Nura al-Banya cerró las puertas del hammam por dentro y ordenó a dos muchachas sirvientas que no se acercaran al muro oeste.
«Si alguien pregunta, el prisionero grita» – dijo ella.
Una de las muchachas palideció.
Nura añadió en voz más alta:
«Que piensen que somos mujeres compasivas y no soportamos los gritos de los hombres».
En el hammam hacía calor, pero sin lujo. Los baños del palacio ahorraban agua incluso para los nobles. El vapor bajo olía a cobre, a piedra mojada y a amarga corteza de naranja. Tras el muro hablaban mujeres en voz baja, y para la noche cualquier susurro podía convertirse en rumor de la ciudad.
Zulaija puso junto a Íñigo una taza con agua. Al lado había un paño limpio y un cuchillo pequeño.
Íñigo miró el cuchillo.
«¿Para mí?»
«Para la mentira».
«¿Cortas la mentira con un cuchillo?»
«No. Pero a veces no hay otro modo de llegar hasta ella».
Íñigo sonrió apenas, pero al instante hizo una mueca de dolor. Nura cortó el vendaje viejo. Debajo apareció una herida estrecha, mal lavada, de bordes ya oscurecidos. Junto a la muñeca, desollada por la cadena hasta la sangre, Zulaija vio una quemadura antigua.
No la tocó.
La quemadura recordaba un círculo irregular con una línea corta a un lado. Un médico habría visto sólo una cicatriz vieja, pero Zulaija reconoció la marca del giro del agua.
Aquella señal no se ponía en las personas.
Una señal así se grababa en la piedra o en la madera para que el maestro, aun a oscuras, encontrara la compuerta oculta y no torciera hacia un paso falso.
«¿De dónde viene esto?» – preguntó Zulaija.
Íñigo bajó la mirada hacia su brazo. Era evidente que no esperaba que Zulaija reconociera la señal.
«De mi padre».
«¿Tu padre marca a sus hijos con señales del agua?»
«Mi padre marca todo lo que considera suyo».
Nura maldijo en voz baja y luego gritó para quienes pudieran escuchar tras la puerta:
«¡Sujétalo fuerte! Los castellanos no paran de sacudirse».
Zulaija tomó el paño.
Íñigo giró bruscamente el hombro.
«Con esa agua no».
El cuchillo tintineó contra la taza. Zulaija no lo levantó.
«¿Por qué?»
«Lleva sal».
«Toda el agua de la ciudad deja ahora sal en la lengua».
«No como esta. Esta vino del aljibe del palacio. Pero ahora el aljibe no se llena desde el paso de arriba».
Zulaija se quedó inmóvil.
Nura dejó de fingir que ordenaba los vendajes.
«¿Probaste el agua?»
«Oí cómo la llevaban. Los cántaros de ese aljibe suenan más sordos: el agua es más pesada. Lleva cal del foso nuevo».
Zulaija se llevó la taza a los labios y apenas rozó el agua con la lengua.
Primero sintió el frío, luego un leve sabor a piedra y un amargor de cal apenas perceptible. Otro lo habría tomado por el amargor del miedo.
Pero Zulaija conocía el agua.
Aquella agua no debía estar allí.
«¿Quién te mandó decir eso?» – preguntó ella.
Íñigo la miró con cansancio.
«Si me lo hubieran mandado, lo habría dicho en el patio. Delante de todos».
«¿Para comprarte la vida?»
«Para comprarme una muerte mejor».
Nura trajo otra taza pequeña, de la reserva de las mujeres del hammam. El agua olía a cobre y a piedra caliente, pero no llevaba cal. Zulaija lavó la herida. Íñigo apretó los dientes y no dejó escapar un solo sonido.
Aquel silencio obstinado irritaba a Zulaija más que un grito.
«¿Temes al agua?» – preguntó ella.
«No».
«¿Entonces por qué te apartaste?»
Él calló largo rato.
Alguien pasó tras la puerta. Unas sandalias resbalaron sobre el azulejo, se detuvieron y siguieron adelante. Nura, por si acaso, empezó a reñir a gritos a una sirvienta ausente.
Íñigo habló más bajo:
«En el campamento vierten agua sobre la herida cuando quieren saber dónde escondió un hombre el paso secreto. Con agua limpia torturan a los que piensan dejar con vida. Con agua salada, a los que sólo hacen falta hasta la primera respuesta».
Zulaija le vendó las costillas. Luego puso la mano junto a su muñeca, sin tocar la quemadura.
«No pienso torturarte por unas respuestas».
Él le miró la mano.
«Entonces perderás ante los que sí torturen».
«Puede ser».
«Tu Yusuf no pierde».
«No es mío».
«Pero las llaves las tiene él».
«Las llaves no sirven de nada si no sabes adónde corre el agua».
Esta vez Íñigo sonrió de verdad.
Zulaija apretó el vendaje.
«Dijiste en el patio que el agua del norte está siete palmos más baja. ¿Dónde está?»
Él cerró los ojos.
«Si lo digo, ¿me entregarás a Yusuf?»
«Si mientes».
«¿Y si la verdad es peor que la mentira?»
Zulaija sacó el cuchillo de la taza y lo dejó sobre la piedra, entre los dos.
«Entonces decidiremos qué hacer con esa verdad. De todos modos no voy a torturarte».
Íñigo abrió los ojos.
Fuera volvieron a sonar pasos. Alguien se detuvo junto a la puerta.
Íñigo dijo casi en un susurro:
«Vuestra agua ya fue desviada. No por los reyes. Por alguien de los vuestros».
A Nura se le cayó el paño limpio.
Tras la puerta los pasos desaparecieron.
Aquella verdad no liberaba. Todavía había que demostrarla, los dos juntos.
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