Xinghe aprovechó la prórroga para prepararse. Permaneció otros cinco años como presidenta de Hua Xia y destinó fondos públicos a la ciencia y la educación. Logró que Shi Jian y los demás habitantes de la Luna fueran puestos en libertad. Todos ellos empezaron a enseñar y trabajar en la Academia Galaxy, que pronto se convirtió en un centro internacional de investigación donde el conocimiento no se ocultaba dentro de una sola familia o un único país.
Durante los años siguientes se aceleraron las investigaciones en genética, oncología, robótica y regeneración celular. Lo que hasta entonces solo había existido en laboratorios secretos se convirtió en la base de programas médicos abiertos. La humanidad aprendió a tratar enfermedades que poco antes se consideraban incurables y aumentó de forma notable la esperanza media de vida. Incluso lograron reconstruir el cuerpo destruido de Xia Meng, que recibió la oportunidad de empezar de nuevo. Al mismo tiempo, avanzaba la tecnología espacial. Colonizar otros planetas dejó de parecer una mera fantasía, aunque Xinghe no pensaba renunciar a la Tierra para huir.
No consiguieron encontrar al enemigo. Podía trasladar sus recuerdos de un cuerpo a otro, disponía de la tecnología de Helan Yuan y había preparado de antemano un refugio secreto. Por eso Xinghe, Mubai y Xia Wa trabajaban en varios frentes a la vez: reforzaban las defensas, buscaban rastros de su red y continuaban estudiando la quinta dimensión. Esperaban que con el tiempo pudieran no solo observar el pasado, sino regresar de verdad a él para cambiar el curso de los acontecimientos. Sin embargo, no podían confiar únicamente en aquel avance. Veinticinco años después, la generación de mayor edad ya no estaría en condiciones de librar la misma batalla.
Después de regresar, Xinghe y Mubai se casaron. Varios años más tarde tuvieron una hija, a la que Xia Wa empezó a enseñar personalmente. Una vez concluido su mandato presidencial, Xinghe volvió a la ciudad T, a sus investigaciones y a su familia. Cuando Lin se hizo adulto, Mubai le cedió el negocio familiar. Xinghe y Mubai trabajaban juntos, viajaban juntos y no volvieron a permitir que las circunstancias los separaran durante mucho tiempo.
Veinticinco años después debía despertar el hombre que aún quería destruir el mundo. Para entonces, Xinghe y Mubai habían transferido el grueso del trabajo a su hija y a los científicos de la Academia Galaxy. No sabían si la nueva generación sería capaz de detener al enemigo, pero aprovecharon cada año de la prórroga: abrieron su tecnología al mundo, prepararon las defensas y formaron a quienes continuarían la lucha.
Por fin llegó una época tranquila a la vida de Xinghe y Mubai. La amenaza no había desaparecido; simplemente había dejado de dominar cada uno de sus días.
Pero todo lo demás pertenecía ya a otra historia.
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