Ottisknovelas originales
EL HEREDERO DEL BORRADOR

Capítulo 6. La princesa que vende la verdad

Después de la conversación junto a las puertas, Elián comprende por primera vez lo poco que le ha dado su victoria sobre el Consejo.

Al anochecer, el palacio queda en silencio, pero no por ello hay más calma. Los criados cuchichean en los pasillos, los escribas copian de nuevo las actas y los guardias se relevan con más frecuencia de lo habitual. El nombre de Miran ya ha desaparecido de las listas de guardia. Camina junto a Elián, y todo el que se cruza con ellos frunce el ceño e intenta recordar quién es esa mujer.

«Me ven», dice Miran.

«De momento, sí».

«Sí que sabe usted consolar, alteza».

«Soy un impostor. No se espera de mí que sepa tranquilizar a nadie».

Sonríe con ironía, pero no aparta la mano de la empuñadura.

Tavel no los conduce a los aposentos de Elián. Después de la aparición de Nim Arg, seguro que allí ya los esperan los hombres de Savern, una orden nueva o una puerta convertida en pared por un Corrector. El archivero los lleva a la galería occidental, donde cuelgan los retratos de las ramas colaterales de los Vern. Las personas de aquellos cuadros parecen más modestas que los herederos directos y posan con mayor cautela.

«Si quiere sobrevivir al próximo golpe del regente –dice Tavel–, necesita a Vestra Lo».

«¿La princesa que vota la última?», pregunta Elián.

«La princesa que casi nunca vota. Cobra caro por su apoyo, porque su voto puede inclinar al Consejo hacia cualquiera de los dos bandos».

Miran resopla.

«Parece la persona ideal para confiarle el destino del mundo».

«El reino ya se lo confiaron a Savern –dice Tavel–. No creo que Vestra pueda ser peor».

Vestra Lo los espera en el invernadero, no en la sala de recepción. De noche, allí hace calor y hay humedad. El cielo oscuro se ve a través del techo de cristal y las gotas de agua relucen sobre las hojas. La princesa está junto a un limonero, con un vestido color oro viejo. No lleva anillos y, en una corte donde las joyas señalan parentescos y alianzas, eso salta a la vista de inmediato.

«Llegan tarde», dice Vestra.

Elián se detiene junto al sendero que discurre entre los macetones.

«No habíamos concertado ninguna cita».

«Precisamente por eso llegan tarde. Las personas inteligentes vienen a verme antes de comprender que ya no pueden prescindir de mi ayuda».

Mira a Miran.

«Y esta debe de ser su guardia en vías de desaparición».

Miran da un paso al frente, pero Elián levanta una mano.

«No».

Vestra sonríe.

«Bien. Ya ha comprendido que no conviene poner en peligro a sus aliados por la primera pulla. Así que los rumores sobre cuatro muertes no son del todo inventados».

El invernadero queda sumido en un silencio absoluto.

Tavel palidece. Miran aprieta la empuñadura. Elián no se mueve.

«¿Quién se lo ha dicho?», pregunta.

«Nadie. Cuando en la corte todo el mundo habla a la vez, lo más importante es aquello sobre lo que todos guardan silencio. Hoy nadie ha mencionado cuántas veces ha vuelto usted a la mañana del Consejo. Eso significa que ha vuelto varias veces».

Elián está a punto de reírse de puro cansancio. Mientras Savern reescribe las leyes y Nim cambia líneas en los libros, Vestra ha sacado una conclusión de aquello que toda la corte se empeña en silenciar.

«Necesito reconocimiento», dice.

«Por supuesto».

«Público».

«Por supuesto».

«Y auténtico».

Vestra arranca una hoja pequeña del limonero, la frota entre los dedos y la huele.

«El auténtico cuesta más que el público».

«Dígame el precio».

Solo entonces lo mira directamente a los ojos.

«El derecho a nombrar al siguiente heredero».

Miran suelta una maldición en voz baja. Tavel se pone a toser.

Elián guarda silencio.

Las condiciones de Vestra son insultantes. Si acepta, Elián convertirá la lucha por su nombre en un trato por el Trono, aunque no tenga intención de gobernar. Vestra no obtendrá el poder de inmediato, pero algún día decidirá quién recibe ese poder por el que Elián muere una y otra vez.

«Quiere la corona para su rama», dice.

«Quiero que mi rama sobreviva a su guerra contra el Trono y el regente».

«Suena mejor».

«Más veraz».

Vestra se acerca. Huele a piel de limón y metal frío.

«Savern conservará un solo mundo. Usted abrirá las puertas a todos los borrados. En ambos casos, las ramas colaterales serán las primeras en caer. Somos demasiado débiles para resultar necesarios y demasiado nobles para que se apiaden de nosotros. Por eso vendo caro mi reconocimiento. Nadie respeta un reconocimiento barato».

Elián recuerda a Shani junto a la puerta del Consejo: su voz queda, sus manos temblorosas, su nombre resonando de pronto en su cabeza. Shani lo reconoció sin exigir nada a cambio. Ahora el Corrector también podría alcanzar su pasado.

«Si acepto –dice–, mi nombre se convertirá en mercancía para usted».

«Ya es una mercancía. Savern vende el miedo que inspira ese nombre. Los criados venden rumores sobre él. El Consejo vende el derecho a no pronunciarlo. La diferencia es que yo digo el precio en voz alta».

Miran se inclina hacia Elián.

«No acepte».

Tavel dice casi al mismo tiempo:

«Acepte».

Se miran con evidente antipatía. Elián imagina lo poco que tardarán sus aliados en dejar de discutir sobre cómo salvar a la gente para discutir sobre a cuál de los dos deben hacer caso.

Vestra también lo advierte.

«Por eso necesita mi voto. Si no actúa con cálculo, sus aliados se enemistarán entre sí antes de que usted llegue vivo a la mañana siguiente».

Elián se acerca al limonero y toca una hoja. En los dedos le queda un olor amargo.

«Le daré el derecho a nombrar al siguiente heredero con una sola condición».

Vestra arquea ligeramente una ceja.

«No está usted en posición de imponer condiciones».

«Ya he muerto varias veces. Eso acaba estropeándole a uno los modales».

Miran sonríe apenas.

Elián continúa:

«Solo podrá nombrar al heredero mientras Shani Venn, Miran Kest y Tavel Rin conserven el derecho a prestar testimonio en esta sala. Si los borran y sus nombres desaparecen, usted también perderá su derecho».

Vestra lo observa durante un largo rato. Por primera vez, no responde de inmediato.

«Está vinculando la corona a personas sin cabida en el registro dinástico».

«Sí».

«Es una estupidez».

«Puede ser».

«Es peligroso para mí».

«También para ellos».

Vestra esboza una sonrisa.

«Ahora sí que el precio se ha vuelto interesante».

Se vuelve hacia la puerta de cristal del invernadero. Al otro lado ya esperan dos escribas y tres príncipes jóvenes. Elián no los ha oído llegar. Vestra había hecho venir a los testigos de antemano.

La princesa alza la voz.

«Yo, Vestra Lo, reconozco a Elián Vern como legítimo pretendiente cuyo nombre deberá comprobar el Trono Vacío. No por amor ni por fe en los milagros. Mi palabra vale demasiado para malgastarla en un impostor muerto».

Nadie se mueve.

El Sistema responde con brevedad:

«Testigo de reconocimiento obtenido. Nombre de Vestra Lo guardado».

El nombre de Vestra queda grabado en la memoria de Elián con tanta claridad como los de Shani y Miran. No confía en la princesa, pero ahora su reconocimiento público protege el derecho de Elián a comparecer ante el Trono.

Esa misma noche, Lissa despierta gritando en una habitación sin ventanas.

Sueña que Elián está ante el Trono Vacío y que ella yace a sus pies sobre la piedra fría. Él sostiene entre las manos un hilo luminoso con el nombre de Lissa, parecido a un juramento de sangre.

A su lado, Vestra dice con calma:

«Pague».

Lissa abre los ojos y tarda unos instantes en recordar en qué Borrador sigue viva.

Abrir en el lector