Lin Qin no sabía dónde se encontraba la hija desaparecida de la familia Shen, pero confirmó que habían enviado a la niña al extranjero a través de una organización dedicada a los huérfanos. En los archivos constaban el país y el nombre del orfanato. Lo administraba la familia Helan, que ya aparecía en los documentos del Proyecto Galaxy.
Por primera vez, dos investigaciones condujeron a Xinghe hasta la misma puerta.
Para que Xinghe pudiera dirigir la búsqueda en nombre de la familia, el patriarca Shen la reconoció como nieta adoptiva, y la primera dama, como hija adoptiva. Viajó al país R con Sam, Ali, Wolf y Cairn. Mubai se quedó al frente de la corporación. Ya no sabía cómo detener a Xinghe; en cambio, había hablado de antemano con las personas adecuadas y seguía la investigación desde casa.
Helan Qi acudió en persona a recibir a la delegación al aeropuerto. Organizó una recepción solemne para los invitados, los alojó en un hotel de lujo y se ofreció de inmediato a ayudarlos. El joven heredero se mostraba atento hasta resultar cargante y era evidente que intentaba agradar a Xinghe, pero, cuando ella pidió que iniciaran la búsqueda de inmediato, accedió sin vacilar. Tanta disposición la inquietó más que una negativa abierta: era como si la familia Helan se hubiera preparado de antemano para mostrarles solo aquello que consideraba inofensivo.
Helan Qi anunció la búsqueda por televisión. Para reclamar la recompensa se presentaron ancianas, muchachas muy jóvenes e incluso varios hombres a quienes no había disuadido la descripción de la desaparecida. Casi todos mentían sobre su edad, su familia o su infancia. Sam, Ali, Wolf y Cairn también habían crecido sin padres y no tardaron en distinguir un recuerdo auténtico de una historia lacrimógena aprendida de memoria.
Entonces Yi Chen se puso en contacto con Xinghe. Él también investigaba el Proyecto Galaxy y había descubierto que muchos de sus participantes habían pasado la infancia en el orfanato Helan. Al enterarse de que la madre de Xinghe había sido huérfana en esa misma institución y que su edad coincidía, Yi Chen pensó al principio que la hija de los Shen y Xia Wa podían ser la misma persona. La coincidencia parecía increíble, pero era posible comprobarla: Xinghe aún conservaba una muestra de ADN del patriarca Shen.
Yi Chen les enseñó una furgoneta que salía por las noches del orfanato rumbo al crematorio. Xinghe accedió al sistema de vigilancia por satélite y vio a los guardias introducir en el vehículo una caja cerrada. Dentro había una niña viva. Xinghe envió la grabación a la policía y a los periodistas sin revelar su identidad. Interceptaron la furgoneta por el camino, salvaron a la pequeña y todo el país descubrió que un orfanato benéfico pretendía incinerar en secreto a una de sus internas cuando aún estaba viva.
Entretanto, el laboratorio confirmó el parentesco biológico entre Xinghe y el patriarca Shen. Por tanto, Xia Wa era en efecto su hija desaparecida. Xinghe regresó a Hua Xia para contarle la verdad a la familia en persona. Pero Tong Yan y Shen Ru ya habían encontrado una nueva aliada: Cui Ying, sobrina del presidente del país R. A petición de Helan Qi, decidió difamar a la familia Shen y vengarse al mismo tiempo de Xinghe. Para ello organizó un gran banquete por el cumpleaños de Tong Yan.
Durante el banquete, Tong Yan y Shen Ru pidieron que las readmitieran en la familia. Al recibir una negativa, acusaron a Xinghe de haber embrujado al patriarca y de obligarlo a renunciar a su propia sangre. Xinghe esperó a que insinuaran aquello delante de todos y entonces presentó el informe del laboratorio.
«Tenéis razón en una cosa», dijo. «No soy su nieta adoptiva».
Tong Yan llegó a sonreír.
«Soy su nieta de sangre».
La prueba de ADN lo confirmaba: Xinghe era hija de la misma niña a la que la familia había perdido muchos años atrás.
Después del banquete, el patriarca Shen llamó por primera vez a Xinghe su nieta de sangre. Ya en casa, ella reconstruyó en el ordenador el rostro de su madre tal como lo recordaba. Al ver el modelo tridimensional, la familia reconoció de inmediato en la cara de Xia Wa los rasgos de las mujeres de generaciones anteriores de los Shen: apenas quedaban dudas. Sin embargo, Xinghe no permitió aún que imprimieran la imagen. Si los Helan descubrían que la familia había identificado a Xia Wa, la mujer podía correr peligro. Entonces Xinghe les contó a sus parientes todo lo que sabía sobre el Proyecto Galaxy.
La derrota sufrida en el banquete no había sido un error fortuito de Cui Ying. Había actuado a petición de Helan Qi y, tras el escándalo, lo llamó de inmediato para rendirle cuentas. Xinghe obtuvo así otra confirmación del vínculo entre la familia del presidente y los Helan. Junto con Mubai, decidió aprovechar el regreso de Cui Ying como pretexto para viajar por segunda vez al país R. En esta ocasión, Mubai sí podía acompañarla: ya no iban a rastrear archivos, sino a enfrentarse a una familia que tenía atemorizado al presidente del país.
Antes del vuelo, el equipo atrapó al hombre que vigilaba a Xinghe por orden de los Helan. Se llamaba He Bin. Era hijo ilegítimo de Helan Chang y mataba siguiendo las órdenes de la familia, aunque oficialmente apenas existía. Xinghe le mostró información procedente de un archivo de inteligencia: la muerte de su madre, muchos años atrás, estaba relacionada con Helan Chang. He Bin no quiso creerlo de entrada. Lo deportaron al país R junto con la delegación y le dieron tiempo para investigar por sí mismo aquella sospecha.
En el país R, el presidente Cui Qian recibió a los invitados. Se disculpó por el comportamiento de su sobrina y preguntó con cautela a Xinghe por el propósito del viaje. Ella contestó sin rodeos: su madre había crecido en el orfanato Helan; la búsqueda anterior había fracasado, pero la investigación continuaría. Cui Qian prometió colaborar. Bajo su cortesía se ocultaba la cautela, y Xinghe comprendió que el presidente temía a los Helan tanto como deseaba librarse de ellos.
Al revisar los archivos de inteligencia del país R, Xinghe encontró informes detallados sobre los hombres de los Helan. Nadie reunía semejante información sin motivo. Era evidente que Cui Qian se preparaba para actuar contra la familia, pero no se atrevía a dar el primer paso. Xinghe lo llamó y le propuso colaborar. Era arriesgado: el presidente podía entregarla de inmediato a los Helan. Sin embargo, el equipo aún tenía vías de escape y, sin el apoyo del jefe del Estado, resultaba casi imposible acceder legalmente al orfanato y al centro de control por satélite.
Cuando regresó con los Helan, He Bin intentó averiguar la verdad sobre la muerte de su madre. Bastaron unas preguntas para que su padre sospechara una traición. Lo apresaron, le dispararon en un hombro y se lo entregaron a Helan Qi.
No tenían intención de investigar nada. En aquella familia, las dudas se eliminaban junto con la persona que las había planteado. Para He Bin, la respuesta no podía ser más concluyente.
Xinghe había hackeado de antemano el sistema de vigilancia de la villa y vio cómo llevaban al sótano a He Bin cubierto de sangre. El equipo se infiltró en la propiedad, sacó al prisionero sin que los guardias lo advirtieran y se lo entregó a los médicos que Mubai tenía listos para atenderlo. He Bin tenía las piernas rotas, pero sobrevivió. Al recobrar el conocimiento, descubrió que lo habían salvado las mismas personas a quienes debía matar. La familia Helan, a la que había servido durante muchos años, lo había abandonado para que muriera.
He Bin accedió a declarar. Había cometido personalmente muchos de los asesinatos y comprendía que su confesión podía acabar tanto con él como con la familia.
«No le prometo la libertad», dijo Xinghe. «Recibirá protección si no miente».
La ausencia de promesas bonitas lo convenció más que cualquier promesa. He Bin habló de las reuniones secretas de Helan Chang con Cui Qian y de la dependencia del presidente respecto a la familia.
Después, Xinghe publicó una grabación de la villa: en ella, Helan Qi y los guardias arrastraban a He Bin, molido a golpes, de un edificio a otro. Tras el reciente caso de la niña viva en la furgoneta, el país ya no se creía las explicaciones de la familia. La gente dio por hecho que habían asesinado a He Bin y ocultado el cadáver. Ante la presión pública, la policía se vio obligada a detener a Helan Qi. Mientras el heredero permanecía en una celda, las empresas de los Helan perdían dinero y los investigadores acudían a la villa casi a diario.
Helan Chang ordenó a Cui Qian encontrar a He Bin y eliminar a la gente de Xinghe. Si el presidente fracasaba, el anciano prometía castigarlo a él también. Hablaba con el jefe del Estado como con un subordinado al que había colocado en el cargo tiempo atrás y al que ahora tenía derecho a sustituir. Cui Qian llevaba años soñando con escapar al control de la familia, pero temía que, al caer los Helan, también salieran a la luz sus propios delitos. Ahora, permanecer inactivo se estaba volviendo tan peligroso como traicionar a sus amos.
Tras una nueva amenaza, Cui Qian llamó personalmente a Xinghe y aceptó su propuesta. Ella no le exigió que se pronunciara de inmediato en público. El presidente debía seguir fingiendo sumisión, obstaculizar la búsqueda del equipo y, cuando ella se lo pidiera, facilitar el acceso al detenido Helan Qi. Las declaraciones de He Bin seguían siendo un seguro: si Cui Qian volvía a ponerse del lado de los Helan, se las entregarían a la policía y a la prensa.
A petición de Xinghe, Lu Qi voló en secreto al país R. Cui Qian concertó una visita al preso y ayudó a sedarlo. En la cárcel, el equipo llevó a cabo un procedimiento basado en la tecnología de los participantes del Proyecto Galaxy: sustituyeron los recuerdos de Helan Qi por los de He Bin. Al propio He Bin lo habían preparado de antemano para su nuevo papel. El aspecto del heredero de la familia no había cambiado, pero, cuando despertara, en su cuerpo debía abrir los ojos el hombre a quien Helan Chang había ordenado torturar y matar.
En pocas semanas, la búsqueda de su madre dejó de ser para Xinghe una conjetura sobre un pasado remoto. Ahora sabía que Xia Wa era hija de los Shen, que había crecido en el orfanato Helan y que había participado en el Proyecto Galaxy. Cada respuesta traía consigo un nuevo temor: si el orfanato quemaba niños y eliminaba testigos, la desaparición de su madre quizá no se debiera a una huida, sino a que alguien la perseguía. Por eso Xinghe no se conformaba con una victoria parcial. Necesitaba los archivos de la familia y conocer el plan completo del proyecto.
El caso de la furgoneta asestó un duro golpe a los Helan, pero no reveló lo esencial. La familia afirmó que ciertos empleados habían actuado por su cuenta, el orfanato siguió abierto y sus dependencias restringidas continuaron fuera del alcance de la investigación. Yi Chen estaba convencido de que allí guardaban información sobre la selección de huérfanos superdotados. Xinghe también sospechaba que existía una relación entre el orfanato y el centro de control por satélite que los Helan habían ayudado a construir en el pasado. Sin alguien dentro, ninguna de las dos hipótesis podía demostrarse.
Un asalto abierto a la villa o al orfanato podía acabar con la muerte de los niños y la destrucción de los archivos. Además, Xinghe se encontraba en un país extranjero como representante de la familia Shen: cualquier actuación ilegal amenazaba con provocar un escándalo internacional. Por eso Cui Qian debía proporcionar una justificación formal para las inspecciones, mientras el equipo conseguía pruebas que la policía ya no pudiera ocultar. El intercambio de recuerdos les daba algo de lo que antes carecían: un heredero de los Helan dispuesto a abrir sus propias puertas.
Mubai se encargaba de la seguridad y de los hombres capaces de entrar en la villa sin ser vistos. Sam, Ali, Wolf y Cairn vigilaban el orfanato y protegían a Yi Chen. Lu Qi controlaba el estado de los dos hombres tras el procedimiento. Cui Qian impedía que la policía interviniera antes de tiempo. El papel más peligroso le correspondía a He Bin: al despertar, tendría que vivir bajo el nombre de Helan Qi, con su rostro, y no revelar el engaño ni con un solo gesto delante del hombre que conocía a su hijo desde que nació.
Después del procedimiento, Helan Qi perdió el conocimiento y empezó a tener fiebre. Xinghe ordenó a Cui Qian que devolviera de inmediato al prisionero a su familia.
«Si muere en la cárcel, Helan Chang me destruirá».
«No morirá».
«¿Cómo puede estar tan segura?»
«Cuando despierte, ya no será él».
Helan Chang recibió la noticia de que podía llevarse a su hijo enfermo y creyó que por fin recuperaba al heredero. Aún no sabía que, dentro de aquel cuerpo conocido, quien regresaba junto a él era He Bin: el hombre a cuya madre había llevado a la muerte y al que hacía muy poco había ordenado matar. Para llegar hasta los secretos de la familia, Xinghe le había dado a He Bin el rostro y la posición de su enemigo. Solo quedaba comprobar si sería capaz de interpretar hasta el final el papel del hijo ajeno o si se derrumbaría en el primer encuentro con su padre.
Abrir en el lector