Kane no atacó de inmediato.
«Mira la ciudad», dijo Leon.
Sobre el trono apareció una imagen de Skyfall City. Tras desconectarse el conductor del Vacío, varias calles habían quedado a oscuras. Había colas ante los hospitales, la cúpula protectora del norte había cedido y la gente transportaba agua a mano.
«Se está desmoronando», respondió Kane.
«Y sigue viva».
«De momento. Llamas libertad a las horas que un niño espera su medicina porque diez adultos discuten sobre quién abrirá el almacén».
Leon miró la cola ante el ala médica.
«Sí. Es peor que abrir el almacén con una sola orden».
Kane se acercó.
«Entonces deja de fingir. Has visto el resultado».
«También he visto el precio».
Mientras hablaban, yo reptaba por la parte trasera del trono. Styx se aferraba al cuello de mi camisa. Apenas movía el cuerpo, pero las imágenes de la vena blanca me atravesaban la piel.
Kane continuó:
«Después de la muerte de tu madre, el Consejo pasó tres días decidiendo si se podía sacar a las bestias del sector sur. En ese tiempo murieron cuatrocientas personas. Asumí el mando y acabé con el ataque en una hora».
«Y después te quedaste con el mando».
«Porque el siguiente ataque siempre llega antes de que la gente aprenda».
No había fingimiento en su voz. Kane recordaba de verdad cada cadáver que había visto durante aquellos tres días. Para él, todo el poder que había acumulado después seguía siendo una prolongación de aquella hora en que una orden salvó a Leon.
«¿Me protegías a mí?», preguntó su hijo.
«Sí».
«¿De qué?»
«De un mundo que no pregunta si estás dispuesto a pagar».
«Y por eso tú también dejaste de preguntar».
Kane atacó con un anillo.
Leon no tuvo tiempo de apartarse. El pequeño dragón saltó entre los dos. El arco blanco lanzó a la bestia contra la pared, pero no la sometió: ya no quedaba ningún núcleo del Vacío al que pudiera aferrarse la Corona.
Leon corrió hacia él.
Kane volvió la cabeza por un segundo.
Styx entró en la vena.
El cuerpo ajeno se abrió de inmediato ante nosotros. Corazón, respiración, dedos, músculos del cuello. Con un solo impulso podíamos obligar a Kane a quitarse la Corona o a arrojarse al pozo.
Junto con el cuerpo llegó la memoria.
Kane, de niño, está ante las puertas. Su madre yace en la nieve. Un oso marcado con una línea blanca intenta detenerse mientras el domador adulto refuerza la orden. Después, el funeral, el sector sur, el primer contrato, una caravana salvada. La gente agradece las decisiones rápidas. Cada nueva victoria hace que la respuesta de los demás sea menos necesaria.
Kane nos sintió dentro.
Cerró los dedos.
Mi mano, junto al trono, se contrajo en respuesta. A través del parásito, el movimiento podía viajar en ambas direcciones: de nosotros a Kane y de él a nosotros. Si empezábamos a luchar por el cuerpo, la frontera desaparecería.
Arden apareció ante mis ojos. Su mujer, sentada a la mesa. La cena a la que nunca llegó.
Toqué a Styx con dos dedos.
«Solo la vena».
Encontró la sujeción del aro dorado y picó el nervio que había junto a ella.
Kane gritó. El brazo se contrajo, pero Styx no lo desvió ni obligó a la mano a abrirse. El punto rojo recorrió el nervio y cortó únicamente el vínculo.
El basilisco encadenado se desplomó sobre la plataforma.
Los anillos dorados se apagaron.
Styx salió del circuito nervioso de Kane y cayó en mi palma. Junto con ella quedó en mí el miedo de Kane por Leon, tan intenso que durante un segundo tendí la mano hacia su hijo como si fuera él.
Detuve la mano.
Kane permanecía ante el trono destruido, sin basilisco y sin dragón. La armadura blanca se sostenía gracias a los miles de vínculos absorbidos por la Corona Depredadora.
«Has entrado en mi cuerpo», dijo.
«Y no me he apoderado de él».
«De momento».
La Corona respondió al sello de la familia Wang.
Un panel se abrió ante mí:
«Segundo aspirante detectado».
Kane sonrió. No necesitaba recuperar a las bestias para demostrar que tenía razón.
Le bastaba con obligarme a aceptar las mismas reglas.
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