Por la tarde escribió Nina, la mujer de Pável.
Pável trabajaba de electricista en las cocheras del tranvía y detectaba una avería por el ruido antes de que hubiera tiempo de quitar la carcasa. También aquí, de pie junto al mostrador con su propio zapato, le dijo a Ígor que la máquina iba desigual, una semana antes de que se parara. Ígor se ofendió entonces y luego estuvo dos semanas contándole la historia a todo el mundo.
Yo le pregunté a Pável si oía así alguna cosa más aparte de las averías. Se fue, estuvo pensando dos días, luego se encontró un diapasón en el bolsillo y al final se marchó a aprender el oficio de las campanas. Desde entonces Nina me manda grabaciones, unas tres veces al año.
Esta vez mandó la grabación de un campanario de alguna ciudad cuyo nombre no entendí: minuto y medio, viento y campanas. Por el sonido, se había grabado desde el suelo y no muy cerca.
«Pável le manda las gracias».
Lo escuchamos durante la cena, dos veces.
Ígor dijo que en la segunda mitad algo temblaba. Le expliqué que no temblaba, que tenía que ser así, y que eso se llama zumbido. Ígor dijo que aun así se parecía a cómo zumba nuestra nevera cuando no la han cerrado, y discutimos un poco, y lo puso una tercera vez para enseñarme en qué punto se parecía.
«Así que no fue en vano», dije.
Ígor preguntó cuánto puede llegar a pesar una campana así. Yo no lo sabía. Se puso a mirarlo en el móvil, lo encontró, se asombró, me leyó tres cifras seguidas en voz alta y dijo que no entendía cómo se cuelga eso.
«¿Y las cuelga él?»
«No creo. Él las afina».
«¿Y cómo se afina eso?» Ígor dejó el móvil. «Si no es una cuerda. No puedes tensarla más».
Expliqué lo que había entendido de los mensajes de Nina: que se rebaja algo por dentro, se quita metal en determinados puntos, y con eso cambia el tono. Ígor escuchó y se quedó insatisfecho.
«O sea, que la estropean para que suene bien».
«No la estropean, la trabajan».
«Ya». Se lo pensó. «Como la vira».
De la vira me estuvo explicando después otros diez minutos, y en conjunto la explicación resultó convincente.
Le escribí a Nina: gracias, dígale también que lo hemos escuchado. Contestó al minuto: se lo diré sin falta.
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