Vino dos semanas después, a por los zapatos y sin más, y traía en las manos una carpeta de cartón.
«Dígame usted, ¿me he vuelto loca?»
Tamara puso la carpeta en el mostrador y la abrió. Dentro había un plano de la ciudad, pegado con cuatro hojas, todo lleno de puntos a lápiz, y al plano iba prendido un papel con una lista de calles.
«Los estoy contando. Ciento nueve ya. De esos, sentarse se puede en sesenta y dos; los demás o están rotos, o están junto a los contenedores, o hay alguien durmiendo encima».
En la carpeta había además un curvímetro, pequeño, con ruedecita y esfera, de los que sirven para medir distancias sobre un plano. Latón, gastado por igual, sin el menor desgaste para un dedo. Completamente de nadie.
«Me apareció en el bolsillo de la bata», dijo Tamara. «Al principio pensé que se lo había dejado alguna de las nuestras».
Extendió el plano como es debido, sujetó los bordes con el libro de resguardos y se puso a señalar: aquí hay tres seguidos, y los tres bajo tilos, y en verano bajo los tilos no se puede, por el pulgón; aquí hay uno, pero detrás está la parada, y ahí se sientan siempre los que esperan; y aquí, junto al puente, se puede uno sentar, pero no se sienta nadie, y todavía no ha entendido por qué.
«¿Y por qué es importante?», pregunté. No con duda; de verdad me interesaba.
«Porque los ponen donde no toca». Tamara señaló con el lápiz. «Aquí hay una cuesta, unos trescientos metros, y en ella ni uno. Y arriba dos, juntos. Arriba ya no hace falta, arriba ya has llegado».
Explicó que una persona del corazón necesita sentarse a mitad de la cuesta y no al final, y que eso lo sabe cualquiera que ande y no lo sabe ninguno de los que ponen bancos.
«He escrito a servicios sociales».
«¿Y qué?»
«De momento nada. El lunes voy además a la junta de distrito».
Tenía peor aspecto que la vez anterior. Bajo los ojos tenía ese gris que no se quita en un fin de semana, y hablaba más rápido de lo normal.
«Trabajo de noche», dijo con orgullo. «De día no me da tiempo. Me acuesto a las dos, me levanto a las seis, pero en dos semanas me he recorrido todo el centro».
Le dije que era un trabajo estupendo y que nadie lo había hecho antes que ella. Era verdad, y se alegró.
Que tenía que dormir no se lo dije.
Sencillamente no se me ocurrió entonces: por primera vez en muchos años una persona tenía algo suyo, y estropear eso con un comentario sobre el sueño no entraba en mis planes.
Tamara dobló el plano en cuatro por los pliegues antiguos, lo guardó en la carpeta, ató las cintas y solo entonces cogió los zapatos.
«Le aviso cuando lleguen a ciento cincuenta», prometió.
Se fue animada. Hasta su casa tenía cuarenta minutos a pie, y los hizo andando, lo supe después, porque aquella tarde no cogió el autobús: ahorraba para el plano que quería imprimir en color.
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