La primera hoguera en la Tierra Gris no había manera de encenderla.
La madera estaba mojada, la hierba humeaba, la turba olía a tierra agria y, entre las piedras, soplaba desde abajo un viento helado. Nada más bajar del barco, la gente había mirado los acantilados como si fueran un botín. Pero el viento no tardó en metérseles bajo la ropa, y la nueva costa dejó de parecer una posesión para convertirse en un lugar donde podían morir sin testigos.
Rágned, pensó Stéinar, habría clavado una lanza en la costa, pronunciado unas palabras hermosas, bautizado la tierra en honor de sí mismo, de su padre o de su espada y después habría ordenado a los demás instalarse bajo aquel nombre.
Stéinar cogió la copa vacía y la puso sobre una piedra plana.
«No te proclames jarl», dijo Saiva en voz baja.
Él la miró.
Después de la tormenta estaba más pálida, con ojeras azuladas bajo los ojos. Pero su voz seguía firme. Saiva no se lo pedía: lo advertía. Ya había visto cómo una sola palabra podía convertirse en una trampa.
«No sé hacerlo», respondió él.
«Claro que sabes. Todos los hijos de los jarls saben, incluso cuando fingen no querer el poder».
Aquello se acercaba demasiado a la verdad.
Stéinar se volvió hacia la gente.
«Quien sepa qué debemos hacer para sobrevivir al invierno, que lo diga ahora».
La gente se miró.
Esperaban otra cosa: un reparto de la costa, una disputa sobre quién tenía más autoridad, la elección de un lugar para la tienda más alta, el derecho a cazar antes que nadie y un nombre para la nueva tierra.
Nera fue la primera en comprenderlo.
«Yo conservaré el grano, si no lo dejamos junto al agua y no permitimos que los imbéciles hurguen en los sacos.»
Borri gruñó:
«Yo conservaré el barco, si lo subimos más arriba y no escuchamos a quienes creen que la madera muere después de una sola travesía».
Modra alzó un manojo de hierbas mojadas.
«Yo protegeré a la gente de la fiebre, si nadie bebe de las charcas estancadas».
Eska levantó la mano.
«Yo encontraré las rendijas pequeñas».
Todos la miraron.
«¿Qué rendijas?», preguntó Nera.
«Las que dejan pasar el frío. Vosotros sois grandes y no os fijáis en ellas».
Nera abrió la boca para regañarla, pero volvió a cerrarla. Después asintió.
«Eso sirve.»
Fárin dijo:
«Yo encontraré agua si sigo a los pájaros. Si vuelven».
Skárdi, el de la oreja quemada por el frío, añadió:
«Yo encontraré piedra para los muros».
Otro dijo:
«Yo haré agujas con huesos de pescado.»
Saiva fue la que más tardó en hablar.
Stéinar no la apremió.
Por fin dijo:
«Yo conservaré los nombres. Si no empezamos ahora, después olvidaremos quién salvó cada cosa».
Stéinar recordó otro mundo, donde no eran los escaldos quienes conservaban los nombres, sino los registros. Pero el mero hecho de estar registrado no protegía a nadie: una persona podía quedarse sin voz aunque su nombre figurase en una decena de libros. Por tanto, una lista no bastaba. Tras cada nombre debía existir el derecho a reclamar la parte prometida.
Así empezó la costa a convertirse en un asentamiento. Todavía no era un hogar ni una posesión, sino un lugar donde, por primera vez, el trabajo se repartía según la habilidad y no la sangre.
Stéinar no proclamó leyes ni exigió obediencia. Se limitó a coger el cuchillo y hacer una nueva muesca en la vara situada junto a la copa. Con cada muesca, Saiva repetía un nombre y una tarea. Aún no cantaba: hablaba de modo que todos pudieran oírla y corregirla si era necesario.
«Nera: grano y sal».
«Borri: quilla y juntas».
«Fárin: agua y corriente».
«Modra: hierbas y viejas deudas».
«Eska: rendijas pequeñas».
La niña estaba tan erguida como si acabaran de sentarla en el asiento más alto.
Al anochecer encontraron una hondonada entre las piedras, protegida del viento. Nera le quitó a uno de los remeros el trozo de pescado que había cogido de más y lo obligó a devolverle la mitad a la anciana que llevaba todo el día recogiendo hierba seca para encender el fuego.
«Ella no ha remado», dijo él.
«Ella te ha dado fuego», respondió Nera. «Come pescado frío si no lo entiendes».
Stéinar no intervino.
No intervenir era lo más difícil.
Si él mismo decidía a quién correspondía cada pedazo, la comida volvería a depender de su favor. Pero si Nera se ocupaba del recuento común, cada uno recibiría una parte por su trabajo y no por su cercanía a Stéinar.
Al caer la noche, Eska llevó hasta el fuego un trozo largo de madera. En la Tierra Gris era raro encontrar madera, y casi siempre aparecía en forma de astillas, no de ramas enteras, así que el hallazgo era valioso.
«No lo quemes», dijo Saiva con brusquedad.
Eska se quedó inmóvil con el hallazgo en las manos.
La madera tenía muescas.
Los signos no se parecían ni a las runas del norte ni a las muescas de la copa. Inclinados y sinuosos, pertenecían sin duda a otra escritura. Cerca de un extremo había una hendidura parecida a un signo de agua o de hoja. En el otro se oscurecía una resina seca de olor desconocido.
Fárin cogió la madera, se la acercó a la nariz y frunció el ceño.
«Ha llegado hasta aquí desde el oeste».
Borri miró hacia el oeste.
Allí ya estaba oscureciendo.
Stéinar comprendió que la Tierra Gris no era el confín del mundo.
Si la madera había llegado desde el oeste, significaba que en aquella dirección había otra costa.
Y que alguien ya había tallado signos en ella.
Saiva dijo en voz muy baja:
«No llames vacía a esta tierra».
Stéinar miró las muescas ajenas.
«No pensaba hacerlo. Estas muescas demuestran que aquí somos huéspedes».
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