La sala está exactamente donde debía estar: la más cercana al cable, detrás de una puerta de hierro forrada por dentro con coches recortados de revistas. Dentro hay un solo hombre, y prefiere tumbarse en el suelo sin esperar a que se lo pidan.
Xinghe aparta su silla, se sienta ante el panel y en cuarenta segundos desmonta todo el sistema rudimentario: dieciocho cámaras, un servidor, cierres eléctricos del almacén de armas y la contraseña de administrador escrita con rotulador en el lateral del monitor. La gente que trafica con mujeres rara vez es pulcra en nada más.
Coge el walkie de la mesa.
«¿Me oís?»
Pausa. Luego una voz de hombre, tranquila hasta lo indecente:
«¿Quién es?»
«La número treinta y uno. En la verja os esperan cuatro, y hay otros dos en el tejado del almacén de la izquierda. Id por la pared derecha.»
«¿Quién habla?», repite la voz.
«Ali sigue viva», dice Xinghe. «Id por la pared derecha.»
La voz calla un segundo.
«Sam. Guía.»
Xinghe pasa el plano de la base al segundo monitor, distribuye las dieciocho ventanas en tres filas y empieza a contar a la gente en voz alta para no equivocarse.
«Por la pared derecha hasta la esquina. En la esquina, alto.»
«Parados.»
«Han salido dos del tercer barracón, vienen hacia vosotros por el otro lado del muro. No disparéis: detrás de ellos hay un patio abierto, lo oirá todo el mundo. Ocho segundos, pasarán de largo la esquina y girarán… Ahora.»
A partir de ahí habla en frases cortas y no se permite ni una de más.
«Tejado del almacén de la izquierda. Ha llegado al borde y ahora va a girarse. Tres. Dos. Ahora.»
El hombre de la pantalla se dobla sobre sí mismo y queda sentado, apoyado en el parapeto, y Xinghe aparta la vista a la ventana de al lado antes de que deje de moverse.
«Garita de la verja. Dentro hay cuatro, la luz está encendida, uno está sentado de espaldas a la ventana y lleva un walkie. Si le da tiempo a pulsar, tendréis a otros doce por el lado este.»
«¿A cuánto está?»
«Veintidós pasos desde la esquina. La puerta se abre hacia fuera.»
«Recibido.»
«El primer barracón está vacío. El segundo, mujeres, cuarenta personas. Ahí no lancéis nada. Repito: al segundo barracón no lancéis nada.»
«Entendido», responde Sam. «No lanzamos nada.»
Un minuto después, cuatro guardias cruzan corriendo el patio justo hacia el segundo barracón, no para protegerlo, sino para coger de allí aquello con lo que pueden negociar. Xinghe lo ve dos segundos antes de que los vean desde fuera.
«Patio», dice al walkie, y la voz se le quiebra. «Cuatro van hacia las mujeres. Cuarenta metros, al descubierto, a vuestra espalda.»
«Lo veo», responde Sam.
Lo que sigue en su pantalla dura muy poco, y el sonido llega con retraso porque las paredes del cobertizo quedan entre el micrófono y el patio.
Cuando la guardia intenta atrincherarse en el almacén de armas, Xinghe mira la pantalla exactamente dos segundos.
«Almacén», dice al walkie. «Hay ocho dentro, cuatro al fondo tras las cajas. Voy a abrir todos los cierres a la vez, por ambos lados. A la de tres.»
«Esperamos.»
«Uno. Dos. Tres.»
Los cierres saltan al mismo tiempo, y en la cámara parece como si la habitación se volviera del revés: un gigante pelirrojo con una escopeta entra el primero y llena él solo todo el hueco de la puerta. Detrás de él, cubriéndole la espalda, va el más joven de los tres, delgado, con cara de chaval, y no deja de decir cosas por el walkie, aunque el walkie ya no le hace falta a nadie.
«Más bajo», le dice Xinghe. «No oigo el patio.»
Él se calla a mitad de palabra.
Una hora después, la base ha dejado de existir como base.
Van sacando a las mujeres hacia los camiones de diez en diez. La más joven camina agarrada a la mano de su vecina y no la suelta hasta llegar al vehículo. Alguien trae de la garita una caja con documentos: pasaportes, certificados, carnés de estudiante, fotos de niños dentro de celofán. Los van repartiendo de uno en uno, y casi todas, al recibir el suyo, comprueban primero el nombre y solo después la cara.
Xinghe sale al patio solo cuando ya no queda una sola cámara funcionando en la sala: antes de irse ha borrado el servidor entero, porque las grabaciones de aquella base servían no solo para un juicio, sino también para comerciar. Fuera hay mucha luz, y después de la pantalla el patio le parece abrasado hasta el blanco.
Se borra el rotulador de la muñeca con la manga. El número no desaparece del todo, y deja de frotar: hay cosas más importantes que su propia muñeca.
Sam resulta ser bajo y completamente canoso, aunque no debe de haber cumplido los cuarenta. Se acerca, le mira los zapatos, luego las manos, luego la cara, exactamente en ese orden con que se mira a una persona que va a ser evaluada por partes.
«No eres de aquí», dice. «¿Adónde te llevamos?»
«Primero una pregunta.» Xinghe repite la palabra que ha retenido en la cabeza durante tres días, exactamente como la decían los guardias, con todas las vocales.
Ali levanta la cabeza.
«¿Dónde has oído eso?»
«Aquí. Se reían y señalaban al noreste.»
«Eso lo decían por el avión», dice Ali. «Hace cuatro días cayó un avión grande al noreste. Vimos el humo desde la colina, duró dos días. Está a unos cuarenta kilómetros de aquí.»
«Tengo que ir allí», dice Xinghe. «Y tengo que ir hoy.»
Sam la mira otra vez, ahora entera, y no pregunta para qué.
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