Los lunes son tranquilos, y el lunes se ve bien en qué consiste nuestro trabajo.
Por la mañana vino Valera, el del tercero, trajo las zapatillas de su hijo y estuvo veinte minutos contando que el hijo no cuida las zapatillas y que cuestan lo que gana él, Valera, en una semana. Lo cuenta cada vez y cada vez con palabras nuevas. Yo asiento. Ígor, desde detrás del tabique, dice «ajá» sin levantar la cabeza, y Valera se va tranquilo.
Después vino una mujer con un bolso. Bolsos no cogemos, lo explico unas quince veces por semana y cada vez me siento culpable, aunque no entiendo ante quién. Dijo que en toda la ciudad no los coge nadie, y yo dije que lo sabía, y era verdad.
Después no vino nadie durante hora y media.
En esas horas me siento detrás del mostrador y hago algo que no obliga a nada: paso a limpio el cuaderno de encargos si está manoseado, llamo a los que se olvidaron de recoger, ordeno la caja de la herrajería, donde todo se mezcló antes incluso de que yo llegara. Ígor trabaja detrás del tabique y calla. Calla ocho horas seguidas y no lo considera nada del otro mundo.
Detrás del mostrador me puse hace doce años y de pura casualidad.
Entonces yo trabajaba en la recepción del ambulatorio número dos, y me despidieron junto con la mitad de la ventanilla, y me pasé un mes recorriendo anuncios y enfadándome. Y al taller entré con una bota. La bota era mía, el tacón se me había soltado en la parada, y llegué furiosa, con una bota y con una zapatilla que me habían dado en la farmacia de enfrente para que no fuera pisando así la nieve.
Ígor miró la bota, dijo que había que hacer las dos, que si no cojearía, y que en ese momento no tenía a nadie, así que espere veinte minutos. Me senté a esperar. En esos veinte minutos entraron cuatro personas al taller, y las cuatro se marcharon, porque detrás del mostrador no había nadie y Ígor no las oía desde detrás del tabique.
Se lo dije. Contestó que ya lo sabía.
«¿Y cuántos se van así?»
«La mitad, supongo».
«¿Y a usted le parece bien?»
«No», dijo. «Pero estoy solo».
Yo estaba sentada con una zapatilla, furiosa, sin trabajo y con una bota, y dije que podía ponerme detrás del mostrador una semana mientras buscaba algo decente, si me pagaba. Se lo pensó y me pagó.
Algo decente no lo encontré nunca, porque dejé de buscar hacia el tercer mes. Primero puse un cuaderno de encargos en lugar de los papelitos en el clavo. Luego se me ocurrió llamar a los olvidadizos. El invierno en que Ígor cayó con gripe dos semanas, las tapas las puse yo, porque si no todo se habría parado: me lo enseñó una vez, y en lo sencillo no es ciencia, es costumbre de las manos. Con la vira nunca aprendí. Después resultó que si hablo con una persona mientras espera, vuelve una segunda vez y trae a su mujer.
De esto Ígor dijo una vez lo siguiente:
«Tú te las hablas».
Quería decir que sé entretener a alguien mientras espera, y es verdad, sé. Pero la palabra se me quedó.
Aquel lunes, ya al final de la tarde, vino un hombre a por unos zapatos y, mientras yo los buscaba por el número, preguntó si arreglábamos correas de reloj. Le dije que no. Asintió y se fue, y fue la última persona del día.
Cerré la caja, apunté la recaudación en el cuaderno y me quedé un rato junto a la ventana.
En el patio nevaba, la primera nevada de aquel año, y se derretía antes de llegar al suelo.
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