Styx aún seguía tumbada en mi palma cuando pidieron ayuda desde abajo.
El barrio norte se estaba inundando.
El agua que había roto la formación de la manada reventó las viejas tuberías y corrió por las calles mezclada con barro, pintura y restos de muebles. En las plantas bajas, las puertas ya no se abrían. Los tintoreros las derribaban a hachazos, sacaban a la gente por las ventanas y ataban tablones para formar pasarelas. Nadie celebraba que el muro se hubiera salvado.
Las líneas rojas de las alas de Styx casi se habían apagado. A través del vínculo llegaban impulsos aislados: una nidada había ido al río, otra buscaba heridos y una tercera no respondía.
Antes habría sentido todo el enjambre a la vez. Ahora cada capitán dejaba tras de sí un silencio que ninguna orden podía llenar.
«¿Reunirlos?», pregunté.
Styx levantó un poco la cabeza.
«No».
Mira llegó hasta nosotros por el terraplén resbaladizo. Examinó las alas de Styx y confirmó lo que ya sabíamos: el nodo de control se había dividido de forma irreversible. Si tratábamos de recuperar las chispas por la fuerza, los capitanes perderían su propia voluntad y algunas nidadas morirían.
«Podrá regenerar el cuerpo», dijo Mira. «Pero la antigua Reina no volverá».
Styx movió un ala.
«Habrá otra».
Abajo se agrietó la pared de una casa y echamos a correr.
Taya estaba con el agua por las rodillas y sostenía la puerta de un taller mientras dos hombres sacaban a una anciana. Llevaba al cuello un silbato de cobre. Me vio y apartó la mirada de inmediato.
«¿Dónde hay más gente?», pregunté.
«Tres bajo el toldo rojo. No sabemos cuántos hay en el sótano de la panadería».
«Enséñame dónde».
Taya no se movió.
«Querías devolverles a las bestias razones distintas, pero al agua solo le dejaste una».
Quise decirle que, de no haberlo hecho, la manada habría entrado en la ciudad. Que la propia Taya había ordenado abrir los aliviaderos. Todo aquello era verdad, pero nada de ello sacaba su casa del barro.
«Sí», respondí. «¿Por dónde empezamos?»
Miró mis manos. Aún tenía en los dedos la sangre del capitán muerto.
«Por la panadería».
Rompimos la reja de la ventana del sótano. Lenny bajó a uno de los simios con una cuerda, pero la bestia se detuvo ante el agua negra. Entonces bajó él primero para mostrarle el camino, y el simio lo siguió. Cole y los soldados retiraron los escombros junto al toldo rojo. Leon se obligó a no llamar al Dragón del Vacío: el ala herida de la bestia ya se arrastraba por el suelo. En vez de eso, el heredero de la familia Li estuvo cargando sacos de arena junto a los tintoreros.
El padre de la niña del ala médica trajo una bomba manual y, sin perder tiempo dando las gracias, preguntó dónde debía colocarla.
Al anochecer, el nivel del agua dejó de subir.
En la plaza frente a la tintorería se amontonaban las cosas salvadas: mantas mojadas, puertas, sacos de harina y una cama infantil a la que le faltaba una pata. La gente se repartía las habitaciones secas. Varios capitanes de enjambre se posaron en los tejados, pero no esperaban a Styx. Vigilaban sus propias nidadas.
Taya nos trajo una taza de hojalata con agua templada. Una para todos.
«Kane ha empezado a atraer las marcas hacia la torre», dijo. «Las tuberías retumban bajo tierra».
Styx se estremeció. Por el débil vínculo pasó el hambre de la Corona Depredadora.
Casi al mismo tiempo llegó a la plaza Rem, el tasador del Gremio. Llevaba la capa gris desgarrada y un sello metálico en la mano.
«Hay otra cámara en la torre», dijo. «Kane ha iniciado la purga. Cuando la Corona termine de reunir las marcas, el archivo viviente arderá junto con las pruebas».
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