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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 4. Lunes

Los lunes son tranquilos, y el lunes se ve bien en qué consiste nuestro trabajo.

Por la mañana vino Valera, el del tercero, trajo las zapatillas de su hijo y estuvo veinte minutos contando que el hijo no cuida las zapatillas y que cuestan lo que gana él, Valera, en una semana. Lo cuenta cada vez y cada vez con palabras nuevas. Yo asiento. Ígor, desde detrás del tabique, dice «ajá» sin levantar la cabeza, y Valera se va tranquilo.

Después vino una mujer con un bolso. Bolsos no cogemos, lo explico unas quince veces por semana y cada vez me siento culpable, aunque no entiendo ante quién. Dijo que en toda la ciudad no los coge nadie, y yo dije que lo sabía, y era verdad.

Después no vino nadie durante hora y media.

En esas horas me siento detrás del mostrador y hago algo que no obliga a nada: paso a limpio el cuaderno de encargos si está manoseado, llamo a los que se olvidaron de recoger, ordeno la caja de la herrajería, donde todo se mezcló antes incluso de que yo llegara. Ígor trabaja detrás del tabique y calla. Calla ocho horas seguidas y no lo considera nada del otro mundo.

Detrás del mostrador me puse hace doce años y de pura casualidad.

Entonces yo trabajaba en la recepción del ambulatorio número dos, y me despidieron junto con la mitad del personal de la ventanilla, y me pasé un mes yendo de anuncio en anuncio y enfadándome. Y al taller entré con una bota. La bota era mía, el tacón se me había soltado en la parada, y llegué furiosa, con una bota y con una zapatilla que me habían dado en la farmacia de enfrente para que no fuera pisando así la nieve.

Ígor miró la bota, dijo que había que hacer las dos, que si no cojearía, y que en ese momento no tenía a nadie, así que espere veinte minutos. Me senté a esperar. En esos veinte minutos entraron cuatro personas al taller, y las cuatro se marcharon, porque detrás del mostrador no había nadie y Ígor no las oía desde detrás del tabique.

Se lo dije. Contestó que ya lo sabía.

«¿Y cuántos se van así?»

«La mitad, supongo».

«¿Y a usted le parece bien?»

«No», dijo. «Pero estoy solo».

Yo estaba sentada con una zapatilla, furiosa, sin trabajo y con una bota, y dije que podía ponerme detrás del mostrador una semana mientras buscaba algo decente, si me pagaba. Se lo pensó y me pagó.

Algo decente no lo encontré nunca, porque dejé de buscar hacia el tercer mes.

Dejé de buscar después de un caso concreto.

Entonces entregué unas botas que no eran. Los encargos colgaban de un clavo en papelitos, los papelitos se mezclaban y yo entregué el par equivocado. La mujer se lo llevó y se fue, y al caer la tarde vino la dueña. Las botas eran caras y no teníamos el teléfono de la otra mujer, porque entonces yo todavía no apuntaba los números.

Ígor dijo que había que buscar. Buscamos durante dos días y no la encontramos.

Le dio el dinero a la dueña. Era más de lo que me pagaba a mí en un mes.

Aquella tarde recogí mis cosas del alféizar y me quedé con ellas en la parte de delante mientras él cerraba la puerta trasera, porque estaba segura de que iba a despedirme.

Me miró y preguntó adónde iba.

Le dije: «A casa».

Dijo: «Mañana a las nueve».

Nunca volvió a hablar de las botas, y todavía sigo esperando que algún día se acuerde.

La semana siguiente abrí el cuaderno de encargos, ya con teléfonos. Luego se me ocurrió llamar a los olvidadizos. El invierno en que Ígor cayó con gripe dos semanas, las tapas las puse yo, porque si no todo se habría parado: me lo enseñó una vez, y en lo sencillo no es ciencia, es costumbre de las manos. Con la vira nunca aprendí a trabajar. Después resultó que si hablo con una persona mientras espera, vuelve una segunda vez y trae a su mujer.

De esto Ígor dijo una vez lo siguiente:

«Tú te los ganas hablando».

Quería decir que sé entretener a alguien mientras espera, y es verdad, sé. Pero la expresión se me quedó.

El padre de Ígor murió hace ocho años.

Ígor no lloró ni en el entierro ni después y trabajó toda la semana como siempre, así que decidí que no había pasado nada. Unos días después quedó claro que sí: una mañana llegó al taller, abrió la puerta y se quedó plantado en la parte de delante.

Le pregunté qué pasaba. Dijo: «Nada. Ahora voy».

Se quedó allí un poco más y luego pasó a la máquina.

A la mañana siguiente fue lo mismo, y empecé a llegar antes.

Yo abría, encendía la luz de la parte de delante, ponía el hervidor y ordenaba los resguardos, y cuando llegaba él ya había alguien en el taller. Entonces pasaba detrás del tabique y encendía él mismo la luz de allí, y a partir de ahí el día seguía como cualquier día.

No me lo pidió ni una vez. Yo tampoco dije nada.

Durante aquel medio año me necesitaba todas las mañanas, y recuerdo que eso me hacía sentir bien.

Se terminó solo. Una vez me entretuvieron en el banco, llegué a las diez y vi que ya había abierto, ya había encendido la luz y ya estaba trabajando. No dijo nada de que yo hubiera llegado tarde.

Desde entonces podía entrar solo. Yo seguí abriendo de todas formas, y nunca lo habíamos acordado.

Aquel lunes, ya al final de la tarde, vino un hombre a por unos zapatos y, mientras yo los buscaba por el número, preguntó si arreglábamos correas de reloj. Le dije que no. Asintió y se fue, y fue la última persona del día.

Cerré la caja, apunté la recaudación en el cuaderno y me quedé un rato junto a la ventana.

En el patio nevaba, la primera nevada de aquel año, y se derretía antes de llegar al suelo.

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