En enero, una semana antes de que empezara, sacó él mismo el envoltorio del cajón y lo desenvolvió en la mesa de la cocina, junto a los dos papeles, que seguían en el armario entre los cuadernos.
«Mira», dijo. «El número coincide».
El número del albarán y el número marcado junto a la espiga bajo la pintura coincidían. Lo había encontrado él solo, raspando la pintura con una aguja, y por lo visto no se había dedicado a eso una sola tarde.
Estábamos sentados a la mesa, y entre nosotros había un cuchillo, dos papeles y una bobina.
Él en todas aquellas semanas no había gritado ni una vez y casi no había preguntado nada, salvo aquella noche de domingo, y a mí me había dado tiempo a decidir que ya no preguntaría nunca. Resultó que simplemente estaba raspando pintura.
Entonces pregunté yo.
«¿Para qué te dejó tu padre un cuchillo de encuadernador, si él no encuadernó ni un solo libro?»
Ígor no contestó enseguida.
Yo estaba sentada con las manos sobre la mesa y ni una sola vez pensé en qué quería oír. Aquello resultó no ser una hazaña, sino simplemente trabajo: no pensar en lo que llevo toda la vida acostumbrada a pensar. Se parece a no tocarse con la lengua una muela mala.
«No lo sé», dijo. «De eso no me dijo nada. En general hablaba poco del trabajo».
Le dio vueltas al cuchillo.
«A lo mejor quería que yo tuviera elección». Ígor se lo pensó un poco más. «Y a lo mejor simplemente no fue capaz de tirarlo. Yo tampoco habría sido capaz».
Y eso fue todo.
Luego envolvió el cuchillo en la misma tela y dijo:
«Que se quede aquí. Es suyo».
Y la bobina se la guardó en el bolsillo.
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