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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 11. Las hormas

El jueves Ígor necesitó una horma del treinta y ocho, estrecha, y resultó estar justo en el montón que yo el sábado había colocado tan acertadamente encima de la caja del padre.

Quitó cuatro hormas, las dejó en el suelo, sacó la quinta y luego apartó la estantería para volver a meter la caja con el pie, y en lugar de eso se puso en cuclillas y se quedó así, porque la caja había salido y el envoltorio estaba encima.

«Oye», dijo. «No hago más que darle vueltas a ese bisel».

La víspera por la noche yo había estado escuchando campanas que suenan en una ciudad ajena, porque una vez le pregunté a un hombre si oía algo aparte de las averías. Estaba contenta conmigo misma y por eso, seguramente, lo resolví más rápido que de costumbre.

«Ígor». Me puse en cuclillas a su lado, cogí el envoltorio y lo dejé otra vez en el fondo de la caja, debajo de los botes. «Tienes veintidós pares para el viernes».

Miró la caja, luego sus manos, y vi cómo contaba los pares.

«Veintidós», reconoció.

«Y el domingo vamos a ver a ese viejo de las hormas. Llevas medio año diciéndolo».

Aquello funcionó al instante: Ígor se animó y se puso a contar que en casa del viejo había visto hormas de madera, de antes de la guerra, y que hoy ya no se hacen así, y que si las da a un precio razonable nos las llevamos todas. Del bisel no volvió a acordarse ni aquel día ni el viernes.

Se llevó la horma del treinta y ocho y a los diez minutos ya estaba martilleando, y por el ruido oí que se había metido en el trabajo y no pensaba en nada más.

Las hormas las recoloqué yo mientras él se lavaba las manos. Eran cuatro, y las puse en el mismo orden en que estaban, y volví a poner la estantería en su sitio, y comprobé que quedaba recta.

Luego me lavé las manos y fui a atender un encargo.

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