La primera colada fue el viernes.
Recogí la ropa, cogí su cazadora del gancho y la llevé hacia la lavadora, y en la puerta de la cocina me encontré con Ígor.
«Trae».
Cogió la cazadora, la puso en la mesa, le dio la vuelta a un bolsillo, luego al otro, y dejó en el alféizar un tornillo, una moneda y dos tíquets. Los colocó rectos, en fila, como los coloco yo. Luego me devolvió la cazadora.
«Ya está», dijo. «Vacía».
La cogí y la metí en la lavadora.
Aquello duró unos veinte segundos y no fue acompañado de nada: no me miró, no lo subrayó, no dijo nada más. Luego se fue a la habitación y encendió la televisión.
El martes fue lo mismo, y el viernes también.
A la tercera semana probé una vez a coger la cazadora antes de que saliera del baño, y llegué a tiempo, y saqué del bolsillo un tornillo y un tíquet, y los dejé en el alféizar, y estaba con la cazadora en las manos cuando salió.
Miró el alféizar, miró la cazadora y no dijo nada.
No volví a hacerlo.
Sobre esa colada no hemos cruzado ni una sola palabra, ni una sola vez, ni entonces ni después, y no sé cuánto tiempo más va a durar. Hasta enero duró.
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