En noviembre es el cumpleaños de la madre de Ígor, y por culpa de ese cumpleaños nos pasamos cada año una semana dando vueltas.
Vive en el barrio Kírovski, sola, en un piso donde nada ha cambiado desde que murió el padre. Se tarda cuarenta minutos con transbordo, e Ígor va una vez al mes y yo una vez cada dos, porque no es que ella y yo no nos queramos, es que no sabemos de qué hablar, y las dos lo entendemos y las dos lo intentamos.
«¿Qué le regalamos?», pregunté el miércoles.
«Dirá que no hace falta nada».
«Siempre lo dice».
«Y cada vez se ofende si no le llevas nada». Ígor estaba sentado en la cocina arreglándome el bolso, al que se le había soltado el asa, aunque yo no se lo había pedido. «¿Una manta?»
«Tiene tres mantas».
«Una cuarta no estorba».
Discutimos lo de la manta, luego un hervidor, luego coincidimos en que su hervidor es bueno y que no se puede ofender a un hervidor. Luego Ígor dijo que se la podía llevar a algún sitio, y yo pregunté adónde, y no se le ocurrió nada.
«Antes iba a la filarmónica», recordó de pronto. «Con el padre. Él le conseguía entradas, se arreglaban y todo».
«Nunca me lo habías contado».
«Es que no lo recordaba». Se lo pensó. «Yo tendría unos seis años. A mí me dejaban con la vecina».
Se lo pensó un poco más y añadió que el padre en la filarmónica se dormía igualmente, y que la madre lo sabía, y que iban de todas formas, porque a ella le gustaba salir por la ciudad.
Dije que las entradas eran buena idea. Ígor dijo que ahora sola no va, y que ir él con ella no puede, porque se dormiría como el padre.
Acabó en que le compramos un chal, caro, cálido, gris verdoso, y la madre dijo que no hacía falta nada, y se lo puso delante de nosotros, y luego se acercó tres veces más al espejo.
En la mesa habló de la vecina, cuya nieta se ha casado con un extranjero, y de que en el ambulatorio ahora va todo con volante y hay que sacarlo a las seis de la mañana. Ígor dijo que la llevaría él. Ella dijo que no hacía falta. Él dijo que la llevaría. Ella dijo que no hacía falta, pero ya con otra voz.
Luego se acordó de que tiene fotografías y trajo la caja.
Fotografías había muchas, y casi todas las había visto ya, pero una no: el padre de Ígor junto a un banco de trabajo, tomado de espaldas, en un taller, y no en el nuestro, sino en otro, más grande.
«¿Y esto dónde es?»
«Ah, eso es en algún sitio de su trabajo». La madre la miró y la apartó. «Allí estuvo poco tiempo».
Ígor cogió la foto, la miró y la dejó otra vez, y nos pusimos a tomar el té.
Cuando nos íbamos, salió con nosotros al rellano y me dijo a mí aparte, en la puerta, para que Ígor no lo oyera:
«Dale mejor de comer. Está delgado».
Ígor no está delgado. Es así de toda la vida.
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