Kane abrió el circuito de voz de la jaula.
Un hilo tenue regresó a mi conciencia. Al principio, solo dolor. Después, el frío del cristal, la presión de los anillos y el olor de la sangre de los depósitos.
«Styx».
Su respuesta fue débil, pero clara.
«Rex».
Kane dejó de sonreír.
Esperaba hambre, una orden o el impulso irracional de una bestia. Styx había pronunciado mi nombre por sí sola.
«Escucha la oferta, reina», dijo. «Este crío dispersó tu enjambre y mató a miles. Yo restauraré las nidadas y les entregaré la ciudad entera».
Dos imágenes se encendieron ante Styx. A un lado, depósitos infinitos, puestas protegidas y una red dorada que conectaba a millones de bestias. Al otro, mi palma vacía.
Kane utilizó el circuito externo para reforzar la primera imagen, y el olor de la sangre de los depósitos se volvió más intenso incluso para mí. El instinto de la reina reaccionó al alimento.
Styx se incorporó hasta donde le permitieron los anillos.
«Enjambre», transmitió.
Kane asintió.
«Sí. Tu enjambre».
La siguiente palabra le llegó como un golpe a través del panel.
«No tuyo».
Las líneas blancas de la jaula temblaron.
Kane intensificó la supresión. Sentí cómo los anillos le comprimían las alas. Styx podía adoptar un estado espectral, pero la luz gris mantenía sólido su cuerpo.
«Todo ser vivo elige a quien garantiza su supervivencia», dijo Kane. «Los humanos lo llaman lealtad; las bestias, vínculo. No hay diferencia».
«Sí la hay», respondí. «La lealtad no se puede requisar».
Kane activó los recolectores de huevos.
Unos tubos penetraron en la parte inferior de la jaula. El sistema trató de obligar a Styx a iniciar la división. Su cuerpo se estremeció y en el fondo apareció el primer huevo de color rubí.
No eclosionó.
Styx detuvo el desarrollo dentro de la cáscara.
Kane aumentó el suministro de energía. El segundo huevo permaneció igual de inmóvil.
«Preferirá matar la puesta», dije.
«Entonces eliminaremos la causa de su resistencia».
El basilisco encadenado emergió del suelo a mi espalda. Cole disparó primero. La bala rebotó en una placa blanca; un anillo dorado golpeó al sargento en el pecho y lo inmovilizó contra la pared.
Activé el transmisor. El ritmo de la sangre recorrió la sala. El basilisco se detuvo a mitad de un paso: la señal ajena se había mezclado con la orden de Kane.
Styx aprovechó el instante.
Su trompa penetró en el cable del circuito de voz. El parásito titiritero no entró en un cuerpo, sino en el canal de control.
Kane retrocedió tambaleándose.
Styx estaba dentro de su sistema nervioso.
Sentí el cálculo frío que ocultaba bajo aquella calma. El miedo a perder su apellido. Un recuerdo de infancia: el padre de Kane lo obliga a quedarse de pie ante una bestia atada y a repetir que la compasión es una brecha en la cadena. El primer animal que Kane mandó matar no por desobedecer, sino por haber elegido a otra persona.
Styx llegó al nervio cardíaco.
Un solo impulso habría bastado para detener el corazón.
Por primera vez, asomó verdadero miedo a sus ojos.
«Mátame», me dijo. «Demuestra que solo eres distinto de palabra».
No di la orden.
Styx se apartó del nervio por decisión propia.
Salió del circuito y dejó a Kane en pie.
Se negó a ser al mismo tiempo su asesina y mi arma.
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