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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 44. La tercera puerta

Por la noche, en la sala común solo ardía una lámpara bajo una pantalla de hojalata, y Cairn arrastró hasta la mesa una segunda, de escritorio, con el cable envuelto en cinta aislante, porque con la de arriba la mano de Xinghe proyectaba sombra sobre el teclado.

Colocó el portátil de lado respecto a la ventana para que la pantalla no diese al patio, y le puso debajo un libro: la mesa quedaba más alta de lo necesario y la silla, más baja.

«El canal militar es cerrado», dijo Cairn, y se sentó a un lado, apoyando los codos en la mesa. «No se puede entrar desde ningún sitio. Lo intente el año pasado, cuando buscaba frecuencias».

«La guarnición tiene dos canales».

Le giró la pantalla. Cairn leyó y no creyó de inmediato lo que acababa de leer: aparte de la línea militar, al campamento llegaba una línea urbana corriente, del mismo proveedor cuyas cajas naranjas colgaban de los postes en toda la calle.

«Es un error», dijo.

«Es el comedor», dijo Xinghe. «El año pasado les instalaron televisión e internet a los oficiales. Separar dos circuitos habría costado dinero aparte, y ese dinero habría habido que pedirselo a alguien».

No le gustaba la palabra «reventó». La contraseña de fábrica del router no funciono, así que al menos una vez si la habían cambiado. Xinghe miró la fecha del firmware, calculó quien había colgado aquella caja del techo del comedor de oficiales y en que día, y tecleo seguidos, sin espacio, el número de la unidad y el año de instalación.

La línea parpadeó y desapareció. Se abrió una tabla.

«La cambiaron al instalarlo y se quedaron tranquilos», dijo. «Desde entonces no han tocado nada».

Después, durante hora y media, casi no pulsó nada. Cairn aguantó veinte minutos, salió al patio, volvió y se sentó otra vez.

«No estas haciendo nada», dijo.

«Estoy mirando quien enciende el ordenador y a qué hora».

«¿Para qué?»

«El contable llega a las siete, pero empieza a trabajar a las siete y media». Xinghe no apartaba la vista de la pantalla. «Durante media hora el ordenador esta encendido y no pasa nada en él. Una persona que hace eso no cierra con llave cuando sale a por te. Y la contraseña no la lleva en la cabeza».

Las contraseñas de toda la guarnición aparecieron cuarenta minutos después, en una carpeta compartida, en un archivo que se llamaba «contrasenas». Lo llevaba alguien muy ordenado: tres columnas, apellido, departamento, ordenador. Y abajo, una nota en rojo para que nadie cambiara nada sin avisar.

«No puede ser», dijo Cairn.

«Si puede. Si no, se les olvidan, y entonces lo llaman a él, y el es el único para todo el campamento».

Pasada la una, el generador del patio dio un respingo, la lámpara de arriba parpadeó y la pantalla se apagó durante segundo y medio. Xinghe no se movió. El portátil aguantó con la batería, la conexión no se perdió, pero durante ese segundo y medio se quedó sentada sin apartar las manos del teclado, escuchando a Wolf golpear con algo de hierro la carcasa en el patio.

«Combustible», dijo desde la puerta. «Hasta la mañana aguanta».

Desde contabilidad se abrió recursos humanos, porque el contable tiene que saber a quien paga. Xinghe no se puso a leer expedientes personales. Al final de aquella misma lista, en una línea aparte y sin ninguna protección, estaba el acceso directo al sistema de videovigilancia: lo habían instalado los mismos y del mismo modo con que se instala un portero automatico en un portal.

Ali había pasado todo ese tiempo de pie tras el respaldo de la silla sin sentarse. Wolf se planto en la puerta y ocupó todo el hueco. Cairn alargaba la mano hacia la pantalla y la retiraba de nuevo a la mesa.

«¿Falta mucho?», preguntó Ali. Era su primera pregunta en dos horas.

«Ya no».

Xinghe hizo clic en el acceso directo.

Las ventanas no se abrieron de golpe, sino una tras otra, cargándose de arriba abajo, y en cada una había su propia noche. El patio de armas con la tribuna vacía. El almacén de combustible y una cisterna con un número pintarrajeado en el lateral. Dos torres, y en una había un hombre sentado, no de pie. El comedor, donde ardía la luz de guardia sobre el mostrador. Un pasillo con cuatro puertas y una lámpara dentro de una rejilla de alambre.

Tras la tercera puerta, en el suelo de hormigón, había un hombre sentado, sujeto con una cadena a una argolla en la pared.

La espalda ya no la tenía recta.

Xinghe amplio la imagen. La imagen se deshizo en cuadrados y volvió a recomponerse. La cadena era corta: podía sentarse, tumbarse no. Al lado, sobre el hormigón, había un cuenco, y por lo lejos que estaba se veía que no lo habían puesto para que comiera, sino para cubrir el expediente.

Ali se acercó a la mesa y apoyó la palma en el borde. Los nudillos se le pusieron blancos, pero la cara no cambió en absoluto.

«¿Es él?», preguntó Xinghe, porque había que preguntarlo.

«Enseñame el brazo izquierdo. Por encima del codo».

Xinghe movió el encuadre. En el hombro izquierdo, donde la manga estaba rasgada por la costura, se veía una vieja cicatriz oblicua.

«Es él», dijo Ali, y se enderezó.

Wolf salió al patio. Desde allí llegó un solo golpe seco contra la pared y nada más. Cairn no hizo absolutamente nada: miraba la pantalla y parpadeaba muchísimo, y luego preguntó si de aquel pasillo salía sonido.

«No», dijo Xinghe. «Solo imagen».

«Bien», dijo Cairn.

Xinghe abrió la ficha del detenido. La habían rellenado según el formulario: fecha, hora, traído por, dos firmas, un espacio para la anotación de traslado, vacío. En la casilla de motivos había una sola línea, tecleada por el escribiente del cuartel sin un solo error, como se teclea lo que te dictan letra por letra: coordenadas de la base subterránea del Sindicato IV.

Leyó la línea tres veces antes de creer que estaba leyendo aquello por lo que había volado medio mundo.

El reloj en la esquina del encuadre marcaba las tres menos cuarto. Detrás de la tercera puerta, el hombre cambió de postura y volvió a quedarse inmóvil.

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