Tras quedar en libertad bajo fianza, Xinghe regresó a la antigua mansión. Su familia le aconsejó descansar y prometió ocuparse de la acusación. Era un consejo sensato, casi amable y del todo inútil: sin pruebas contra Saohuang, no podrían cerrar el caso.
Mubai volvió por la noche. Pensaba marcharse de nuevo, solo.
«Me llevarás contigo».
«Es peligroso».
«¿Por eso vas tú?»
Mubai no encontró ninguna objeción que no sonara estúpida.
Mubai accedió. La pista conducía al país Y, donde militares, unidades privadas y traficantes de armas se disputaban el poder. Antes de aterrizar tendrían que cambiar dos veces de avión y pasar dos días de viaje. Mubai explicó a Xinghe cómo manejar una pistola y qué hacer en caso de ataque. Él se encargaría de los hombres y del trabajo sobre el terreno; Xinghe tendría que infiltrarse en el sistema de la organización criminal cuando localizaran su base.
Cuando se aproximaban al país Y, el avión sufrió un ataque. Mubai le colocó el paracaídas a Xinghe y la empujó al exterior. Él se quedó en el aparato, que caía sin control.
Tras aterrizar, Xinghe cayó en manos de unos hombres armados. Recobró el conocimiento entre varias mujeres a las que llevaban para venderlas. Tuvo que aplazar la búsqueda de Mubai: el cautiverio se presta muy poco a las investigaciones.
En la base, uno de los secuestradores intentó agredir a Xinghe. En ese momento, otra cautiva, Ali, mató a su torturador con una hoja que llevaba escondida. Casi de inmediato empezó un tiroteo fuera: Sam, Wolf y Cairn habían ido a liberar a su amiga. Xinghe se hizo con la sala de vigilancia, comenzó a informarles de la posición de los guardias y los ayudó a abrir el arsenal. Tras neutralizar la base, el grupo sacó de allí a las demás mujeres y Xinghe se marchó con ellos.
Lo primero que hizo Xinghe fue pedir a sus nuevos conocidos que inspeccionaran el lugar del accidente. Entre los restos encontró el reloj de repuesto de Mubai, pero él no estaba entre los muertos. Tras varios días sin dormir y con varias heridas, Xinghe perdió el conocimiento. Despertó un día más tarde en la casa del grupo. Ali le explicó que su maestro, Charlie, había desaparecido un mes antes y que, sin él, sus adversarios de la zona intentaban arrebatarles la única vivienda que les quedaba.
Las Ratas Grises exigieron que les entregaran la casa. Contaban con el apoyo del general Barron, aunque la vivienda pertenecía legalmente a Charlie. Barron llegó con sus soldados, les confiscó las armas y echó a todos a la calle. Sam presentó a Xinghe como la hermana de Charlie. Nadie advirtió el parecido familiar, pero, al ver a Ali, Wolf y Cairn dispuestos a pelear, decidieron no hacer preguntas.
Sin casa ni armas, el grupo se dispuso a buscar algún trabajo ocasional. Xinghe accedió a una cuenta que Mubai había abierto para emergencias, cambió parte del dinero por oro, compró una casa, coches y armas, y contrató un servicio de seguridad.
«¿Esto cuenta como una emergencia?», preguntó Sam.
«No tenemos casa ni armas y hay dos hombres desaparecidos. Sí, cuenta».
Ofrecieron una cuantiosa recompensa por cualquier información sobre Charlie. Ryan, el líder de las Ratas Grises, acudió a la cita. Intentó apoderarse del oro por la fuerza, pero los hombres contratados por Xinghe detuvieron a los suyos. A cambio de conservar la vida y recibir la cantidad prometida, Ryan confesó que Barron tenía prisionero a Charlie. El general también utilizaba a las Ratas Grises para traficar con drogas. Xinghe ya conocía el paradero del maestro y disponía de una posible forma de presionar a Barron.
Xinghe hackeó el sistema del campamento militar y vio a Charlie en una celda: Barron llevaba un mes torturándolo para que revelara las coordenadas de la base del Sindicato IV. Sam, Ali, Wolf y Cairn exigieron rescatar de inmediato a su maestro. Siguiendo las indicaciones de Xinghe, se infiltraron en la prisión y liberaron a Charlie de sus cadenas, pero Barron descubrió que habían sustituido a los guardias. El grupo quedó rodeado y fue capturado; Xinghe se quedó fuera, delante del ordenador.
Tras revisar los archivos de Barron, Xinghe encontró pruebas de su tráfico de drogas y exigió que liberara a los cautivos. Al principio, el general creyó que era un farol, pero recibió fotografías, fechas y nombres de compradores. Cedió, aunque envió a sus hombres tras ellos de inmediato. El grupo recogió a Charlie e intentó salir de la ciudad en varios coches, pero Barron desplegó un helicóptero y ordenó eliminar a todos los testigos.
En el bosque, acorralaron el coche contra unas rocas. Sam y Wolf intentaron contener a los perseguidores, pero cada vez llegaban más hombres de Barron. En ese momento apareció el general Philip con un nutrido contingente militar. A su lado estaba Mubai, que también había sobrevivido al accidente y llevaba todo ese tiempo buscando a Xinghe. En cuanto oyó su voz, comprendió a quién tenían rodeada. Barron perdió la oportunidad de acabar con el grupo, y Xinghe y Mubai por fin se vieron, ambos con vida.
Philip no tardó en confirmar que Barron había retenido ilegalmente a Charlie, traficado con drogas e intentado matar a los testigos. Barron fue apartado del cargo y sus soldados, desarmados. Charlie habló de la base subterránea del Sindicato IV, en la que tiempo atrás se había infiltrado para recuperar unas armas robadas. Tanto Mubai como Philip necesitaban esa información: el primero buscaba pruebas contra Saohuang; el segundo llevaba años intentando destruir la organización que devastaba el país.
Philip tenía además un motivo personal para actuar deprisa. El Sindicato IV llevaba casi un año reteniendo a su esposa, Kelly, y le exigía que renunciara a las elecciones presidenciales. Aliya, otra candidata a la presidencia y antigua rival de Kelly, representaba los intereses de la organización. Ni siquiera una capitulación pública garantizaba que le devolvieran a su mujer: los testigos vivos resultan incómodos. Primero debían encontrar a Kelly; solo entonces podrían iniciar un ataque abierto.
Charlie solo conocía la dirección aproximada, así que los hombres de Philip rastrearon el desierto hasta obtener las coordenadas. Tras infiltrarse en el sistema, Xinghe vio las dimensiones de las instalaciones: bajo tierra había laboratorios, almacenes de armas, sectores residenciales y un cuerpo de seguridad propio. Era imposible revisar todas las cámaras y copiar el archivo entero en unas horas. La prioridad era encontrar a Kelly y prepararle una salida segura.
Cuando Xinghe localizó la celda de Kelly, Mubai condujo al interior a un pequeño destacamento. Sam, Ali, Wolf y Cairn fueron con él, mientras Xinghe se quedaba junto al equipo sustituyendo las grabaciones de vigilancia. El grupo llegó al pasillo indicado, pero unos médicos del Sindicato entraron en la celda. Un ataque inmediato delataría a los rescatadores y permitiría a los guardias bloquear todo el sector, así que tuvieron que esperar tras la puerta contigua.
Inyectaron un veneno a Kelly y grabaron su sufrimiento para Philip. Si no recibía el antídoto en dos días, sus órganos internos empezarían a fallar. Mubai reconoció la descripción de la sustancia: los hombres de Saohuang habían utilizado el mismo compuesto para torturar a Xinghe cuando ocupaba el cuerpo de Xia Meng. Mientras enviaban el vídeo a Philip, Xinghe se puso en contacto con Lu Qi y obtuvo la fórmula del antídoto. En cuanto salieron los médicos, el destacamento de Mubai entró en la celda y sacó a Kelly.
Mientras tanto, Philip compareció ante los electores. Aliya le enseñó la grabación y le exigió que retirara su candidatura de inmediato. Ya había comenzado el discurso y se disponía a anunciar su renuncia cuando el móvil vibró en su bolsillo. Xinghe le comunicó que Kelly estaba a salvo, que tenían el antídoto y que el ejército podía iniciar la operación. Philip abandonó el discurso preparado y, en lugar de capitular, anunció que habían localizado la base del Sindicato IV.
La retransmisión desde el salón dio paso a imágenes del desierto. Un avión de combate destruyó la entrada al complejo subterráneo y las tropas de Philip lanzaron el asalto. Xinghe había desactivado de antemano el sistema defensivo, las comunicaciones internas y el control de armamento. Los guardias no pudieron bloquear las puertas ni lanzar los misiles, y Kelly ya no estaba en su celda. El país no vio la promesa de un candidato, sino una operación real contra una organización que durante años se había considerado inalcanzable.
La base cayó, Kelly quedó al cuidado de los médicos y Aliya perdió su instrumento de presión sobre Philip. En los servidores encontraron documentos sobre envíos de armas, intermediarios extranjeros y vínculos con Feng Saohuang. Esas pruebas podían exculpar a Xinghe y Munan, pero no suponían el fin definitivo del Sindicato IV: aún contaba con otros hombres y fondos. El equipo tenía que regresar a casa de inmediato, antes de que el tribunal militar dictara sentencia.
Durante el viaje, Mubai aprendió algo muy sencillo: proteger a Xinghe no significaba impedirle actuar. En el avión, Sam descubrió que ella y Mubai tenían un hijo de cuatro años y dejó de bromear sobre un posible romance. Al menos en voz alta.
Xinghe le dijo a Mubai que no descartaba volver a casarse, pero que no tenía intención de precipitarse.
«Esperaré».
No pudieron seguir hablando: en casa ya comenzaba el juicio contra Munan, y los documentos que lo exculpaban aún venían en avión desde el país Y.
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