Con Valera tengo la misma conversación desde hace ya siete años, y me la sé de memoria.
Trae las zapatillas de su hijo, dice que el hijo no las cuida, dice el precio, yo digo «qué quiere usted, dieciséis años», él asiente y se va. A veces en lugar de las zapatillas son los zapatos de su mujer, pero el texto no cambia.
Aquella vez vino un martes, sin calzado ninguno, y simplemente se sentó en la silla junto a la ventana.
«¿Se puede?»
«Siéntese».
Estuvo cinco minutos callado, cosa que no le había pasado nunca, y luego contó que lo despiden. No de inmediato, a partir de febrero, pero ya se lo han dicho, y ahora anda dándole vueltas.
«Veintitrés años en el mismo sitio», dijo. «Entré ahí al volver de la mili».
Le serví té. Cogió la taza y no bebió.
Valera trabajaba en un instituto de proyectos que hace mucho ya no es instituto, sino varias oficinas en un mismo edificio, y se ocupaba de lo que él llamaba «redes»: por dónde va cada tubería, adónde llevarla, qué hacer con ella si es vieja. Yo nunca se lo había preguntado y él nunca lo había contado, porque teníamos la conversación de las zapatillas.
«¿Y a usted le gustaba?», pregunté.
Se lo pensó tanto rato que me dio tiempo a aceptar un encargo y volver.
«No sé», dijo. «No me lo he planteado. Había que hacerlo y lo hacía».
«¿Y qué le resultaba interesante de aquello?»
«Nada». Valera se encogió de hombros. «Bueno, a veces sí. Cuando sacas un plano viejo, de los años sesenta, y allí está todo hecho a mano, y se ve que lo hizo una persona. Eso sí, eso da gusto».
Pregunté si había muchos planos así.
«Un archivo entero. No le hacen falta a nadie, ahora está todo en el ordenador». Por fin dio un sorbo. «Los tirarán cuando vendan el edificio».
Hablamos veinte minutos más. Contó que en los sesenta las redes se tendían de otra manera y que media ciudad sigue sobre aquellos esquemas, y que los proyectistas nuevos no lo saben y se sorprenden cada vez. Luego dijo que su mujer le había mandado no entrar en pánico, y que él no entra en pánico, que solo anda dándole vueltas.
Luego se terminó el té, dio las gracias y se fue.
No le apareció nada en el bolsillo.
Lo sé porque volvió una semana después, ya con las zapatillas de su hijo, y estaba completamente normal, y el texto era el de antes, y el precio que dijo fue el mismo. Le pregunté por el archivo. Dijo: ah, sí, algo hay, y se puso otra vez a hablar de las zapatillas.
Pasa así más veces que al revés. Hace mucho que me acostumbré y aun así compruebo cada vez si ha aparecido algo.
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