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BOLSILLOS VACÍOS

Capítulo 26. La pregunta

Ígor salió secándose las manos y vio a Safónov.

«Ah. Buenas tardes».

«Buenas tardes, Ígor Ilich».

Se dieron la mano. Ígor me miró, luego lo miró a él otra vez, y vi que intentaba calcular cuánto llevaba allí.

«¿Lleva mucho esperando? Haberlo dicho». Se volvió hacia mí: «¿Por qué no me has llamado?»

Dije que estaba trabajando.

«No lo esperaba a usted», dijo Safónov. «Estoy aquí por un asunto mío».

Y entonces Ígor hizo lo que yo no esperaba y no habría podido prever, porque lo hizo con sencillez y sin ninguna preparación, como hace todo.

«Si usted preguntó en otoño si quedaba algo del padre». Se fue detrás del tabique. «Queda. Se lo enseño, a lo mejor usted lo conoce».

Quitó cuatro hormas, apartó la estantería, sacó el cajón y cogió el envoltorio. Todo eso le llevó menos de un minuto, porque lo hacía en su propio taller, donde todo está donde está.

Lo desenvolvió en el banco.

Safónov se acercó, se inclinó y lo miró sin tocarlo. Lo miró largo rato.

«Esto es una chifla», dijo por fin. «Se rebaja la piel. Se mata el canto para que entre en el doblez».

«Si es lo que yo digo, que no es nuestro».

«No es suyo». Safónov se irguió. «Este es de los talleres. Allí los daban contra firma, y llevaban un número, aquí, junto a la espiga, solo que en este se ha borrado o está pintado encima».

Miró la mancha clara junto a la espiga y no dijo nada de ella.

Ígor estaba de pie esperando, y se le veía contento: la cosa por fin tenía nombre.

Y entonces Safónov hizo la pregunta.

No me la hizo a mí y la hizo con toda naturalidad, mirando el cuchillo, como se pregunta por un asunto que hace tiempo que no cuadra.

«¿Para qué le dejó su padre un cuchillo de encuadernador, si él no encuadernó ni un solo libro?»

Yo estaba junto al mostrador, a unos tres metros, agarrada al borde.

Ígor no contestó enseguida. Cogió el cuchillo, le dio vueltas y lo dejó otra vez sobre la tela.

«No lo sé», dijo. «No lo he pensado».

«Yo tampoco lo sé», dijo Safónov. «Por eso ando dando vueltas».

Le contó a Ígor lo mismo que me había contado a mí: lo del traslado, lo de la conformidad, lo de que una persona firmó y no se presentó. Contaba con voz lisa y en pocas palabras, y cuando llegó al papel, dijo:

«Le dejé una copia en otoño».

Ígor me miró.

No miró enseguida ni de golpe. Primero se lo pensó, luego giró la cabeza y miró, y su cara no era de enfado, sino la que pone cuando no entiende un mecanismo.

«No la dejó», dije.

Salió solo. Ni siquiera lo decidí.

Safónov me miró. Luego a Ígor.

Fuera, en el patio, alguien cerró un maletero de golpe.

«Pasa», dijo por fin. «Haré otra copia».

Se abrochó, se puso el gorro con las dos manos y se despidió, e Ígor lo acompañó hasta la puerta, y allí hablaron todavía de algo, y yo estaba de pie mirando el cuchillo, que seguía sobre la tela en el banco.

Luego Ígor volvió, envolvió el cuchillo y lo guardó en el cajón.

«¿Qué te pasa?», preguntó.

«Nada».

«Estás blanca».

«Cansada».

Se lo creyó. Siempre se lo cree.

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