En la noche del lunes, Xinghe trabajaba desde la caja de la pickup, aparcada a tres kilómetros del campamento, bajo una lona tendida para que la luz de la pantalla no se escapara hacia arriba. Al lado, sobre un cajón, estaba la segunda radio, encendida en recepción, y una taza de té frío que no tocó. Bajo la lona se conservaba el calor del día, la mosquitada se pegaba a la pantalla y Xinghe la apartaba con el canto de la mano.
A las doce y media abrió el sistema de pases. El formulario estaba montado como un albarán: apellido, unidad, número, hueco para la fotografía. Xinghe inserto cuatro fotos, ajusto cada una al tamaño necesario y colocó los cuatro apellidos no al final de la lista, sino en medio: las últimas líneas se revisan, las del centro no.
A la una y diez se apagó el reflector de la torre norte. Apagarlo directamente no se podía, porque cuando un reflector se apaga van a buscar la averia a la torre; Xinghe subió la carga de la línea y dejó que la protección saltara sola. En la cámara se veía salir del ala del cuartel a un hombre con una linterna, abrochándose el cinturón sobre la marcha, y no iba hacia la torre, sino hacia el cuadro eléctrico.
A la una y veinte retraso la ronda cuatro minutos. El horario estaba en la misma carpeta que las órdenes y se corregia con la misma facilidad con que se corrige la lista de turnos de cocina. Xinghe guardó el archivo y miró la segunda radio. La radio callaba.
A la una y media, los cuatro con uniforme ajeno pasaron el control, y el centinela los miró exactamente el tiempo que se mira a personas a las que se ve por primera vez en la vida y a las que se debe ver por primera vez en la vida.
Xinghe los fue llevando de cámara en cámara, cambiando medio paso antes de que salieran del encuadre. Junto al patio de armas entraron en la luz: Sam iba primero y llevaba la cabeza de modo que la visera le dejaba la cara en sombra, Cairn cargaba una bolsa con herramientas y se quedaba medio paso atrás, Wolf no se quedaba atrás en absoluto. Ali iba la última y una vez se volvió a mirar atrás, breve, sin reducir el paso.
Recorrieron el pasillo de las cuatro puertas en noventa segundos.
«La tercera», dijo Xinghe por el auricular, y no dijo nada más, porque a partir de ahí ya no dependia nada de ella.
La cerradura la abrió ella misma desde el panel. En la pantalla la puerta se abrió hacia dentro, sin sonido, como todo en aquel encuadre.
Después, Xinghe vio cine mudo y lo leyó por las manos.
Cairn se agachó junto a la argolla de la pared y metió los alicates bajo la cadena. Los hombros se le alzaron y bajaron una vez. Una segunda. A la tercera, la herramienta resbaló, y Cairn retiró la mano, se la apretó contra el muslo y durante medio segundo no hizo nada. Los labios se le movían. Lo que dijo no se oía ni podía oirse.
Luego pasó los alicates a la izquierda, sacudió la derecha, los recuperó, los colocó de otra manera y cerró las empuñaduras con todo el cuerpo.
La cadena se partio en dos. Un extremo cayó sobre el hormigón, el otro siguió colgando de la argolla y se balanceo, y por como se balanceaba se veía cuanto pesaba.
Wolf se agachó, le pasó los brazos por debajo de la espalda y las rodillas y se levantó con él en un solo movimiento, sin apoyo y sin segundo intento.
Durante dos días Xinghe había entrado en aquel encuadre una vez por hora. Durante dos días el hombre junto a la pared no había abierto los ojos. Ahora los abrió, volvió la cabeza hacia el hombro de Wolf, y los labios se le movieron con el mismo silencio con que un minuto antes se habían movido los de Cairn.
Ali dio un paso hacia ellos y se inclinó hasta casi tocarle la cara. Xinghe veía la nuca y veía como Ali asentia dos veces, brevemente, como respondiendo.
No le llegó ni una sola palabra de aquello. Tenía una imagen sin sonido, tres kilómetros de llanura vacía y un teclado en el que ya no quedaba nada que pulsar.
Los perdió un detalle que no podía verse desde la pantalla.
El oficial de guardia del campamento conocía de vista al sargento cuyo uniforme llevaba Sam: había servido allí dos años y en primavera lo habían trasladado a la base de la que venía la compañia. A las dos y veinte, el oficial salió a comprobar el puesto, miró al hombre junto a la puerta, no dijo una palabra y volvió al interior. En la cámara aquello parecía una ronda normal: salió, se quedó un momento, se fue. Xinghe lo marcó y desvió la vista hacia la salida del pasillo.
Cuarenta segundos después, el oficial descolgo el teléfono. Xinghe veía el auricular y no oía un solo sonido.
La mano se le fue sola hacia el pulsador de la segunda radio. Xinghe la detuvo a mitad de camino y la devolvió a la mesa: la radio en el pasillo la habrían oído primero los que estaban más cerca.
En esos cuarenta segundos repaso dos veces todo lo que aún podía cortar desde su lado: la luz sobre el patio de armas, la barrera de entrada, la sirena. Cualquiera de las tres habría levantado el campamento antes que una sola llamada telefonica.
Seis minutos después, bloquearon el pasillo por ambos lados.
Xinghe lo vio todo: como los empujaban contra la pared, como Ali dejaba el fusil en el suelo y apartaba el pie de él, como Wolf se sentaba en el hormigón sin soltar al viejo de los brazos, como uno de los soldados golpeaba a Sam con la culata bajo el omoplato y Sam no caía, solo cambiaba el apoyo.
Luego el encuadre quedó tapado por la espalda de alguien uniformado, y cuando se apartó ya no dejaron a nadie en pie en el pasillo.
Xinghe cerró la ventana de las cámaras y abrió otra.
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