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MI CUADERNO ME PERTENECE

Capítulo 8. La carpeta con la mancha

«Solo que es un poco injusto, ¿no te parece?», dijo Charlotte. «Julian nunca te prometió nada.»

Ahí estaba: la frase más cruel y más verdadera de mis dos vidas.

«No», dije. «No me prometió nada.»

Julian pasaba la mirada de una a otra; de pronto sobraba en una conversación sobre sí mismo. Charlotte dio un paso adelante:

«A veces las chicas confunden la amabilidad con el enamoramiento.»

«Y a veces las chicas confunden la disponibilidad con el afecto.»

Se le entrecerraron los ojos. Julian dijo en voz baja:

«Basta.»

Me eché a reír, no pude evitarlo. Los dos se giraron.

«Perdón», dije. «Es que tiene gracia: ahora eres tú quien pone límites en esta conversación.»

Y me fui antes de que alguno de los dos convirtiera la conversación en un juicio donde mis sentimientos se usaran como pruebas contra mí.

El plazo del recurso terminaba el viernes. La oficina de becas del instituto Eberwald solo aceptaba los dosieres en papel: carpeta sellada, firma del candidato, firma del orientador. En la primera vida la carpeta de Julian la preparé yo: compraba papel color crema, imprimía dos ejemplares – él siempre emborronaba la tinta –, ordenaba los certificados cronológicamente, escribía tarjetas de preguntas para la entrevista y lo ataba todo con una cinta azul oscuro. Él decía que el envoltorio era una tontería. Y en secreto le encantaba que las cosas fueran bonitas.

Aquel viernes entregué mi carpeta a las ocho y cinco, la primera, en un pasillo todavía vacío que olía al café recién hecho de la secretaria y a tinta de imprenta. A la hora de comer había ante la oficina una cola de seis personas con carpetas igual de impecables: el Eberwald tenía sus propias ideas sobre el aspecto que tiene el futuro, y todas cabían debajo de una cinta azul oscuro.

Julian llegó a las ocho y cincuenta y siete, tres minutos antes del cierre. La carpeta estaba arrugada, la cinta torcida, y en la esquina inferior se extendía una mancha de café. La miraba con odio, como a una traidora. Charlotte estaba a su lado con un portafolios de piel nuevo.

«Coge el mío», susurró ella.

«No.» Julian negó con la cabeza. «Será chapucera, pero es mía.»

Aquello me sorprendió: no lo bastante para conmoverme, pero sí para que lo recordara.

Hartmann recibió las dos carpetas. Su mirada se detuvo en la mancha de café, después en mí, después otra vez en Julian.

«Gracias. Los resultados, el lunes.»

El fin de semana se alargó de una manera extraña. Por primera vez en muchos años no tenía ni un solo asunto urgente relacionado con Julian: ni mensajes desesperados, ni pánico de última hora, ni «échale un vistazo, es un momento». El tiempo se abrió como un campo. Al principio no supe qué hacer conmigo misma: la libertad resulta extraña cuando durante años solo has sabido servir.

Por eso el sábado fui a ver a mamá a la floristería, donde echaba horas los fines de semana. En la primera vida casi nunca me pasaba por allí: los sábados Julian tenía clase. En la tienda olía a tallos mojados y a rosas. Mamá estaba detrás del mostrador recortando lirios; se había recogido el pelo a toda prisa y llevaba el delantal lleno de manchas verdes. Parecía más joven de lo que yo la recordaba y más cansada de lo que me habría gustado.

«¿Tú por aquí?», preguntó sorprendida.

«Vengo a ayudar. Con lo que odias tú las flores.»

«Odio los claveles. Es un matiz.»

Se rió y me plantó un cubo en las manos. Durante cuatro horas arranqué hojas, envolví ramos y escuché la tienda. La tienda hablaba con las voces de la clientela: un hombre con un abrigo caro se llevó el ramo más grande y pidió que en el recibo no figurara la palabra «flores»; una mujer con un cochecito dudó un buen rato entre tres tulipanes y cinco y se llevó tres; un anciano compró una sola rosa blanca – «como siempre», dijo mamá, y no pregunté para quién. Mamá despellejaba a quienes pretendían sustituir una disculpa por flores y luego escatimaban en el ramo.

«Recuerda esto, hija: un ramo no arregla lo que se ha roto con palabras», dijo mientras cortaba la cinta. «Pero ayuda a empezar una conversación. En la vida todo funciona así: primero la ocasión; después, el trabajo.»

A mediodía me sirvió té y me miró por encima de la taza:

«Te veo más ligera.»

«He dejado de cargar con ciertas cosas.»

«¿Pesaba mucho?»

«Muchísimo.»

No preguntó nada más. Ese era su don: sabía cuándo el silencio le da a una persona la oportunidad de terminar de contar la verdad más tarde.

«Por cierto, lo del médico», dije entre dos ramos, como quien habla del tiempo. «¿Y si vamos el jueves?»

«El jueves tengo encargos para unos bautizos», respondió mamá sin levantar la cabeza. «Después de las fiestas, ¿de acuerdo? Y pásame la cinta.»

La cinta se la pasé. La palabra «después» me la guardé.

El lunes por la mañana volvía a haber papel color crema bajo el cristal, junto a la oficina de becas. Vi la multitud desde lejos y, por cómo se abría, comprendí que ya habían leído la decisión.

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