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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 14. El motor

El motor lo pusieron el miércoles, y no vino el técnico que esperábamos, sino su compañero, e Ígor los primeros veinte minutos estuvo descontento con eso, y luego se tranquilizó, porque el compañero resultó competente.

Trabajaron los dos, o mejor dicho, trabajaba el compañero e Ígor estaba al lado alcanzándole cosas, y hablaban en un idioma del que yo entendía una palabra de cada tres.

Yo mientras tanto atendía encargos en el mostrador, y en el taller no se podía dar un paso: el motor viejo estaba en el suelo, las cajas de Velichko contra la pared, y entre medias pasaba gente con zapatos sorteándolo todo con cuidado.

«¿Están de obras?», preguntó una mujer con botines.

«Estamos de mejora», dije.

Para las cuatro estaba todo en su sitio. El compañero encendió la máquina, escuchó, ajustó algo, la encendió otra vez.

Y se hizo el silencio.

No un silencio completo, claro: la máquina hace ruido, y tiene que hacerlo. Pero desapareció aquel zumbido grave que llevaba doce años oyendo como fondo y había dejado de notar, y sin él el taller se hizo el doble de grande.

«Ay», dije.

«Ahí está», dijo Ígor.

Nos quedamos un rato. El compañero recogió la herramienta, cogió el dinero, explicó que la primera semana podía calentarse, y se marchó.

Ígor se sentó al banco y cosió un contrafuerte porque sí, para escuchar.

«¿Lo oyes?», preguntó sin volverse.

«Lo oigo».

«Estoy pensando en todo lo que no he oído por su culpa en estos años».

Por la noche nos quedamos en el taller más de lo normal, porque no nos apetecía irnos. Yo acabé de fregar las tazas, él barrió, y luego simplemente estuvimos sentados, él en su taburete, yo en la silla junto a la ventana, escuchando cómo hablaban en el patio.

Se oía cada palabra. Dos hombres discutían qué hacer con un sofá viejo.

«Doce años», dijo Ígor.

«¿Qué doce años?»

«Doce años oyéndose aquí todo esto y nosotros sin oírlo».

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