Safónov no trajo ninguna copia nueva.
Dijo: «Pasa. Haré otra copia». Me lo quedé literalmente, porque estuve todo abril esperando que viniera.
En abril no vino. En mayo me sorprendí mirando hacia la puerta cuando la abrían, y mirando no a la persona, sino a si traía un papel en las manos. En junio dejé de hacerlo.
En julio pensé una vez que a lo mejor se había puesto enfermo, y luego pensé que es mayor y que a los mayores les pasa de todo, y ahí me quedé, porque más allá no había hacia dónde pensar.
Y solo en septiembre entendí qué era exactamente lo que estaba esperando.
Esperaba que viniera y lo hiciera por mí.
Que viniera, pusiera el papel en el mostrador delante de Ígor, dijera con su voz lisa que ya lo había prometido, y todo ocurriera solo, y yo estuviera al lado sin ser culpable de nada, porque yo no lo escondí, lo trajo él.
La comprensión no llegó como un golpe. Llegó como una cuenta: estás sentada, cuadras la recaudación, y de pronto ves dónde sale.
Aquella tarde no hice nada.
Y al día siguiente tampoco hice nada, ni a la semana. Ya no me quedaban vacilaciones: sabía que debía, y eso no me impedía cerrar la caja, atender encargos y preguntarle a Slava si había comido.
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