Cuatro días estuvo Ígor dando vueltas y pensando.
Se le notaba en el trabajo. Hacía lo mismo de siempre y lo hacía bien, pero entre operación y operación se detenía y se quedaba de pie con una horma en la mano, y Slava le preguntó dos veces si iba todo bien, y las dos veces recibió un «ajá».
Al segundo día dijo por la tarde:
«Estoy pensando si mi madre lo sabrá».
Dije que no lo sabía.
«Lo habría dicho». Se lo pensó. «Aunque de su trabajo no habla nunca. Ni siquiera sé qué sabe».
Al tercer día preguntó si me acordaba de dónde estaba la caja del padre antes de que cambiáramos la estantería. Dije que ahí mismo, solo que más cerca del paso.
«A mí me parecía que más lejos».
Al cuarto día, sábado, dijo en el desayuno:
«Igual me acerco a ese archivo».
Yo tenía la taza en la mano y la sostuve firme.
«¿Está lejos?»
«Qué va, al otro lado del puente. Dijo que allí hay una mujer que lo enseña».
Pregunté qué esperaba encontrar allí.
«No lo sé». Ígor untaba el pan y estaba completamente tranquilo. «Seguramente nada. Solo quiero ver qué firmó».
Terminó, se levantó, fregó su plato y se fue a vestirse, y comprendí que pensaba ir aquel mismo día.
Luego llamaron del hotel. Pedían recoger la partida antes, porque tenían una inspección, y había que ir ya, los dos, porque veintidós pares no se los lleva uno solo.
Estuvimos de acá para allá hasta la noche. Por la noche Ígor estaba cansado y se acostó pronto.
El domingo fue el día de la madre, el lunes Slava echó a perder la costura de tres pares e Ígor tuvo que rehacerla, el martes trajeron una herrajería que no era la que habíamos pedido.
Del archivo no volvió a hablar.
No es que yo no pensara en ello a propósito. Simplemente me di cuenta de que no pensaba.
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