Llegaron a la residencia presidencial atravesando calles arrasadas. Cui Qian se culpaba: el ataque había comenzado después de que él ayudara a destruir a la familia Helan.
«No», dijo Xinghe. «Lo hemos obligado a actuar antes de tiempo. Si nos ha dado un mes, es porque ahora mismo no puede destruir la Tierra».
El mes concedido para capitular se convirtió en un mes para salvarse.
Según los archivos, Helan Yuan tenía unos setenta años, pero en la pantalla parecía joven y su aspecto no había cambiado desde las primeras videollamadas con la familia. Había sido él quien diseñó en su día los satélites del país R, propuso crear el orfanato y dirigió el centro a distancia durante muchos años. Helan Long y los demás empleados hablaban de él como de un maestro infalible y estaban dispuestos a morir si se lo ordenaba. Los gobiernos ocultaron parte de esa información por miedo a que ganara nuevos seguidores: incluso después de amenazar con destruir el planeta, millones de personas ya buscaban la manera de jurarle lealtad.
El estudio de los restos confirmó que los satélites se habían fabricado con cristales negros de energía. El material era ligero, resistente, soportaba temperaturas elevadas y podía servir como fuente de energía para la nave encontrada. En la Tierra no se conocía ningún mineral semejante. Xinghe supuso que Helan Yuan los extraía en la Luna y había construido allí una base. Eso también explicaba la desaparición de los jóvenes especialistas: durante años habían enviado a los mejores internos del orfanato a la Luna para trabajar como ingenieros, investigadores y trabajadores dóciles. Era posible que Xia Wa y el padre de Yi Chen estuvieran entre ellos.
Los ordenadores del centro de control por satélite seguían siendo la única fuente de datos accesible. Al recordar los planos del robot humanoide que había dejado su madre, Xinghe advirtió un principio común: todas las partes de la estructura estaban conectadas a un único centro de control. La protección de los terminales se había construido de la misma forma. En vez de forzar decenas de cerraduras una tras otra, había que encontrar el nodo central y desactivarlo primero. La semejanza también indicaba que probablemente Xia Wa había diseñado el sistema. Así, aquellos viejos planos se convirtieron por fin en la pista que su madre había querido dejarle.
El centro de control por satélite ya había pasado a manos de una unidad técnica de la ONU. Su comandante, el mayor George Ellison, no creyó que la solución de Xinghe funcionara y le ordenó abandonar la base. Si sus especialistas no lo conseguían en tres días, prometió, entonces le permitirían acceder al sistema.
Xinghe se negó a esperar. Los dirigentes de Hua Xia y del país Y consiguieron que la autorizaran antes. George le concedió veinticuatro horas y le advirtió de que respondería ante la justicia militar.
«Si destruyo los datos, pueden detenerme dentro de media hora».
Xinghe entró en la sala de control únicamente con Mubai. Primero obtuvo cinco minutos de acceso a un terminal y logró determinar la ubicación del nodo central antes de que el sistema se reiniciara. Después volvió a conectarse delante de todos y desactivó la protección general en menos de media hora. El mecanismo de autodestrucción ya no podía activarse. Los militares empezaron a copiar los archivos y encontraron una lista con varios centenares de personas que se encontraban en la base lunar. George reconoció el resultado y puso a Xinghe al mando de la parte técnica de la operación. Sin embargo, casi de inmediato las pantallas se encendieron solas: Helan Yuan había detectado la intrusión.
Helan Yuan exigió que identificaran al hacker y amenazó con castigar al mundo entero. Mubai fue el primero en atribuirse la culpa, pero Xinghe dio su nombre al instante. Al descubrir que tenía delante a la hija de Xia Wa, el enemigo cambió las condiciones. Concedió tres días a la humanidad: si durante ese plazo le entregaban las cabezas de Xinghe y Mubai, el mundo recibiría medio mes más para capitular. Sus rostros aparecieron en todas las pantallas. En cuestión de horas comenzaron a perseguirlos delincuentes, fanáticos y personas convencidas de que matar a dos seres humanos salvaría a miles de millones.
El equipo de George recibió la orden de proteger a Xinghe y Mubai. Los trasladaron a una base secreta. Como todos los sistemas de Helan Yuan utilizaban la misma arquitectura, hackear el centro terrestre proporcionaba la clave para acceder a los satélites. Ingenieros de distintos países comenzaron a construir una torre de señales siguiendo los cálculos de Xinghe. Terminaron en tres días un trabajo previsto para un mes. El nuevo complejo recibió el nombre de Centro de Control Galaxy.
Tres días después, Helan Yuan volvió a salir al aire.
«¿Se ha cumplido la orden?»
Xinghe apareció viva ante la cámara.
Él le propuso que se suicidara y le recordó cuánta gente exigía ya su muerte.
«Hemos tomado el control de los satélites», respondió ella.
Helan Yuan pulsó el botón de lanzamiento. Ningún aparato se movió. El Centro de Control Galaxy transmitió la orden de Xinghe.
Los satélites armados comenzaron a explotar fuera de la atmósfera. Los demás quedaron bajo la supervisión del Centro de Control Galaxy. Helan Yuan había construido todos los sistemas en torno a un nodo idéntico porque confiaba plenamente en su propia arquitectura. Esa confianza se convirtió en su punto débil.
Los gobiernos comenzaron a preparar una expedición militar a la Luna. Había que detener a Helan Yuan, liberar a la gente de la base e investigar el yacimiento de cristales. Xinghe y Mubai se prepararon junto a los soldados, médicos y científicos seleccionados. Sam, Wolf y Yi Chen también presentaron sus solicitudes. La expedición se retrasaba porque las naves requerían una larga puesta a punto. Dos semanas después, el Centro de Control Galaxy captó de forma inesperada una señal directa desde la Luna. Un oficial llamado Shi Jian estableció contacto.
Shi Jian informó de que los habitantes de la base se habían rebelado y habían capturado a Helan Yuan tras la destrucción de los satélites. Antes de que lo apresaran, había activado el sistema de autodestrucción y se negaba a revelar la contraseña. Faltaban menos de dos semanas para la explosión. Xinghe mostró a Shi Jian un retrato de Xia Wa reconstruido de memoria, con la esperanza de que su madre pudiera desactivar allí la protección, pero el oficial nunca la había visto. Por tanto, la operación de rescate no podía esperar a la flota principal. Solo la nave de tres plazas de la familia Helan podía llegar a tiempo a la base.
Xinghe decidió partir de inmediato. Mubai se negó a dejarla ir sola y ocupó la segunda plaza. Militares, médicos y amigos se disputaron la tercera, pero eligieron a Sam para la tripulación: manejaba las armas mejor que los demás y podía cubrir a Xinghe y Mubai después del aterrizaje. Instalaron los cristales negros en el compartimento de combustible y comprobaron una vez más la comunicación con el Centro. Ali, Wolf y Cairn se quedaron en la Tierra a la espera de la expedición principal. La nave despegó rumbo a la Luna, donde las personas atrapadas contaban los últimos días que faltaban para la explosión.
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