Ottisknovelas originales
BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 22. La semana

No escondí la copia enseguida. En aquel momento no decidí nada: llegó un cliente, cogí dos pares, extendí los resguardos, y la hoja la doblé en cuatro, como estaba doblada, y la metí en el bolsillo de la bata para que no estorbara.

Por la tarde se mudó al bolso, y me dije que se la daría cuando terminara con las fundas, porque ahora está metido de lleno en ellas y de todos modos no oiría nada.

El miércoles vino aquella mujer por las botas claras, y estuve una hora explicándole por qué no teñimos, y aun así se fue ofendida, e Ígor dijo que había que haberlas cogido y haberlas teñido, y nos peleamos un poco, porque teñir no sabemos y él lo sabe.

El jueves me llevé el bolso a casa y toda la tarde supe dónde estaba la copia: en el bolsillo lateral, con cremallera, junto a los tíquets de la ferretería. Ígor hablaba del corte en la funda y de que había encontrado otro igual, y yo lo escuchaba pensando que ahora, ahora mismo, voy a decir: oye, aquí vino un hombre.

Luego preguntó si tomábamos té. Dije que yo sí. Puso el hervidor, y el minuto pasó.

El viernes llamó Tamara y preguntó si sabía a quién hay que dirigirse para que pongan bancos, porque en dos puntos de su recorrido hacen falta bancos y no los hay. No lo sabía. Dijo que lo averiguaría ella, y tenía una voz animada y muy cansada a la vez, y después de aquella conversación me quedé unos diez minutos sentada sin hacer nada.

El sábado llevamos a la madre de Ígor al ambulatorio, porque le habían dado el volante para las nueve de la mañana y a esas horas no va sola. Estuvimos allí hasta las doce, luego la llevamos a casa, luego tomamos té con ella, y contó por tercera vez cómo en el sesenta y ocho le hicieron un abrigo a medida. El bolso lo tuve todo ese tiempo colgado del hombro.

Una vez en aquella semana tuve la copia en la mano estando él delante. Fue el domingo por la mañana: yo vaciaba el bolso en la mesa de la cocina, iba sacando tíquets, la lista de la farmacia, dos resguardos, y la hoja estaba encima, desplegada, e Ígor estaba de espaldas a mí en la cocina friendo huevos. Tenía que haberse dado la vuelta. No se dio la vuelta, porque los huevos se le quemaban, y me dio tiempo a poner la hoja con el texto hacia abajo.

Después me lo expliqué todo como es debido, y la explicación salió buena.

El padre murió hace ocho años. Ígor entonces estuvo medio año sin poder entrar solo en el taller y entraba únicamente conmigo, y eso lo recuerdo mejor de lo que quisiera. Ponerse ahora a desentrañar por qué Iliá Nikoláievich no fue a algún sitio en un año cualquiera de los setenta significa abrirlo todo otra vez y no arreglar nada con ello. Tenemos veintidós pares entregados, treinta y una fundas en curso, el motor a deber y la boda el día ocho.

Y lo principal: Ígor no preguntaba. Quien lo necesita, pregunta.

Todo aquello era verdad. Cada palabra por separado era la pura verdad.

El lunes llegué antes que él, abrí la caja, saqué la bandeja de la calderilla y puse la copia en el fondo, donde están los talonarios viejos de resguardos y la llave de repuesto de la puerta trasera.

La bandeja quedó recta. El papel estaba doblado en cuatro y no estorbaba nada.

Abrir en el lector