La semana salió buena.
Del hotel del paseo fluvial trajeron veintidós pares de zapatos de uniforme de golpe, pagados por adelantado. Encargos así nos entran unas tres veces al año, y cada vez Ígor se pasa dos tardes seguidas calculando en voz alta lo que sacaremos, y cada vez sale un poco más de lo que pensaba al principio. Esta vez salió que cubrimos el alquiler hasta febrero.
Calculó, luego volvió a calcular, luego dijo que había que haber cobrado más caro, luego dijo que no, que estaba todo bien.
El sábado se levantó antes que yo, hizo café, puso mi taza en el lado de la mesa donde me siento y me arregló la bota de la que hablé una vez en septiembre y de la que no volví a hablar. La bota estaba junto a la puerta, cosida de manera que no se ve la costura si no la buscas.
Sábados así los tenemos. Bastantes, si se cuentan con honradez.
Por la mañana me estuvo enseñando además cómo hay que afilar bien un cuchillo, uno normal de cocina, porque yo, en su opinión, los estropeo contra el plato. Escuché diez minutos, luego dije que los afilaría como me viniera bien, y se ofendió un cuarto de hora, y luego afiló los dos él.
Por la tarde fuimos al mercado a por patatas y por el camino discutimos si comprar un saco entero de una vez o hacer dos viajes con medio saco. Yo decía que el saco no se puede llevar, él decía que sí, y lo llevó, y después estuvo medio día mencionándolo. El saco está ahora en el balcón y tropiezo con él cada vez.
Por la noche cenamos pelmeni del paquete azul. Ígor dijo que en el azul la masa es más gruesa pero la carne más honrada y que hay que comprar el azul de todos modos, y yo dije que en el rojo hay cuatro más por el mismo dinero. Con eso se acabó nuestra conversación sobre la comida.
Luego vio el hockey, y yo estaba sentada al lado leyendo, y cada pocos minutos me contaba lo que yo ya había visto de reojo. Así transcurre más o menos un sábado de cada dos, y no consigo recordar cuándo empezó, y no recuerdo que lo acordáramos nunca.
Sobre las once se durmió en el sillón, y no lo desperté hasta media hora después, porque en el sillón duerme bien y luego en la cama da vueltas.
Mientras Ígor se ocupaba de los zapatos del hotel, yo me puse con el taller, porque a lo largo de la temporada acaba sin quedar sitio para pasar.
Ordené el estante de las hormas, tiré cuatro botes de pintura vacíos, fregué el alféizar, saqué tres bolsas y desplacé la estantería medio metro hacia la ventana, para poder llegar a la máquina por dos lados. Ígor dijo después que eso había que haberlo hecho hacía tiempo.
La caja del padre la metí debajo del banco hasta el fondo y encima puse las hormas que Ígor casi no usa y que aun así no deja tirar. Quedó ordenado y en su sitio, y para llegar ahora a la caja hay que quitar antes las hormas y apartar la estantería.
Ígor nunca cambia de sitio lo que yo he ordenado. Ordeno bien.
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