Después vino lo bueno, y hay que describirlo con honradez, porque si no no se entiende para qué todo esto.
Del padre Ígor no volvió a hablar. En absoluto. Antes volvía a ello unas tres veces al mes, normalmente por la tarde y normalmente por algún borde: unas veces se acordaba de que el padre no lo dejaba tocar la máquina, otras contaba de algún cliente que ya iba donde el padre, otras simplemente decía «el padre esto lo habría hecho de otra manera» y se callaba media hora.
Después de aquel martes se acabó.
Al principio pensé que eran imaginaciones mías. Conté las semanas: una, dos. A la tercera me sorprendí esperando, y dejé de contar.
En diciembre cogió un aprendiz.
Fue inesperado, y hasta me costó creerlo, porque las conversaciones sobre un aprendiz venían de hacía unos cuatro años y siempre chocaban con lo mismo: Ígor decía que no hay tiempo para enseñar, que al aprendiz hay que pagarle igual, y que es más fácil hacerlo uno mismo. Y entonces vino un chaval, Slava, dieciocho años, de la casa de al lado, que no sabía hacer nada y era muy educado, e Ígor lo miró unos cinco minutos y dijo: bueno, ven a partir del lunes.
«Si decías que no había tiempo».
«Pues ahora lo hay».
Le enseñaba igual que hace todo lo demás: en silencio y mostrando. Slava las dos primeras semanas solo limpiaba y desmontaba, luego le dieron las tapas, luego le dieron la costura. Para febrero ya lo hacía bastante bien, y para marzo Ígor dejó de rehacer detrás de él.
Y a hablar Ígor empezó a hablar más. No conmigo, con Slava, pero la casa se hizo más ruidosa por eso: llegaba y me repetía lo que Slava no había entendido, y se enfadaba, y me explicaba a mí lo que le había explicado a él, y yo escuchaba y no entendía la mitad, y eso estaba muy bien.
Además empezó a hablar del futuro.
Antes nuestro futuro terminaba al final de la temporada. Ahora de pronto se puso a razonar que si Slava se queda, se puede comprar una segunda máquina, y que si se compra una segunda máquina, se pueden coger partidas más grandes, y que el hotel no es el único de la ciudad, y que él lleva mucho tiempo pensando en los balnearios.
«¿Llevas mucho pensando en los balnearios?»
«Toda la vida». Ígor lo dijo completamente en serio. «Solo que no había manos».
En febrero fuimos tres días al mar, en invierno, en temporada baja, porque salía barato. El mar estaba gris y vacío, hacía frío para pasear, íbamos por el paseo marítimo con cazadora y bebíamos vino caliente en vasos de plástico, e Ígor durmió todo el viaje de vuelta en el tren con la cabeza sobre mi hombro, y yo estuve cuatro horas sin moverme y no me arrepentí ni un segundo.
Todo esto lo compró un breve «no».
El martes no pensé en ello. En diciembre lo noté. En febrero ya lo sabía.
Y aun así ni una sola vez se me pasó por la cabeza que se hubiera podido hacer de otra manera.
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