Tamara vino a principios de octubre, y no la reconocí enseguida.
Había engordado, y le sentaba bien, y ya no tenía el gris bajo los ojos. Los zapatos que trajo eran nuevos, de invierno, y había que ensancharlos en el empeine, y de arreglo no tenían nada.
«Le prometí avisarla cuando llegaran a ciento cincuenta», dijo desde la puerta.
«¿Y qué?»
«Pues que no van a llegar. Lo dejé en ciento cuarenta y tres».
Se sentó en la misma silla y se puso a contar, y estuvo contando unos veinte minutos.
De contar lo dejó en mayo, porque pasado el centro venían barrios donde o no hay bancos ninguno o hay tres delante de cada portal, y en eso ya no había sentido. El plano lo terminó, lo imprimió en color pagándolo ella, lo llevó a la junta de distrito y luego fue por allí cuatro veces más.
«Han puesto uno», dijo Tamara.
«¿Uno?»
«Uno. En la calle Volodarski, en la cuesta. Ahí donde yo decía, en la mitad».
Lo dijo tranquila, sin resentimiento y sin triunfo, y no entendí si para ella eso era mucho o poco.
«¿Y los demás?»
«Y de los demás dijeron que están en el plan del año que viene. Eso quiere decir nunca, pero por si acaso me acercaré en primavera».
Trabajos sigue teniendo dos, y su madre sigue en la del Ocho de Marzo, y sigue yendo a pie. Ha cambiado una cosa: ha empezado a dormir.
«En febrero entendí que no podía», dijo, como si fuera lo más corriente. «Y no es que no pudiera con el plano, es que no podía en general. Y dejé las noches. Contaba los domingos, medio día».
«¿Y su madre?»
«Y mi madre también los domingos». Tamara se encogió de hombros. «Pues así nos lo repartimos».
Al salir dijo que en la calle Volodarski ahora se sienta por las mañanas una mujer con bolsas, siempre la misma, y que ella, Tamara, ya ha pasado por allí dos veces y la ha visto.
«Yo, mire, no sé si está ahí sentada por mí o si se habría sentado igual».
Lo dijo y se echó a reír, y yo también.
Los zapatos los ensanchamos para el jueves.
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