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REX WANG Y STYX

Capítulo 6. Emperatriz de la Tormenta del Vacío

Las púas del lomo del lagarto destellaron.

Me dio tiempo a dispersar las nidadas de vanguardia, pero el rayo no alcanzó un único objetivo. Los arcos azules saltaron de mosquito en mosquito y, en un segundo, calcinaron una amplia franja del enjambre.

El dolor llegó de golpe.

No fueron punzadas aisladas, como con el rinoceronte. Miles de últimos impulsos se superpusieron: calor, caída, pérdida de las alas, vacío. Hasta entonces, para mí los soldados no habían sido más que una cantidad que podía reponer con carne.

Tras la descarga, aquella cantidad gritó.

Caí sobre una rodilla. Empezó a sangrarme la nariz.

Cole ordenó la retirada por megafonía y Lily me llamaba desde el camino. Oía las palabras, pero no podía responder.

El lagarto preparaba una segunda descarga.

Styx descendió frente a mi cara. Una de sus alas tenía una franja negra. Podía adoptar su estado espectral y salvarse sola.

En lugar de eso, me envió una imagen: puntos dispersos alrededor de un cuerpo enorme. No un solo ejército, sino multitud de objetivos.

Los puntos aislados formaron un patrón.

Las nidadas se desplegaron en tres niveles. Los ácaros explosivos se mantuvieron a ras de suelo, los soldados avanzaron por arriba y por los flancos, y los capitanes cambiaban de dirección de manera independiente. La segunda descarga destruyó a varios cientos más, pero no logró atravesar todo el enjambre.

El lagarto golpeaba con la cola, levantaba piedras y se cubría los ojos con placas transparentes. Los ejemplares explosivos le abrasaban las escamas, pero las heridas seguían siendo superficiales. No podíamos matarlo desde fuera.

La tercera descarga alcanzó al capitán situado junto a la pata derecha. Con su muerte no solo recibí el dolor, sino también su último recorrido: el olor de la piedra caliente, la sombra bajo el vientre y el punto donde el rayo se internaba en el cuerpo.

Transmití la imagen a Styx.

Styx cortó la conexión con tal brusquedad que no necesitó palabras para negarse.

El camino bajo el vientre estaba demasiado expuesto. El lagarto la destruiría antes de que pudiera atacar.

Cambiamos de táctica. Los ácaros explosivos se dirigieron hacia las púas y obligaron a la bestia a gastar la descarga antes de tiempo. Los soldados no intentaban causarle daño; se posaban en las placas, alzaban el vuelo antes de la descarga y desviaban los arcos hacia los lados. Cada una de aquellas maniobras costaba cientos de ejemplares, pero permitía a Styx avanzar unos metros más.

Para la cuarta descarga, ya no distinguía mis propias manos. Cole volvió a ordenar la retirada. Lily dio un paso fuera del camino y los soldados de la guarnición la retuvieron.

Si Styx moría, el enjambre se quedaría sin un objetivo común junto a los humanos.

Le envié la imagen de la retirada.

Ella me devolvió la imagen de unas fauces abiertas.

Esta vez, la decisión era suya.

Styx ascendió por encima de los arcos eléctricos.

Envié el enjambre contra el morro. El lagarto cerró los ojos y la boca y contuvo la respiración. Los mosquitos le cubrieron las fosas nasales, se metieron entre los dientes y se acumularon en la base de las púas. Estaba malgastando el rayo en miles de objetivos débiles.

Cuando la bestia abrió las fauces para rugir, Styx entró.

Atravesó la lengua con una acometida espectral y clavó el aguijón en el tejido blando bajo el cráneo. La descarga del lagarto hizo cortocircuito dentro de su cuerpo. Las púas azules destellaron por última vez y se apagaron.

La bestia de rango lord se desplomó con tal peso que el impacto llegó hasta el camino.

El sistema propuso una segunda ascensión. Apenas veía las líneas debido al dolor. De la esencia del lagarto, Styx eligió el rayo, la oscuridad y la capacidad de atravesar obstáculos.

La nueva forma era más pequeña que la Reina de las Alas Escarlata. Sus seis alas se habían oscurecido y el aire temblaba a su alrededor. La voz llamó a Styx Emperatriz de la Tormenta del Vacío y desbloqueó el parásito marioneta: la capacidad de introducirse en el sistema nervioso de un ser vivo.

Recordé a Brutus.

Esta vez no vi solo la mano y el libro. Durante un segundo sentí su miedo al hombre al que entregaba el dinero de las deudas cobradas. No vi su cara, solo un anillo con el sello de la familia Li.

Cuando recobré el sentido, Cole estaba junto al cadáver.

«¿Has oído a los que han muerto?», preguntó.

«Sí».

Miró al enjambre, que recogía los ejemplares muertos junto con la sangre del lagarto.

«Entonces no los llames munición».

Regresamos al Gremio de Domadores de Bestias al amanecer. El tasador examinó los trofeos durante largo rato, cerró las puertas con llave y calculó dos veces su valor. Los caparazones, las glándulas y el veneno valían millones. El núcleo titánico fue tasado en cincuenta millones de créditos.

Aquella cantidad bastaba para saldar mi deuda varias veces.

Apoyé la palma sobre el estuche negro.

Un hombre con un traje caro bajó del piso de arriba. Se parecía a Leon, pero sonreía como si ya fuese dueño de todo cuanto miraba.

Kane Li, patriarca de la familia Li y vicepresidente del Gremio.

Abrió el estuche sin permiso, examinó el núcleo y se lo lanzó a su guardaespaldas.

«El Dragón del Vacío de Leon podrá aprovechar este poder».

«Es mi botín».

Kane sacó un billete de cien créditos y lo dejó sobre el mostrador.

«Tu aportación se ha tenido en cuenta. El grupo de mi hijo debilitó al lagarto y tú asestaste el golpe final. La familia Li no deja sin recompensa a quienes la ayudan».

El tasador bajó la mirada. Había visto los registros de los sensores y sabía que Leon había abandonado el terreno antes del combate.

Kane no confiaba en la verdad, sino en el sello del Gremio. Allí nombraba él a quienes decidían a quién pertenecía cada trofeo.

Cogí el billete y lo froté entre los dedos. El papel se deshizo sobre el mostrador.

«¿Quieres comprar mi botín por cien créditos?»

«Quiero recordarte cuál es tu sitio».

Styx descansaba oculta bajo el cuello. Después del lagarto, percibía su agotamiento y los fragmentos ajenos que habían quedado dentro de nosotros. Kane miraba el estuche, pero sus guardaespaldas vigilaban a Styx.

No solo querían el núcleo.

«Entonces el precio ha cambiado», dije. «Paga con tu vida».

La sonrisa de Kane desapareció.

Se volvió hacia los combatientes del Gremio.

«Este hombre es sospechoso de connivencia con el culto demoníaco. Deténganlo aquí mismo. Confisquen todas sus propiedades».

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