departamento técnico», dice ella. «Después podréis decidir si os sirvo de algo».
Los especialistas de Munan encargan a Xinghe varias tareas, convencidos de que terminarán pronto la evaluación. Sin embargo, ella comprende el sistema en cuestión de minutos, encuentra vulnerabilidades y resuelve lo que al equipo habitual le lleva mucho más tiempo. Gu Li y Yan Lu son los primeros en cambiar de opinión. Comprenden que Xinghe no pretende hacerse pasar por una experta militar, pero en cálculo y programación sí puede proporcionar una ventaja real a la unidad.
Tras obtener acceso al departamento, Xinghe no solo modifica los programas, sino también la organización del trabajo. Redistribuye las tareas, acorta los plazos y exige que los especialistas revisen las soluciones de sus compañeros. Los empleados creen que la nueva jefa no comprende el volumen de trabajo. Entonces Xinghe asume la responsabilidad y les muestra qué operaciones superfluas pueden eliminar. Pocos días después, el departamento ya entrega resultados con mayor rapidez que antes de su llegada.
Saohuang se entera del papel de Xinghe por Shu Mei, una empleada del departamento técnico. Esta siente envidia de la nueva jefa y le cuenta encantada qué atribuciones tiene y qué éxitos ha conseguido. Saohuang envía entonces al campamento a su mejor hacker, Sun Yu, que se proclama el tercero del mundo. El duelo público debe humillar a Xinghe, minar la confianza del equipo de Munan y, de paso, averiguar hasta qué punto es peligrosa.
Sun Yu teclea tan deprisa que los espectadores apenas distinguen el movimiento de sus dedos. Xinghe mantiene el mismo ritmo, es la primera en hackear el sistema y se recuesta en la silla.
«Nocaut».
Sun Yu le recuerda que ocupa el tercer puesto del mundo.
«Decir que soy la primera sería presuntuoso», admite Xinghe. «Pero acabo de superar al tercero».
Sun Yu la desafía a acceder a cien mil direcciones IP en diez minutos. Xinghe acepta la condición y utiliza un programa que escribe durante la propia competición.
«¡Eso es hacer trampas!», protesta él.
«¿Está prohibido crear una herramienta mejor que la suya?»
Las reglas no contienen ninguna cláusula al respecto.
Después de dos derrotas, ya no se puede hablar de casualidad. Los hombres de Munan vuelven a creer en la victoria. Xinghe no promete ningún milagro: exige que le faciliten todos los datos sobre la siguiente fase y que sigan sus cálculos con exactitud. Esta vez la escuchan.
Durante la fase aérea, la unidad de Munan vuelve a quedar en desventaja. Los pilotos de Saohuang actúan de forma coordinada, acorralan al enemigo bajo fuego cruzado y no le dejan tiempo para reorganizarse. En el cuartel general ya se preparan para admitir la derrota. Xinghe sigue las trayectorias en la pantalla y detecta un patrón en las maniobras del avión que encabeza la formación.
Xinghe no sabe pilotar un avión ni domina la terminología militar, pero puede calcular con rapidez la velocidad, la dirección y la siguiente posición probable del enemigo. Al principio, Yan Lu traduce sus conclusiones al lenguaje de los pilotos. Cuando las primeras maniobras funcionan, le proporcionan un canal de comunicación directo. Ahora sus cálculos llegan a la cabina sin demora y el piloto logra esquivar el ataque antes incluso de que el enemigo lo complete.
Las instrucciones precisas cambian el curso del combate. El avión de la unidad de Munan escapa del fuego, ocupa una posición ventajosa y ayuda al resto del grupo a tomar la iniciativa. La ventaja de Saohuang se convierte poco a poco en una derrota. En su cuartel general no entienden cómo conoce el enemigo cada una de sus maniobras, mientras que los hombres de Munan actúan por primera vez como un equipo unido. La fase aérea es suya.
Tras las maniobras, la actitud hacia Xinghe cambia por completo. Los soldados que hasta hace poco la consideraban una simple invitada ahora le agradecen la victoria y escuchan cada palabra que dice. Munan presume abiertamente de su futura cuñada. Mientras Mubai se ocupa de la investigación en el extranjero, sus parientes y los soldados de Munan aceptan a Xinghe como una de los suyos. Para Saohuang, esta derrota es más peligrosa que haber perdido una fase: ya no puede dividir a la familia Xi sembrando la desconfianza.
La derrota impide que el mando sea entregado a Saohuang antes de tiempo. Lin Yun decide que ha elegido a un aliado débil y le concede una última oportunidad para demostrar su utilidad. Entonces Saohuang sacrifica a uno de sus cómplices. El nombre de Xinghe aparece en los documentos de una red internacional de tráfico de armas y las huellas digitales se falsifican de modo que la acusación encaje con las habilidades que se le conocen. Así puede atacar a la vez a Xinghe, a Munan y a toda la familia Xi.
Unos investigadores van a buscar a Xinghe. Munan se opone a la detención, pero ella se niega a resistirse: solo despertaría más sospechas y daría a Saohuang otro pretexto para acusar a los militares de la familia Xi de presionar a los investigadores. Xinghe acude voluntariamente al interrogatorio. Sabe que las huellas digitales pueden falsificarse, pero resulta imposible demostrarlo sin acceso a las pruebas del caso.
Xinghe pasa dos días sometida a interrogatorios. Después, los abogados de la familia Xi consiguen que la pongan en libertad bajo fianza. La acusación sigue vigente: la familia ha respondido por ella y, al hacerlo, ha puesto en juego su propia reputación y el cargo de Munan. Eso es precisamente lo que pretendía Saohuang. Si los Xi abandonan a Xinghe, perderán a una aliada; si la defienden, se verán arrastrados al escándalo.
La salida más cómoda es declarar que Xinghe es una extraña y permitir que los investigadores se encarguen del caso sin implicar a la familia Xi. Sin embargo, el patriarca Xi, Munan y los abogados militares se niegan a traicionarla. Ha sido atacada por ayudarlos y ahora deciden correr el riesgo junto a ella. Por primera vez, Xinghe permite que otros la protejan sin considerar esa ayuda una deuda o una transacción. Solo queda esperar a Mubai: su investigación en el extranjero podría proporcionar las pruebas sin las cuales no será posible desenmascarar el montaje de Saohuang.
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