Cuando comenzó el juicio militar, el equipo ya había regresado con los documentos del Sindicato IV. Contenían información sobre tráfico de armas y los vínculos de Feng Saohuang con la organización criminal. Esas pruebas podían exculpar a Munan y Xinghe, pero aún debían presentarlas ante el tribunal y demostrar su autenticidad. Saohuang seguía confiando en que la familia Xi no pudiera responder a la acusación.
En el país Y, los planes de Aliya habían fracasado: Kelly estaba libre, Philip no había renunciado a las elecciones y la base del Sindicato IV había quedado bajo el control de las autoridades. La organización ya no podía negar el secuestro ni el chantaje. El presidente del país ordenó entregar las pruebas recopiladas a quienes investigaban los delitos de Saohuang.
Los documentos demostraron que Saohuang no actuaba solo por su enfrentamiento personal con Munan. Colaboraba con una organización internacional que traficaba con armas e interfería en la política de otros países. El asunto dejaba de ser un conflicto entre familias para convertirse en una investigación de delitos militares e internacionales. Ni siquiera la influencia de la familia Feng podía ya detener el juicio.
Xinghe no quería un castigo ejemplarizante, sino pruebas que impidieran a Saohuang seguir cometiendo delitos. Mubai veía lo agotada que estaba e intentaba llevarla a casa cuanto antes. Después de la operación conjunta, había dejado de tratarla como una exmujer de la que debía guardar las distancias: la cuidaba, sentía celos y cada vez hacía más planes como si ya hubieran vuelto a ser pareja.
El desenlace llegó ante el tribunal militar. Saohuang y Lin Yun acudieron convencidos de que Munan sería declarado culpable. Sin embargo, el jefe Zhang entregó al juez un fax urgente del país Y con la firma y el sello oficial de su presidente. La carta iba acompañada de pruebas del tráfico de armas y de la colaboración de Saohuang con una organización terrorista. El juez ordenó detenerlo en plena sala. Quien había ido a presenciar la condena de Munan acabó convertido en acusado.
Después del juicio, Xinghe recordó que, con todo el revuelo, habían dejado que Munan volviera por su cuenta.
«Es adulto», dijo Mubai. «Se las arreglará».
Munan llamó un minuto después y calificó aquello de traición. Los demás rieron por primera vez en mucho tiempo. El descanso, sin embargo, duró poco: Lin Yun estaba detrás de la trampa de Saohuang y aún debían demostrar su implicación.
El descanso terminó casi de inmediato. Saohuang, ya condenado, pidió reunirse con Xinghe y ofreció información a cambio de una reducción de la pena. Afirmaba que Lin Yun lo había ayudado a tender la trampa y le había procurado el respaldo de una familia de la capital. Xinghe no pensaba creer en la palabra de un enemigo, pero accedió a escucharlo: si Saohuang decía la verdad, el siguiente eslabón de la investigación sería la familia Lin.
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