Por la tarde recogí la ropa para lavar.
En la cazadora de Ígor había lo de siempre: dos tornillos, un trozo de resguardo y una moneda de diez rublos, oscurecida por un lado. Lo dejé todo en el alféizar para que lo encontrara por la mañana y metí la cazadora en la lavadora.
Los bolsillos los reviso siempre, y no por los tornillos. Miro si ha aparecido algo que él no haya comprado.
Aquella tarde no había aparecido nada.
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