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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 61. Sótano

He Bin regresó con los suyos el jueves y el viernes fue a un suburbio a doscientos kilómetros para ver a un investigador jubilado.

La conversación duró veinte minutos. El anciano lo escuchó, entró en la casa, sacó una caja de zapatos y de allí extrajo cuatro fotografías del lugar de los hechos que veinte años antes no se habían incorporado al sumario. En dos de ellas se veía que la ventana de la cocina estaba cerrada por fuera con un pestillo.

De vuelta, He Bin condujo seis horas y, al entrar en la capital, comprobó tres veces si llevaba a alguien detrás. Lo llevaba. Lo llevaba desde que salió.

El sábado le preguntó al jefe de seguridad quién había alquilado el piso de la calle Portuaria el año en que nació.

Al anochecer del domingo fueron a por él.

Xinghe no se enteró por él. Entró en el sistema de videovigilancia de la villa de Helan el noveno día después de llegar, a través de la cámara junto al invernadero, que habían conectado a la red general más tarde que las demás y a la que se habían olvidado de cambiar la contraseña de fábrica, y desde entonces mantenía en la segunda pantalla cuatro imágenes: la verja, el patio, la galería y la entrada de servicio.

A las veintidós cero ocho llevaron a un hombre por la galería.

Caminaba por su propio pie, pero lo llevaban entre dos, y el hombro izquierdo lo tenía oscuro desde el cuello hasta el codo. En la grabación la sangre no se leía como sangre: se leía como tela mojada.

Del corredor lateral salió un tercero, vestido de claro, de brazos estrechos, y detuvo la comitiva con la palma alzada.

La cámara no tenía sonido. Helan Qi dijo unas pocas palabras, no más de diez, y una vez miró el reloj. Luego hizo un gesto hacia abajo, en dirección a la escalera.

Nadie aclaraba nada. Nadie hacía preguntas, llamaba a un médico ni telefoneaba.

Xinghe puso en marcha a Sam y a Wolf a las veintidós doce.

La entrada de servicio daba a un patio trasero detrás de los invernaderos, y allí mismo salía también el conducto de ventilación del sótano, cubierto por una reja con cuatro tornillos. Cairn cortó los tornillos en once minutos, tumbado de lado en una canaleta de hormigón.

La ronda por el patio pasaba una vez cada veintidós minutos, y Xinghe los guiaba desde el coche, aparcado a kilómetro y medio, con el móvil: cuarenta segundos, alto, ahora seguid, ahora quietos, lleva linterna.

Encontraron a He Bin en la tercera estancia desde la escalera, en el suelo, bajo una tubería.

Tenía las dos piernas rotas por debajo de la rodilla, y no se las habían roto al detenerlo: se las habían roto aparte, con cuidado, con ese trabajo que se hace cuando nadie tiene prisa. Estaba consciente y, al ver la luz, no pidió ayuda, sino que cerró los ojos.

Wolf lo sacó en brazos por el conducto, con la cabeza por delante, y a mitad del trayecto He Bin perdió el conocimiento.

Mubai llevaba tres días con los médicos preparados, en una clínica privada de la costa registrada a nombre de una empresa que en ese país no existía. La primera operación empezó a la una y veinte de la madrugada y duró cuatro horas.

Recobró el conocimiento al anochecer del día siguiente.

Xinghe entró sola a verlo y se sentó de modo que él pudiera verla sin girar la cabeza.

«¿Quién?»

«Nosotros.»

Se quedó mucho rato mirando al techo.

«Llevo veinte años haciéndoles el trabajo», dijo por fin. «Ocho personas. Me acuerdo de las ocho.»

«Lo sé.»

«No me echaron. Me lo entregaron a él. Miró el reloj.» He Bin lo dijo con la misma exactitud con la que se lee una línea de un albarán. «No tenía tiempo.»

Xinghe dejó una grabadora sobre la mesilla y no la encendió.

«Su testimonio lo hundirá con ellos», dijo. «Ocho personas son ocho casos. Ningún tribunal de este país lo soltará después del primero.»

«Entonces, ¿para qué me quieren?»

«Porque aparte de usted nadie va a dar las fechas ni los lugares.»

Apartó la mirada del techo y la llevó hasta ella.

«¿Qué me ofrecen?»

«No le prometo la libertad», dijo Xinghe. «Tendrá protección si no miente.»

Guardó silencio unos diez segundos. Luego pidió que encendiera la grabadora.

Habló durante dos horas, con dos pausas. Ocho nombres. Fechas. Direcciones. Quién entregaba, quién transportaba, adónde los hacían desaparecer.

Y aparte, aquello por lo que ella se quedó sentada a su lado las dos horas enteras: las reuniones de Helan Chang con el presidente del país R. No recepciones ni sesiones. Once encuentros privados en cuatro años, siete de ellos en la casa de la costa, adonde He Bin llevaba personalmente al viejo y esperaba en el patio.

«¿De qué hablaban?»

«Yo me quedaba en el patio», dijo He Bin. «Pero una vez el viejo salió antes de tiempo y dijo en el coche: “Se cree que es el presidente”.»

Xinghe apagó la grabadora y sacó la tarjeta de memoria.

«Una cosa más», dijo. «La casa de la costa. Lo llevó allí siete veces. Descríbame la entrada.»

He Bin la describió: dos giros desde la autopista, verja sin cámara, explanada para cuatro coches, porche de tres escalones y una terraza del lado que da al agua.

«¿Para qué le sirve?»

«Porque quien ha ido siete veces a dar explicaciones a una casa ajena, un día querrá no ir.»

Se levantó. Junto a la puerta él la llamó igual que la había llamado entonces, en el sótano del almacén.

«Usted ya sabía todo esto de antemano», dijo. «Lo de mi madre. Lo de las fotografías. Me envió allí para que preguntara.»

«Sí.»

«Y sabía lo que me harían.»

«Lo suponía», dijo Xinghe. «Por eso llevábamos nueve días vigilando su galería.»

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