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¡MÍMAME AL CIEN POR CIEN!

Capítulo 87. Segundo día

Al segundo día de tomar posesión, la Organización de las Naciones Unidas acuso a Xinghe de conspirar con los habitantes de la Luna: según esa versión, ella misma había provocado la epidemia para hacerse con el poder.

La resolución se presentó por la mañana y se aprobo al anochecer, y en la lista de quienes la apoyaron figuraban países cuyas delegaciones la primavera anterior habían recogido a la salida de una sala para cuatrocientas personas todas y cada una de sus copias impresas.

Presentaron como testigo a Shi Jian.

Lo llevaron hasta el micrófono con una chaqueta ajena: las mangas le quedaban largas, y se las remango por dentro como se remanga un mono de trabajo. Leyó el texto preparado en una hoja, con exactitud, sin levantar la cabeza, con la misma voz con la que llevaba veintidós años anunciando turnos.

Xinghe seguía la retransmisión de pie, en un despacho donde aún no habían deshecho las cajas de su predecesor. Al oír la palabra «premeditadamente», se apartó de la pantalla y se quedó de espaldas unos diez segundos.

Luego se volvió y lo vio hasta el final.

Cuando terminó de leer, Shi Jian dobló la hoja en cuatro y la dejó sobre el atril, en lugar de guardársela en el bolsillo. Pocos se dieron cuenta. Xinghe si: así se dejaba en la base un documento que no se consideraba propio.

Respondió a la mañana siguiente, desde el mismo atril, y no empezó por las acusaciones.

«El día veintiocho, en la sala de la Academia Galaxy, enfermo una persona», dijo Xinghe. «En una semana enfermaron trescientas doce. El agente causante no coincide con ningún agente natural en ninguno de sus rasgos, y eso lo han establecido cuatro laboratorios, dos de ellos no nuestros.»

Dejó una carpeta sobre el atril y no la abrió.

«Los organizadores son dos: el país W y el país C. Las fechas, los nombres, los números de vuelo y la correspondencia están aquí; las copias se han repartido en la entrada. Aparte, la cadena por la que el preparado llegó a manos de la ciudadana Tong Liang antes de que en Hua Xia se fabricara la primera ampolla. Aquel día el preparado no existía en ninguna parte salvo en una sección protegida, y esa sección la abri yo misma durante catorce horas, delante de un terminal sin red.»

En la sala empezaron a murmurar.

«Sobre el testigo», dijo Xinghe, y se hizo el silencio. «La persona a la que ayer llevaron a este micrófono vivió encerrada veintidós años, y los últimos meses los pasó en una isla a la que lo llevaron ustedes. No considero voluntario su testimonio y no tengo ninguna reclamación contra él.»

Cerró la carpeta.

«Hua Xia se defendera.»

Bajo del atril, y en el pasillo junto al segundo micrófono la fila se abrió sola.

Ahí se acabaron las conversaciones.

En el cuartel de defensa le pusieron sobre la mesa un mapa con tres direcciones y le preguntaron cual debía considerarse la principal.

«Las tres», dijo Xinghe. «Y no disparar primero en ninguna.»

Hacia las fronteras de Hua Xia avanzaron barcos y aviación de varios países.

Pero para entonces los datos de Shi Jian ya estaban en los despachos de diseño. El nuevo equipo interceptaba el control de aparatos ajenos e inutilizaba las armas antes del lanzamiento.

En la sala de mando aquello resultaba extrañamente aburrido. En la pared colgaba una pantalla con la situación; las marcas se deslizaban hacia la línea y, una tras otra, cambiaban de rumbo por si solas, como si se lo hubieran pensado mejor. El oficial de guardia informaba cada hora de lo mismo: contacto estable, sin lanzamientos, sin bajas.

«Responder solo a un ataque», dijo Xinghe. «No cruzar la frontera. No perseguir a nadie.»

El oficial de guardia pidió que repitiera la orden. Ella la repitió con las mismas palabras.

Al segundo día, dos aparatos de reconocimiento extranjeros sobrevolaron dos veces el sector norte, y las dos veces los dejaron pasar para que vieran.

La flota del país W permaneció a distancia durante cuatro días. A la mañana del quinto, todas las marcas de la pantalla se volvieron a la vez y se dirigieron al sureste, y el oficial que informaba de ello, por primera vez en una semana, rompió la fórmula y dijo simplemente: «Se retiran».

Ninguna de las partes hizo un solo disparo.

Xinghe se enteró de la retirada de la flota a las cuatro de la madrugada, por teléfono, y no despertó a nadie, porque no había motivo para hacerlo.

Mientras el ataque abierto se ahogaba, Helan Yuan comerciaba con lo último que le quedaba.

Lo tenían en un ala cerrada del hospital del consejo internacional, en el mismo sillón, y una vez por semana iban a verlo con preguntas: ingenieros, médicos, juristas, cada uno con su propia lista. Respondía de buen grado y nunca respondía del todo.

A uno si le respondió hasta el final.

Entrego sus secretos al hombre al que consideraba el futuro gobernante del mundo: conocimientos y tecnologias a cambio de tres muertes, la de Xia Wa, la de Xinghe y la de todos los que estaban cerca de ellas.

Solo no entendió una cosa. El poder no le hacia falta a su nuevo aliado. Lo que necesitaba era que la gente desapareciera por completo, y los desarrollos de Helan Yuan le daban esa posibilidad.

La sentencia se la leyeron en la misma ala, sin trasladarlo a una sala: ocho países, cuatro cargos, pena maxima. La lectura duro veinte minutos. Escuchó con la cabeza vuelta hacia la ventana y, cuando terminaron, pidió que repitieran el último cargo y lo escuchó por segunda vez, palabra por palabra.

«¿Hay fecha?», preguntó.

«Se fijara aparte.»

«Fijenla.»

Luego dijo que tenía una petición.

«Xia Wa», dijo. «Una conversación. No pido nada más.»

El consejo internacional aceptó, contando con sacarle aun algunas tecnologias más. En el protocolo, el encuentro quedó registrado como consulta sobre cuestiones tecnicas.

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