El miércoles recogí la ropa para lavar.
En la cazadora de Ígor había lo de siempre: un tornillo, dos tíquets y una moneda de diez rublos, oscurecida por un lado. La misma; la reconozco, lleva unos tres años rodando por los bolsillos y no hay manera de gastarla.
Y además estaba esto.
Una bobina plana de madera, oscura, del tamaño de media palma, y con hilo. El hilo estaba enrollado entero, del todo, en vueltas parejas, y no se había desenrollado ni una vez: el cabo estaba remetido bajo las vueltas como viene de fábrica.
La saqué y la puse en el alféizar, junto a la moneda y los tíquets.
Luego la volví a coger.
La madera estaba lisa, sin una sola astilla y sin desgaste: los discos limpios, el eje sin holgura, en los cantos ni una sola marca de dedos. El hilo no estaba descolorido en ninguna parte, y el hilo que lleva tiempo guardado siempre se descolora por un lado. Ni marca, ni número, ni rastro de pintura.
Completamente de nadie.
Estuve con ella junto a la lavadora unos tres minutos.
Qué significa, no lo entendí. Sigo sin saberlo. Con esas se cose piel a mano, y con esas mismas se cose papel, y en los talleres de Velichko seguro que también hacen algo con ellas, y son tres vidas distintas, y ninguna de ellas estaba escrita en la bobina.
Ígor veía la televisión en la habitación, alto, como siempre. Yo oía cada palabra desde la cocina, y él a mí no me oía en absoluto.
Seguramente ni se habría dado cuenta. La mitad de lo que lleva en los bolsillos no lo nota. Ese tornillo está ahí desde el invierno.
Cerré la lavadora, puse el centrifugado y me fui a la cocina.
Por la mañana llegué la primera al taller, como siempre, porque abro yo.
Me quité la gabardina. Colgué la bata. Encendí la luz de la parte de delante, pero no la del taller, porque la luz del taller la enciende Ígor. Abrí la caja con la llave, saqué la bandeja de la calderilla y puse la bobina en el fondo.
Allí ya estaba el papel, doblado en cuatro.
Lo corrí hacia un lado para que la bobina quedara recta, y bajé la bandeja a su sitio. La bandeja quedó como debía, sin torcerse, y cuando cerré la caja no sonó nada.
Luego llegó Ígor, encendió la luz del taller, y empezó el día.
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