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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 15. Los bancos

Esto fue todavía en aquellas semanas en que esperábamos el motor nuevo. Tamara trajo los zapatos por tercera vez en el año, y eso no se notaba en los zapatos, sino en mí: reconocí el par antes de mirar el registro.

«Otra vez por el borde de fuera», dije.

«Otra vez».

Se sentó en la silla junto al mostrador y enseguida apartó una pierna hacia un lado, como si sentada siguiera de pie. Los tacones los llevaba desgastados igual en los dos zapatos, cosa que les pasa a quienes andan rápido y mucho, y la suela por delante estaba desgastada casi hasta la transparencia, y eso ya es de ir con prisa.

«Anda usted mucho».

«Dos trabajos y mi madre», dijo Tamara. «Por la mañana en la Sadóvaya, por la tarde en la Pionérskaya, y en medio mi madre en la del Ocho de Marzo. A pie es más rápido que esperar».

Apunté en el resguardo un refuerzo de suela y tapas nuevas y pregunté si no le sería más fácil ir en transporte.

«Más fácil si te sientas».

Se lo pensó y añadió, y se notaba que hacía mucho que no tenía con quién hablar de ello:

«Yo, mire, me sé toda la ciudad de memoria por los bancos. Dónde puedes sentarte cinco minutos y dónde no. Dónde puedes en verano y en invierno no, porque ahí sopla siempre el viento del río. Tengo un plano entero en la cabeza».

Hablamos un poco más. Contó que su madre está después de un ictus y lo entiende todo pero habla mal, y que lo más difícil no es eso, sino que a su madre le da vergüenza.

«¿Vergüenza de qué?»

«De mí». Tamara lo dijo con voz lisa. «Fue cuarenta años enfermera jefa. Y ahora yo le sujeto la cuchara».

Luego habló de la Sadóvaya, donde la jefa es joven y buena, y de la Pionérskaya, donde la jefa es joven y mala, y de cómo se distingue: la buena pregunta a qué hora te vas, la mala pregunta por qué no te has ido todavía.

«¿Y cuándo libra usted?»

«El domingo. Medio día».

«¿Y el otro medio?»

«Y el otro medio, mi madre».

Lo dijo sin ningún énfasis, simplemente contestando a la pregunta, y a mí no se me ocurrió qué decir, y por eso le pregunté si no pasaba frío con esos zapatos en noviembre. Dijo que frío sí, pero que para los de invierno el tiempo todavía no estaba.

«¿Y no los ha contado?», pregunté.

Me miró como se mira a quien ha hecho una pregunta indecente.

«¿A quiénes?»

«Los bancos. Cuántos hay en su recorrido».

Tamara estuvo callada tres segundos, y en ese tiempo le dio tiempo a empezar a contar y a perder la cuenta.

«No sé», dijo por fin. «Muchos. Unos cuarenta. O más».

Luego se fue, y no volví a pensar en ella hasta que regresó.

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