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REX WANG Y STYX

Capítulo 57. El patio sin cerradura

Los tintoreros pusieron en marcha a mano el montacargas.

La rueda no se movía desde la inundación. Taya ordenó desviar el agua por el canalón de emergencia y la corriente hizo girar el eje oxidado. La plataforma emergió del suelo junto con barro, hojas y el olor del barrio norte.

Sobre ella estaban Lenny, el simio y seis personas con camillas.

«Solo podemos subir una vez», dijo Taya. «Después se partirá el eje».

Enviamos arriba a los heridos y los huevos. Las bestias capaces de moverse avanzaron por el túnel de servicio detrás del perro de piedra. A las que se escondían no las sacamos a la fuerza. Mira bajó a su encuentro y dejó transportines abiertos junto a ellas.

Rem quería quedarse con el registro hasta el final.

«Haces falta fuera», dijo Cole.

«¿Para confirmar los registros?»

«Para que la gente pueda preguntarte qué firmaste».

El tasador dejó que lo pusieran en una camilla.

El montacargas nos llevó al patio de la Academia. Allí ya se congregaban personas cuyos nombres Lily había logrado leer durante la transmisión.

Una anciana vio al perro de piedra y se tapó la boca con ambas manos. En la placa junto a su celda figuraba el nombre de su hija, muerta seis años atrás. La mujer se arrodilló, pero no lo llamó.

El perro se acercó, le olisqueó la manga y se tumbó junto a la camilla de Rem.

La mujer lloró en silencio, sin intentar llevárselo.

Otra bestia reconoció a su antiguo amo y saltó por sí sola a su hombro. Un ave de fuego salió disparada hacia el tejado al ver a su familia. Un hombre con una capa cara exigió que le devolvieran al espíritu que tiempo atrás había entregado por una deuda.

«Pertenece a mi casa».

Lenny colocó ante él la placa apagada.

«La placa solo dice quién pagó».

«Apártate, muchacho».

El simio se situó por iniciativa propia junto a Lenny y el hombre retrocedió.

Abrieron las puertas del patio. A un lado había transportines, comida y personas dispuestas a ofrecer un nuevo vínculo. Al otro empezaba el camino hacia el río y las Tierras Salvajes.

Algunas criaturas se marcharon de inmediato.

Otras se quedaron.

Otras no pudieron decidir aquel día.

Nadie cerró la puerta.

Los documentos aún ardían sobre la ciudad y la gente los leía en voz alta. En una calle arrancaban los sellos de deuda; en otra, los vecinos exigían devolver el control a Kane antes de que regresara la manada. La verdad lo había despojado de legitimidad, pero no había destruido el miedo.

Kane no respondió con un discurso.

La torre absorbió las marcas blancas que había recogido después de la batalla junto a la muralla. La luz empezó a fluir desde las Tierras Salvajes, desde los contratos de deuda y desde los cuerpos de las bestias que aún permanecían ligadas a los sellos antiguos. Las bestias caían en las calles. Sus amos trataban de sostenerlas, pero también perdían las fuerzas.

El basilisco encadenado se enroscó alrededor de la torre. Los anillos dorados penetraron en la piedra.

Mira miró el diagrama y palideció.

«La Corona Depredadora ya no espera consentimiento. Determinará quién es el propietario por el número de vínculos absorbidos».

Ante mis ojos se abrió un panel.

«Detectada vía de evolución superior».

El sistema mostró a Styx como era antes: enormes alas escarlata, un único enjambre y capitanes sin derecho a negarse. Para recuperar aquella forma, había que entrar en la Corona y derrotar a Kane.

Después apareció una segunda línea.

«El propietario derrotado será absorbido junto con todos sus vínculos».

Kane no pretendía limitarse a conservar la ciudad.

Quería obligar al propio sistema a elegir entre nosotros.

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