Un hombre de quien nadie piensa nada malo está a punto de echarlo todo a perder.
Lleva dieciocho años trabajando en el Centro de Control Galaxy, es operador principal y se ocupa del horario de las sesiones de comunicación. Tiene cerca de sesenta años, lleva gafas de montura fina y firma el libro de turno con una letra redonda y muy legible.
En la pausa de la comida se quedan en la sala dos personas: una chica del tercer turno y un aprendiz que calienta agua. El operador principal entra, saluda a cada uno por turno, coge del soporte junto a la puerta un extintor y echa a andar entre los bastidores.
Golpea de plano, con la base, sin abrir mucho el brazo, como se rompe el hielo de un porche.
Le da tiempo a romper cuatro y llegar al quinto.
Mubai lo intercepta cuando va a descargar el golpe, por detrás, sujetándolo por el tronco, y cae con él al suelo entre los bastidores. El extintor rueda hasta la pared y se detiene al tropezar con un cable.
El hombre no opone resistencia. Esta tumbado, con la mejilla sobre el vidrio hecho añicos, mirando al techo y repitiendo que así tiene que ser, que ese es su trabajo y que el maestro se lo ha ordenado.
Las gafas se le han caído y están a medio metro, intactas.
En cualquier caso, ya es demasiado tarde.
La sirena suena once segundos después, grave, en series cortas, tres toques cada vez, y al mismo tiempo se encienden por toda la base franjas amarillas sobre las puertas.
Xinghe llega corriendo a la sala en dos minutos y se sienta ante el primer terminal que ha sobrevivido.
No lee mucho tiempo.
Las pantallas rotas no han activado una alarma, sino el protocolo de defensa de la instalación. Cuarenta y ocho minutos después, todas las esclusas, exteriores, interiores, de galería, de embarque, se cerraran hermeticamente, y desde dentro ya no se podran abrir.
En la esquina superior izquierda de la pantalla avanza la cuenta atrás: cuatro cifras que cambian una vez por segundo. Alguien había decidido veintidós años antes que cuarenta y ocho minutos bastaban para cualquiera que debiera quedarse dentro.
En ese momento la gente está en los niveles residenciales, y las lanzaderas están en la galería del segundo crater, a dos kilómetros de pasillos que van a cerrarse.
«Todos a las naves», dice Xinghe sin levantar la cabeza. «Inmediatamente. No recojais cosas, no volvais a contar por listas, empujadlos tal como estén».
Shi Jian pone en marcha la evacuación un minuto y medio después.
Después, a la sala solo llega el sonido: pisadas corriendo por las galerías, anuncios por la megafonia interna, la voz de Shi Jian repitiendo lo mismo en dos idiomas, y una vez, el llanto de un niño que no puede haber en la base, así que llora un adulto.
Sam se va a la galería de embarque a ayudar con la carga: en ochocientos metros de trayecto hay tres pasos estrechos, y en esos pasos pueden aplastarlos.
Mubai se queda.
Xinghe se da cuenta en el cuarto minuto.
«Debes irte».
«¿Molesto?»
«No».
«Entonces me quedo».
Ella no vuelve a girarse.
Mubai se sienta en el suelo junto a un bastidor, con la espalda apoyada en el metal y las piernas extendidas a lo ancho del paso, y desde allí ve su nuca y las dos puertas de la sala. No dice una palabra en cuarenta minutos. Una vez le pasa agua, porque ella se ha pasado la lengua por los labios dos veces seguidas.
El protocolo de defensa no tiene ni contraseña ni cancelación: esta escrito de tal manera que no pueda detenerse, ni desde dentro ni desde fuera, ni siquiera por el propio Helan Yuan.
Pero esta escrito con el mismo esquema que todo lo demás.
Veintinueve minutos se van en encontrar donde consulta el protocolo el estado de las esclusas. En el minuto veintiuno, Xinghe se saca el lápiz del pelo y lo deja sobre la mesa: el pelo molesta, y el lápiz molesta aún más.
Otros ocho minutos se van en comprender que el protocolo no comprueba de dónde viene la respuesta.
Quedan nueve.
Desde la galería informan por la megafonia del embarque por naves: primera cerrada, segunda cerrada, tercera recogiendo a los últimos del nivel residencial.
El cálculo de las colas lo había hecho tres días antes y se lo sabía de memoria: tres mil cuatrocientas personas en seis naves, algo más de quinientas sesenta por cada una con cuatrocientas butacas. Las plazas que faltan los mecanicos las marcan con tiza directamente en el suelo del pasillo, cuadrado junto a cuadrado, de mamparo a mamparo, dos personas por cuadrado.
En la cuarta se rompe el recuento: se suman a la cola otras diecinueve personas, mecanicos que ya se consideraban embarcados.
«Sentadlos en los pasillos», dice Xinghe al micrófono, sin apartarse de la pantalla. «Si se acaba la tiza, sentadlos sin tiza. No hay tiempo para abrocharlos, que se sujeten unos a otros».
No cancela el cierre. Se coloca entre el protocolo y las esclusas y empieza a responder por ellas ella misma: a cada consulta, un informe de que la hoja ya está cerrada y bloqueada.
El protocolo recibe treinta y cuatro confirmaciones seguidas y se da por satisfecho.
Mientras tanto, las hojas siguen abiertas.
A la última persona la suben a bordo de la sexta lanzadera un minuto antes del tiempo calculado: es una mujer del cuarto laboratorio, se ha torcido el tobillo en un paso y la llevan entre dos.
Xinghe y Mubai recorren corriendo los dos kilómetros de galería. Las franjas amarillas sobre las puertas brillan fijas, sin parpadear, y en cada paso hay un hombre de Shi Jian haciendo señas hacia el siguiente.
Los últimos doscientos metros Xinghe corre agarrada a su codo, porque con tres cuartas partes de gravedad corres y te desvias, y bajo los dedos nota lo pesadamente que respira.
Los meten dentro de la esclusa de la última nave tirando de ambos por los brazos, a los dos a la vez, y la esclusa se cierra sola, con total normalidad.
Al operador principal que ha roto cuatro pantallas lo embarcan en la cuarta nave junto con todos los demás. Esta tranquilo, ayuda a los vecinos a abrocharse, y cuando Sam le pregunta por qué lo ha hecho, responde que no recuerda haber hecho nada.
Las seis lanzaderas despegan de la plataforma del segundo crater con intervalos de noventa segundos.
En la ventanilla de la tercera nave, junto al pasillo, hay tres personas de pie: el ingeniero de unos cuarenta años, la ayudante principal de laboratorio y el hombre que había preguntado si se podía repetir. Miran hacia abajo, a la estructura negra que queda atrás bajo ellos, y ninguno de los tres dice una palabra.
Por primera vez en veintidós años, aquella gente vuela sin seguir el horario de otros.
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