Encontraron a Xia Wa un mes después. En la grabación enviada al consejo internacional, tenía casi el mismo aspecto que en los recuerdos de Xinghe. Su hija voló de inmediato a la sede, pero su madre le pidió que esperara.
En ese momento, Xia Wa estaba hablando con Helan Yuan. El anciano le exigía que explicara su traición y le recordaba que había sido ella quien había creado el Proyecto Galaxy.
«Fui alumna suya», respondió Xia Wa. «No su cómplice».
Helan Yuan esperaba que Xia Wa hubiera encontrado el camino hacia la quinta dimensión y pudiera cambiar su pasado. Ella se negó: aunque fuera posible observar otros momentos del tiempo, los acontecimientos no podían reescribirse a voluntad. Entonces Xia Wa le preguntó por la persona que estaba preparando la verdadera catástrofe. Muchos años atrás, durante un experimento, había sentido que se aproximaba un desastre y sabía que no lo causaría Helan Yuan. El anciano se negó a revelar el nombre de su cómplice. Prefirió morir guardando aquel último secreto con tal de que Xia Wa no obtuviera ventaja.
A la salida, Xia Wa se encontró con el secretario general de la ONU. Se dio cuenta de inmediato de que otra persona controlaba su cuerpo mediante células de memoria. El verdadero enemigo seguía siendo un desconocido; el secretario no era más que un portador. Durante la conversación, el hombre confesó haber colocado cargas atómicas capaces de destruir países enteros. No pretendía negociar para conseguir poder ni dinero: destruir el mundo le producía placer. Matar al portador no serviría de nada, porque la conciencia podía trasladarse a otro cuerpo. Xia Wa comprendió que no sería posible detenerlo con un arresto convencional.
Después de las negociaciones, Xia Wa fue por fin a ver a Xinghe. Llevaban más de diez años sin verse, pero su madre apenas había cambiado. Le explicó que había pasado muchos años en estado de hibernación y que había despertado hacía poco para conservar las fuerzas de cara al experimento decisivo. Xia Wa sabía que algún día Xinghe tendría que detener a Helan Yuan y estaba orgullosa de que su hija lo hubiera conseguido. También aceptó a Mubai de inmediato. Según Xia Wa, Xinghe y Mubai se volvían aún más fuertes cuando estaban juntos. Por eso decidió encomendarles a ambos la siguiente misión.
De camino a Hua Xia, Xia Wa les contó que había huido de Helan Yuan junto con varios compañeros que compartían sus ideas. Se instalaron cerca de la ciudad T e intentaron llevar una vida normal. Más tarde se marchó con Xinghe, que aún era pequeña, al país W, donde continuó sus investigaciones con los padres de Yi Chen. Los demás científicos murieron durante los experimentos, pero Xia Wa sobrevivió. Cuando regresó con la familia Shen, no contó a nadie que se avecinaba una amenaza. Antes tenía que preparar a Xinghe y a Mubai para la única forma de retrasar la catástrofe.
El desconocido accedió a aplazar veinticinco años la destrucción del mundo si Xinghe y Mubai cumplían su petición. Diez años atrás habían asesinado en Darlintown a una mujer llamada Lillian. El asesino descuartizó el cadáver y arrojó los restos al mar. Solo había que cambiar una cosa: el cuerpo debía conservarse entero. Xia Wa suponía que Lillian era la madre del enemigo. La habían violado y después le habían arrebatado al hijo que nació de aquella agresión. Probablemente era imposible salvarle la vida, pero, si lograban cambiar las circunstancias de su muerte, quizá también cambiara la decisión de su hijo.
Xia Wa los condujo a una estación que había construido con los investigadores fallecidos. Una persona no podía permanecer en la quinta dimensión más de dos días, aunque el tiempo transcurría allí de forma distinta que en la Tierra. Xinghe y Mubai no podían entrar directamente en el pasado. Tendrían que enviar señales a sus versiones jóvenes –Xinghe, de quince años, y Mubai, de dieciocho– y guiarlas hasta Lillian. Una intervención demasiado evidente podía alterar toda la vida posterior de ambos. Por tanto, las pistas debían resultar comprensibles sin revelar de dónde procedían.
Diez años atrás, el joven Mubai estaba terminando sus estudios en la ciudad T y pensaba continuar su formación en el extranjero. Un día, las hojas de un árbol empezaron a caer frente a él de una en una y de dos en dos. Al principio lo atribuyó a una coincidencia, pero el patrón se repitió en otro lugar. Mubai interpretó la secuencia como código binario. El mensaje señalaba el país W y Darlintown. No sabía nada de aquella ciudad, pero ya no podía atribuir al viento tres pistas idénticas. Renunció a sus planes iniciales y viajó allí con dos guardaespaldas.
En aquel entonces, Xinghe ya vivía sola en el país W y seguía buscando a su madre desaparecida. También observó el patrón binario de las hojas al caer y descifró en el código el nombre de Darlintown. Durante dos días comprobó las posibles explicaciones, pero el mensaje siguió repitiéndose. Decidió que aquella extraña pista podía estar relacionada con Xia Wa y viajó a la ciudad costera. Junto a un hotel antiguo, las hojas formaron una nueva palabra: «aquí». Xinghe alquiló una habitación y empezó de inmediato a investigar al propietario, a los empleados y los registros electrónicos del hotel.
En la escalera, Xinghe se cruzó con una limpiadora de mediana edad. Más tarde, el gerente llamó a la mujer por el nombre de Lillian, pero Xinghe aún no comprendió la importancia de aquel encuentro. Mubai llegó al mismo hotel varias horas después. Las hojas le señalaron el mismo lugar, aunque él decidió alojarse cerca y envió a uno de sus guardaespaldas a vigilar el establecimiento. Sin saber el uno del otro, Xinghe y Mubai hackearon al mismo tiempo los servidores locales. No encontraron nada que explicara las pistas. Solo les quedaba esperar la siguiente señal.
Aquella noche, un huésped del hotel empezó a seguir a Xinghe. Cuando advirtió que la perseguía, se metió en un callejón desierto y redujo al hombre rápidamente. Mubai y sus guardaespaldas presenciaron el final de la pelea. Los dispositivos de defensa ocultos en los anillos y el calzado de la joven demostraban que se había preparado de antemano para un viaje peligroso. Cuando Xinghe salió del callejón, se miraron por primera vez. Ambos sintieron una extraña impresión de conocerse, pero no hablaron. Xinghe se marchó y Mubai continuó observándola sin poder evitarlo.
A la entrada del hotel, las hojas volvieron a moverse y formaron el nombre de Lillian. Xinghe recordó a la limpiadora y preguntó al gerente por su dirección, fingiendo que había perdido una pulsera. Por la conversación, Mubai dedujo que la joven también era capaz de interpretar las pistas. Después de que se marchara, pagó al gerente y obtuvo la misma dirección. Xinghe salió primero y Mubai la siguió por la puerta trasera. Lillian vivía en una casa oscura y casi abandonada, con luz solo en unas pocas ventanas.
Ante la puerta de Lillian, Xinghe oyó golpes sordos. Un hombre respondió cuando llamó y le exigió que volviera por la mañana. Entonces Xinghe fingió telefonear a unos cómplices: dijo que Lillian había desaparecido y les ordenó que acudieran de inmediato. La puerta se abrió de golpe y el asesino se abalanzó sobre ella. La habitación olía a sangre. El agresor era mucho más fuerte que un matón callejero cualquiera y estuvo a punto de apuñalar a Xinghe. Mubai, que ya había subido tras ella, lanzó una daga contra la mano del hombre y después apartó a Xinghe de un empujón para protegerla de una bala. Mientras se refugiaban de los disparos, el asesino escapó por la ventana llevándose a Lillian.
Xinghe detuvo un coche y ambos salieron en su persecución. El asesino lanzó contra un árbol el vehículo en el que llevaba a Lillian, saltó en marcha y disparó al depósito de combustible. Mubai logró cubrir a Xinghe con su cuerpo antes de que el coche explotara. La onda expansiva los lanzó contra la carretera y ambos perdieron el conocimiento. En aquel mismo instante se cortó la conexión con el pasado y la estación de la quinta dimensión devolvió al presente a Xinghe y Mubai ya adultos. No habían podido salvar a Lillian: su cuerpo ardió en el coche, pero el asesino ya no podía descuartizarlo. Eso bastó para cumplir la condición.
Xinghe despertó en una casa junto al mar y encontró a Mubai en la playa. Ahora ambos recordaban que se habían conocido cuando aún eran adolescentes. Tras la explosión, los guardaespaldas llevaron a Mubai herido a la ciudad T y la policía interrogó a Xinghe. Sin embargo, sus versiones jóvenes se olvidaron de Darlintown y la una de la otra. Por eso, años después, Xinghe no reconoció en Mubai al joven de Darlintown ni siquiera durante su matrimonio. Los recuerdos solo regresaron para quienes habían entrado en la quinta dimensión. No habían creado un pasado nuevo, sino que habían contemplado por primera vez una parte de sus propias vidas que hasta entonces había permanecido oculta.
Mubai explicó que, en esencia, el pasado no había cambiado: Lillian había muerto igualmente y el coche había explotado tal como mostraban los recuerdos que acababan de recuperar. Lo que había cambiado era el futuro. El desconocido aceptó el resultado y accedió a aplazar la catástrofe veinticinco años. Quizá no le importara que el cadáver se conservara intacto, sino que el asesino no hubiera podido profanarlo después de la muerte de Lillian. Xia Wa había dejado una nota. En ella comunicaba que la primera parte del acuerdo se había cumplido y que iba a reunirse en persona con el enemigo. Su madre prometía regresar cuando concluyeran las negociaciones.
Por primera vez en mucho tiempo, Xinghe no se puso a buscar la siguiente amenaza.
«Quedémonos aquí dos días más», propuso.
«¿Solo dos?»
«Para empezar. Después quiero pasar contigo el resto de mi vida. Y no tener prisa por llegar a ninguna parte, al menos de vez en cuando».
En una mujer acostumbrada a dedicar cada minuto a una nueva tarea, aquello era una declaración de amor en toda regla.
Mientras tanto, Xia Wa se reunió con otro portador de la conciencia del enemigo. El hombre confirmó que cumpliría el acuerdo y desaparecería durante veinticinco años. Xia Wa le advirtió de que, en ese tiempo, el mundo tendría ocasión de prepararse y su plan fracasaría. Dos días después, en una base secreta, el desconocido se introdujo en una cámara de hibernación prolongada. Estaba convencido de que las personas no cambiarían y de que, un cuarto de siglo después, la Tierra seguiría mereciendo ser destruida. Sus cómplices activaron el sistema sin revelar la ubicación de la base ni el verdadero nombre de su líder.
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