Las primeras horas de la prueba transcurrieron sin incidentes. Los grupos de alumnos permanecían cerca del camino, cazaban bestias débiles y discutían sobre los puntos obtenidos. Yo me dirigí a los pantanos, donde el aire era demasiado venenoso para la mayoría de las bestias.
Styx soportó los miasmas. Los soldados no.
Las primeras nidadas caían al agua nada más entrar en la niebla verde. Styx reunía a los supervivientes cerca de los manantiales termales. Tras alimentarse varias veces, parte de la descendencia desarrolló sacos hinchados de ácido. Los nuevos individuos volaban más despacio, pero explotaban al chocar y perforaban los caparazones de las bestias del pantano.
El sistema daba nombre a la variedad y ofrecía cifras. Yo me fijaba en el ciclo: cuánta carne de cada cadáver necesitaba una puesta, cuánto tardaban las alas en cobrar fuerza y cuántos individuos morían antes de que el siguiente grupo adquiriese resistencia al veneno.
Al caer la tarde, el enjambre había dejado de ser una nube alrededor de Styx. Vivía en nidadas. Las cercanas oían mis órdenes; las lejanas repetían los movimientos de los capitanes y reaccionaban con varios segundos de retraso.
El segundo día, las bestias empezaron a huir del norte. Primero las pequeñas y después los depredadores que solían cazarlas. La tierra tembló. Un campo entero se convirtió en una avalancha de pelo, cuernos y caparazones.
Para el enjambre hambriento aquello era alimento, y Styx se lanzó hacia él antes que yo.
Dirigí las nidadas hacia el borde de la corriente. Los individuos explosivos derribaban a las primeras bestias, cuyos cadáveres estorbaban a las siguientes; los soldados bebían la sangre y la llevaban hasta las puestas. La población crecía más deprisa de lo que yo lograba distinguir los grupos.
El enjambre siguió alimentándose durante horas. Avanzaba junto a la avalancha como un río oscuro al lado de otro río. Cada vez que caía una bestia, parte de los soldados permanecía en el cadáver y el resto seguía adelante. Empezaron a surgir capitanes sin una orden específica: los individuos más viejos mantenían una formación estable a su alrededor y se la transmitían a los jóvenes.
Comprobé una nidada lejana y descubrí un retraso. La orden de detenerse no le llegó hasta que los soldados ya habían rematado a otras dos bestias. En campo abierto daba igual. Cerca de personas, aquel retraso podía convertir la protección en una matanza.
Styx percibió mi preocupación. Como respuesta, me mostró varios círculos separados en lugar de una sola nube enorme.
Reorganizamos el enjambre sobre la marcha. Cada capitán recibía una tarea sencilla y solo regresaba a por otra después de cumplirla. Perdí algo de velocidad, pero las nidadas dejaron de cambiar de objetivo por un impulso accidental.
Pero la avalancha no había surgido sola.
Los alumnos que acompañaban a Leon salieron corriendo del bosque. Sus bestias defensivas estaban heridas y varias personas cargaban con compañeros sobre los hombros.
El propio Leon ya se retiraba hacia una cresta rocosa a lomos del Dragón del Vacío. Los demás no podían sobrevolar la corriente.
Lily me vio y gritó que retrocediéramos hacia la guarnición. Unos leopardos de sombra seguían a su grupo. No corrían a ciegas, sino que escogían a quienes se rezagaban.
El grueso del enjambre estaba más adelante, alimentándose. Para salvar a los alumnos, debía apartar las nidadas de las presas y enviarlas de vuelta a través de la corriente. La orden no llegaría enseguida.
Styx percibió mi decisión.
Ella misma hizo girar a los capitanes más cercanos hacia Lily.
Quinientos soldados cubrieron al primer leopardo. El segundo saltó sobre un alumno y desapareció bajo una nube roja en pleno vuelo. Los individuos explosivos abrasaron el suelo ante el tercero y lo obligaron a desviarse.
Condujimos al grupo hasta un peñasco. Lily hacía recuento mientras yo contenía a las bestias abajo.
«Leon se ha ido», dijo uno de los alumnos.
Lily miró hacia la cresta. No respondió.
Un alumno quiso salir corriendo tras él para exigir ayuda. Lily lo agarró por el cinturón.
«Ya ha escogido la distancia a la que está a salvo».
«¡Es el heredero de la familia Li!»
«Por eso se ha marchado el primero».
La réplica sonó dura, pero le tembló la voz. Antes de la prueba, Lily había defendido a Leon en todas las discusiones. Ahora seguía mirando la cresta vacía, como si esperase que el dragón diera media vuelta.
No lo hizo.
El enjambre seguía creciendo sobre los cadáveres. El cielo alrededor de la roca se oscureció. Los alumnos miraban hacia arriba y comprendían poco a poco que cada punto luminoso en movimiento me pertenecía.
La guarnición de Cole llegó al anochecer. Los sensores mostraban decenas de miles de señales biológicas y el operador de radio pensó que el aparato estaba averiado.
Cole vio los capitanes, los grupos de alimentación separados y la cadena de puestas junto a los manantiales termales.
«Esto no es una sola bestia», dijo.
«Es una sola especie».
«No. Esto ya es un ejército».
Entonces cayó un árbol en la ladera norte.
La cabeza de un lagarto titánico de lomo atronador se alzó sobre el bosque. Las púas azules de su espalda destellaban antes de cada inspiración. Las bestias no huían del enjambre.
Huían de él.
La guarnición empezó a retroceder hacia la muralla. Cole ordenó a los alumnos que se retirasen con los soldados.
Yo me quedé.
El cadáver de una bestia de rango lord valía lo suficiente para saldar la deuda, comprar una casa y no volver jamás a los barrios bajos. Así me expliqué por qué me había quedado.
Styx miraba al lagarto. Lo que me llegó a través del vínculo no fue hambre.
Fue un desafío.
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