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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 13. La recepción de la partida

De Velichko me habló Ígor el lunes, en el desayuno, y lo contó con gusto: viene el viernes, trae una partida de fundas de piel de los talleres de restauración, unas treinta, todas rotas por las esquinas, y adelanta la mitad del dinero. Las fundas son de trabajo, no de museo: dentro se llevan herramientas y aparatos, y se rompen todos los años. Los suyos tienen las manos ocupadas con el fondo y la reparación corriente la dan fuera.

«Treinta fundas», repetí.

«Treinta y una. Las he contado por el inventario». Ígor untaba el pan y estaba contento consigo mismo. «Si adelanta, para la temporada pongo motor nuevo. El nuestro ya echa humo en las revoluciones bajas, lo has oído».

Lo había oído: nuestra máquina zumba desde la primavera de tal manera que en el taller no distingues enseguida quién ha entrado, y a eso todo el mundo se acostumbró hace tiempo.

«¿Y quién es ese Velichko?»

«Restaurador. Piel, encuadernaciones, todo eso. Es el jefe de piel de allí».

Ígor acabó de masticar y añadió sin ningún énfasis, de pasada, como se añade lo que está decidido hace tiempo:

«Y de paso le enseño el cuchillo del padre. Él tiene que conocerlos».

«Enséñaselo», dije.

En toda la semana no pensé en ello. Es decir, sí pensé, pero como se piensa en un asunto que va a ocurrir el viernes: el miércoles apunté la partida del hotel, el jueves fui al banco y estuve allí cuarenta minutos, y el jueves por la noche buscamos el pasaporte de Ígor, que apareció en la caja de los resguardos, donde lo había metido yo.

El viernes salí al coche con la carpeta y el bolígrafo.

Velichko resultó ser mayor, pulcro, con gafas, y las fundas las llevaba en cajas de plástico, con papel entre medias: ocho en tres de ellas y siete en la cuarta. Extendí el inventario sobre el capó, conté en voz alta, anoté aparte tres fundas con las solapas arrancadas, cogí el dinero, conté la vuelta y extendí el resguardo, y él estuvo todo el rato al lado y, me parece, contento de tratar con alguien que sabe contar.

«¿Y si las entro yo?», preguntó cuando cogí la primera caja. «Pesan».

«Tenemos una estantería en el paso, con una caja no se pasa». Levanté la caja. «Y ahora Ígor está en la máquina, ahí no hay dónde girarse».

Las cajas eran cuatro y las entré yo, en cuatro viajes, y a la tercera Velichko se puso a ayudar de todos modos y la llevó hasta la escalinata, pero dentro no entró, porque en la escalinata le quité la caja de las manos y le di las gracias.

Se quedó un minuto más y habló del tiempo, y luego de que los talleres se mudan y de que eso va para largo, y de que la mitad del fondo ya se la han llevado y la otra mitad está en cajas y nadie sabe dónde está cada cosa.

«¿Y usted lleva mucho allí?»

«Voy por el año treinta y cuatro».

«¿Y siempre en piel?»

«Y siempre en piel». Velichko miró nuestra escalinata. «Aquí se está bien. Estrecho, pero bien».

Dije que estrecho sí.

Se marchó veinte minutos después de haber llegado.

«Qué rápida», dijo Ígor cuando dejé la última caja junto al banco. «Pensaba que se quedaba una hora».

«No lo he entretenido. El hombre tiene trabajo».

«Eso sí». Ígor ya estaba abriendo la primera caja y sacando una funda, y por la cara se le veía que el trabajo le gustaba. «Oye, pues qué bien lo haces. Yo me habría pasado medio día de charla y no habría hecho nada».

El motor lo pusimos dos semanas después.

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