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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 12. El viejo

A ver al viejo fuimos el domingo, y todo resultó no ser como Ígor lo contaba.

No vivía en las afueras, sino en la zona de casas bajas al otro lado de la vía del tren, en una casa con tejado de uralita y con un perro que ni siquiera se levantó cuando llegamos. Las hormas estaban en el cobertizo, en dos cajones, e Ígor se puso en cuclillas sobre ellos y se quedó así unos cuarenta minutos, y yo estuve de pie mirando cómo se derretía en el patio la nieve de la víspera.

«De antes de la guerra no hay», dijo por fin, sin volverse.

«Pero si decías que las habías visto».

«Las vi. Entonces ya las habrá vendido». Se lo pensó y añadió sin ningún resentimiento: «O me confundí».

El viejo estaba al lado y callaba. Tendría unos ochenta años y se comportaba como si le diera igual que compráramos o no, y creo que de verdad le daba igual.

«Esas son de los setenta», dijo.

«Ya lo veo», dijo Ígor.

«Buenas».

«Buenas. Solo que de esas tengo tres pares yo».

Después estuvieron regateando veinte minutos, y a mí me daba vergüenza, porque Ígor regatea en silencio. Coge una horma, le da vueltas, la deja y suspira. Luego coge la siguiente. El viejo en ese rato se dijo el precio a sí mismo dos veces y las dos veces lo bajó, e Ígor no ofreció nada ni una sola vez.

«Doce piezas», dijo al final.

«Llévatelas», dijo el viejo.

Las dio a un precio por el que yo las habría cogido sin mirarlas y, me parece, se quedó contento, porque quería que las cosas fueran a parar a alguien que supiera darles vueltas.

Mientras Ígor llevaba los cajones al coche, el viejo me enseñó el cobertizo. Allí había un banco de trabajo, tapado con un hule, y sobre el hule no había nada.

«Veintidós años en el combinado», dijo. «Y luego quince más por mi cuenta. Ahora ya no puedo, las manos».

Enseñó las manos. Los dedos no se le estiraban del todo, y lo enseñó tranquilo, sin ninguna queja.

«¿Y su hijo?»

«Mi hijo está en Norilsk. Va por turnos». El viejo se lo pensó. «A él esto no le interesa, no se lo reprocho. Cada uno lo suyo».

De vuelta fuimos de noche. Ígor conducía y contaba que ocho hormas entrarían en uso enseguida y cuatro habría que retocarlas, y que retocarlas le daría tiempo para enero, y que en conjunto era una suerte.

«Oye», dijo en el puente. «¿Y por qué no quitó el banco?»

Dije que no lo sabía.

Estuvimos otros quince minutos en el coche y no dijo nada más, y en casa, ya subiendo los cajones al portal, dijo:

«Yo tampoco lo habría quitado».

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